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– Está indudablemente atontado, porque el sacerdote le ha dado un golpe en la cabeza con el cuerno y será castigado. Porque este hombre es médico real y no debe tocarse su persona y es, además, sacerdote de primer grado, si bien ha tenido que disfrazarse de pobre para ocultar sus insignias y escapar así de la furia del pueblo.

Sentado en el polvo me cogí la cabeza con ambas manos y las lágrimas corrieron por mis mejillas,y gemí:

¡Merit, Merit mía! Pero Kaptah me dio un golpe y me susurró al oído:

– Cállate, loco! ¿No has causado todavía bastantes desgracias con tu locura?- Y en vista de que no me callaba se inclinó hacia mí y dijo-: Que esto te vuelva a la razón, ¡oh dueño mío!, porque tu medida está ya más que colmada. Debes saber, pues, aunque ya sea tarde, que Thot era tu hijo, nacido de ti, y fue concebido la primera vez que abrazaste a Merit y dormiste a su lado. Te digo este secreto para que recobres el espíritu, ya que ella no quiso hablarte de ello porque era orgullosa y solitaria y la abandonaste por Akhenatón y su Ciudad. El pequeño Thot era de tu sangre, y si no estuvieses completamente loco hubieras reconocido tus ojos y tu boca en su boca y en sus ojos. Yo hubiera dado mi vida por salvar la suya, pero a causa de tu locura no he podido salvar ni la de Merit ni la suya. Por tu locura han perecido los dos, de manera que espero que recobres tu espíritu, dueño mío.

Estas palabras me impusieron silencio y, mirándolo frente a frente, le pregunté:

– /Es verdad?

Pero esta pregunta era inútil. Y así seguí en el polvo de la calle y ya no lloré más ni sentí más dolor, sino que todo se helaba en mí y mi corazón se cerraba, de manera que no sabía ya lo que me pasaba.

«La Cola de Cocodrilo,› seguía ardiendo delante de mí con el pequeño Thot v el bello cuerpo de Merit. Sus cadáveres se consumían en medio de los cadáveres de los esclavos y faquines y yo no podía hacerlos conservar eternamente. Thot era mi hijo y era posible que por sus venas hubiese corrido sangre real, como corría por las mías. Si lo hubiese sabido, acaso hubiera obrado de otra forma, porque por un hijo un padre es capaz de muchos actos que no haría por si mismo. Pero era ya tarde y permanecía sentado contemplando las llamas que devoraban los dos cuerpos y me tostaban la cara.

Kaptah me llevó a casa de Ai y Pepitamón porque la batalla había terminado y, mientras el barrio de los pobres ardía, administraban justicia en tronos de oro y los soldados y los guardias les llevaban sus prisioneros.Todo el que fue cogido con las armas en las manos era colgado cabeza abajo de los muros, y quien era encontrado en posesión de botín era arrojado a los cocodrilos, y el que llevaba una cruz de Atón era apaleado y enviado a las minas y las mujeres eran entregadas a los soldados y los negros, que se divertían con ellas, y los chiquillos eran entregados a Amón para ser educados en los templos. Así la muerte reinaba en las riberas de Tebas y Ai no conocía la piedad, porque quería ganar el favor de los sacerdotes y decía: -Extirpo la mala sangre en todo Egipto.

Pepitamón estaba en el colmo de su cólera, porque los esclavos y los faquines habían saqueado su palacio llevándose la comida de sus gatos para dársela a sus hijos, y los gatos, hambrientos, se habían vuelto salvajes. Por esto tampoco él conocía la piedad y en dos días los muros estuvieron cubiertos de cuerpos colgados cabeza abajo.

Pero los sacerdotes volvieron a levantar con alegría la estatua de Amón y le ofrecieron grandes sacrificios. Se entronizaron de nuevo las imágenes de los demás dioses y los sacerdotes dijeron al pueblo:

– No habrá ya más hambre ni más lágrimas en el país de Kemi, porque Amón ha vuelto y bendecirá a todos los que creen en él. Sembremos los campos de Amón y el trigo crecerá centuplicado y la riqueza y la abundancia volverán a Egipto.

Pero, a pesar de todo, el hambre era todavía espantosa en Tebas y los sardos saqueaban y robaban sin hacer distinción entre las cruces v los cuernos, y violaban a las mujeres y vendían a los chiquillos como esclavos, Pepitamón no podía retenerlos ni Ai se bastaba para imponer la disciplina. Yen Egipto no había faraón, porque los sacerdotes habían declarado que Akhenatón era un falso faraón y su sucesor tenía que entrar en Tebas inclinarse ante Amón para ser reconocido por los sacerdotes como soberano legítimo.

Ante esta confusión, Ai nombró a Pepitamón gobernador de Tebas y fue urgentemente a la Ciudad del Horizonte a incitar a Akhenatón a que renunciase a la doble corona. Y me dijo:

– Acompáñame, Sinuhé, porque quizá tendré necesidad de los consejos de un médico para hacer ceder al faraón.

Y yo le contesté:

– En verdad te acompañaré, Ai, porque quiero que mi medida esté bien colmada.

Pero él no comprendió lo que quería decirle,

5

Así, con Ai llegué de nuevo a la Ciudad del Horizonte, pero Horemheb, se había enterado en Menfis de los acontecimientos de Tebas y de otras ciudades de las riberas del río y acudió también al faraón. Mientras iba remontando el río, las villas v los poblados iban calmándose a su paso, porque se abrían los templos y se colocaban las imágenes de los dioses en su sitio, y creo que los cocodrilos bendijeron de nuevo su nombre. Pero tenía prisa en llegar antes que Ai a fin de disputarle el poder, y por esto indultó a todos los esclavos que depusieron las armas y no castigó a los que cambiaban la cruz de Atón por el cuerno de Amón- Y el pueblo alababa su generosidad, si bien su objeto era conservar a los hombres válidos para su ejército.

Pero la Ciudad del Horizonte era una tierra maldita, y sacerdotes y cuernos vigilaban los caminos que llevaban a ella y asesinaban a todos los que salían si no consentían en sacrificar a Amón. Habían cerrado también el río con cadenas de cobre. Y al ver la ciudad desde el barco no la reconocí, porque reinaba en ella un silencio de muerte y las flores estaban mustias en en los parques y el césped quemado por el sol, porque nadie regaba ya. Los pájaros no piaban ya en los árboles desecados por el sol y un olor a muerte flotaba por las calles. Los nobles habían abandonado sus palacios y la servidumbre huyó dejándolo todo corno estaba, sin querer llevarse nada de la ciudad maldita. Los perros habían muerto en sus casetas y los caballos en las cuadras, con los tobillos cortados por los esclavos en fuga.

Pero el faraón y su familia no se habían movido de su palacio dorado y algunos servidores fieles habían permanecido con ellos, con algunos viejos cortesanos que no podían concebir la existencia alejados de la Corte.Ignoraban todo lo ocurrido, porque desde hacía dos lunas ningún mensajero había llegado a la Ciudad del Horizonte. Y los víveres comenzaron a faltar en el palacio y todo el mundo se alimentaba de pan y harina amasada, según la voluntad del faraón.

El sacerdote Ai me mandó a ver al faraón, que tenía confianza en mí, para que le contase todo lo ocurrido. Así me presenté de nuevo ante Akhenatón, pero todo estaba helado en mí y no conocía ya ni pena ni alegría, y mi corazón estaba cerrado. Levantó hacia mí su rostro devorado por la consunción y me miró con sus ojos apagados diciendo:

– Sinuhé, ¿eres tú el único en volver a mí? ¿Dónde están mis fieles? ¿Dónde están todos aquellos a quienes yo amaba y me amaban a mí? Y yo le dije:

– Los antiguos dioses reinan de nuevo en Egipto y los sacerdotes sacrifican a Amón en Tebas, mientras el pueblo está lleno de júbilo. Te han maldecido, faraón Akhenatón, han maldecido tu villa y tu nombre hasta la consumación de los siglos y lo borran de las inscripciones.

Movió la cabeza con impaciencia y la excitación le enrojeció el rostro, y dijo:

– No te pregunto lo que pasa en Tebas; te pregunto dónde están mis fieles, todos aquellos a quienes amaba.

Yo le contesté:

– Tienes todavía a tu lado a la bella Nefertiti y a tus hijas. El joven Smenkhkaré pesca peces en el río y Tut juega al entierro con sus muñecas. ¿Qué te importa todo lo demás?