En el ardor de la discusión, habían olvidado totalmente mi presencia en el suelo y, al descubrirme, Horemheb exclamó:
– Sinuhé, ¿todavía estás aquí? Es lamentable para ti, porque has oído cosas que no convienen a tus oídos indignos y por esto debes matarte, aun cuando lo siento, porque eres mi amigo.
Estas palabras me hicieron sonreír, porque me dije que los dos, Ai y él, eran de baja extracción y se repartían coronas, mientras yo era quizás el único heredero varón del trono. Por esto no pude evitar reírme, y poniéndome la mano delante de la boca me eché a reír, ahogándome como una vieja.
Ai se sintió vejado y dijo:
– No tienes por qué reírte, Sinuhé, porque se trata de asuntos serios. Pero no te haremos perecer, como te merecerías, porque es conveniente que lo hayas oído todo y puedas servirnos de testigo. Porque no repetirás a nadie lo que has oído hoy. Tenemos necesidad de tí y te consideraremos de los nuestros, porque comprenderás que es hora ya de que el faraón Akhenatón muera. Por esto vas a trepanarlo hoy y harás que tu bisturí penetre lo suficientemente profundo para que muera según la buena vieja costumbre. Pero Horemheb dijo:
– Yo no me meto en este asunto. Pero Ai tiene razón. El faraón debe morir para que Egipto pueda salvarse. No hay otro medio.
Yo acabé calmándome y dije:
– Como médico, no puedo trepanarlo, porque nada en su estado lo exige y los deberes de mi profesión me atan. Pero estad tranquilos; como amigo le administraré una buena poción. Se dormirá y no despertará ya más y así estaré ligado a vosotros y no tendréis que temer que hable mal de vosotros.
Habiendo hablado así, tomé la redoma que me había dado Hribor, y vertí su contenido en el vino de una copa de oro, y no se notaba ningún olor. Tomé la copa y fuimos al encuentro del faraón. Se había quitado las coronas, dejado el cetro y la fusta, y reposaba sobre el lecho, con el rostro terroso y los ojos hinchados. Ai fue a sopesar las coronas y la fusta dorada, y dijo:
– Faraón Akhenatón, tu amigo Sinuhé te ha preparado una bebida. Bébela para curarte y mañana volveremos a hablar de estos enojosos asuntos.
El faraón se incorporó sobre el codo, nos miró a uno después de otro con una mirada que me atravesó y sentí un estremecimiento en el espinazo. Y después dijo:
– Se da el golpe de gracia a un animal enfermo. ¿Eres tú quien me lo das, Sinuhé? Si es así, te doy las gracias, porque mi desesperación es peor que la muerte y hoy la muerte me es más deliciosa que el perfume de la mirra.
– Bebe, faraón Akhenatón -le dije-, bebe por Atón.
Y Horemheb dijo también:
– Bebe, Akhenatón, amigo mío. Bebe para salvar Egipto y yo cubriré tu debilidad con mi túnica como en otro tiempo en el desierto.
El faraón Akhenatón bebió, pero su mano temblaba tanto que el vino manchó su barbilla. Entonces tomó la copa con las dos manos, la apuró y volvió a acostarse. No nos dirigió más la palabra, sino que nos miró con sus ojos apagados y enrojecidos. Al cabo de un momento comenzó a temblar como si tuviera frío y Horemheb se quitó la túnica y la tendió sobre él, mientras Ai se probaba las coronas en la cabeza.
Así fue como murió el faraón Akhenatón y recibió la muerte de mis manos. Ignoro cuáles fueron mis verdaderos motivos, porque el hombre no conoce su propio corazón. Creo que fue sobre todo por causa de Merit y por el pequeño Thot, que era mi hijo. Y creo que no fue tanto por piedad de él, sino por todo el odio y amargura y por todo el mal que había causado. Pero sobre todo porque seguramente estaba escrito en las estrellas que debía obrar de esta forma para colmar mi medida. Al verle morir, creí que mi medida estaba llena, pero el hombre no se conoce a sí mismo y su corazón es insaciable, más insaciable que los cocodrilos del río.
Una vez el faraón muerto, salimos del palacio, prohibiendo a los servidores molestarlo porque dormía. Sólo por la mañana los servidores lanzaron lamentaciones cuando lo hallaron muerto y los lloros llenaron el palacio, pese a que su muerte aportase un descanso para todos. Pero la reina Nefertiti estaba de pie al lado de la puerta, sin verter una lágrima, y nadie podía descifrar su expresión. Con su bella mano tocó los dedos demacrados del faraón y le acarició las mejillas, como lo vi cuando llegué para cumplir mi cometido. El cuerpo fue transportado a la Casa de la Muerte y los embalsamadores comenzaron su trabajo a fin de conservarlo eternamente. Así, según la costumbre, el joven Smenkhkaré fue faraón, pero estaba dominado por el dolor y lanzaba miradas ansiosas a su alrededor, porque había adoptado la costumbre de no pensar más que por Akhenatón. Ai y Horemheb le hablaron diciéndole que tenía que salir inmediatamente hacia Tebas a fin de sacrificar a Amón si deseaba conservar las coronas sobre la cabeza. Pero se negó a creerlo, porque era cándido y soñaba con los ojos abiertos. Y por esto dijo:
– Proclamaré la caridad de Atón a todos los pueblos y construiré un templo a mi padre Akhenatón y lo adoraré como a un dios en este templo, porque no era parecido a los demás hombres.
Ante su obstinación, Ai y Horemheb lo dejaron, y al día siguiente, según su costumbre, el muchacho fue a pescar al río y cayó al agua y fue devorado por los cocodrilos. Esto es lo que se contó, pero ignoro lo que ocurrió verdaderamente. No creo, sin embargo, que fuese Horemheb quien lo hiciese matar; debió de ser más bien Ai, que tenía prisa en regresar a Tebas a fin de consolidar allí su poder.
Ai y Horemheb fueron a ver al joven Tut, que jugaba al entierro con sus muñecas, y su esposa Anksenatón jugaba con él. Y Horemheb dijo: -Vamos, Tut, ha llegado la hora de levantarte, porque eres faraón. Tut se levantó dócilmente y se sentó en el trono dorado, y dijo: -¿Soy el faraón? No me extraña, porque siempre me he sentido superior a los demás y es justo que sea faraón. Mi fusta castigará a los malhechores y mi cetro gobernará a los buenos y los piadosos.
Y Ai dijo:
– Nada de tonterías, Tut. Harás todo lo que yo te diré, y sin rechistar. Ante todo vamos a regresar a Tebas, donde te inclinarás ante Amón, ofreciéndole un sacrificio, y los sacerdotes te ungirán y colocarán sobre tu cabeza la doble corona blanca y roja. ¿Comprendes?
– Si voy a Tebas quiero que me construyan una tumba como la de todos los grandes faraones, y los sacerdotes la llenarán de juguetes y de asientos dorados y de bellos lechos, porque las tumbas de la Ciudad del Horizonte son estrechas y pesadas; y quiero otra cosa, además de las pinturas de los muros, quiero un verdadero juguete y también el puñal azul que me regalaron los hititas.
– Los sacerdotes te construirán seguramente una bella tumba -le aseguró Ai -. Siendo ya faraón, eres cuerdo al pensar ante todo en tu tumba, Tut; eres más cuerdo de lo que te figuras. Pero debes cambiar de nombre. Tutankhatón desagrada al sacerdocio de Amón. Que tu nombre sea Tutankhamón.
Tut no hizo ninguna objeción; deseaba aprender únicamente a escribir su nuevo nombre, porque no conocía el signo representativo de Amón. Así este nombre fue escrito por primera vez en la Ciudad del Horizonte. Pero al ver que Tutankhamón había sido hecho faraón y que ella quedaba completamente olvidada, Nefertiti revistió sus mejores galas, ungió su cuerpo y su cabello, pese a que fuese una viuda inconsolable, fue a buscar a Horemheb a bordo del navío y le dijo:
– Es ridículo nombrar faraón a un chiquillo y mi maldito padre Ai le usurpará todo el poder y gobernará en su sitio, pese a que yo sea la gran esposa real y la madre real. A los hombres les gusta mirarme y me juzgan bella y dicen que soy la mujer más bella de Egipto, pese a que quizás exageren. Mírame, pues, Horemheb, pese a que el dolor haya turbado mis ojos y encorvado mi espalda. Mírame, Horemheb, porque el tiempo es precioso y tienes lanzas detrás de ti, y entre los dos podríamos combinar toda clase de proyectos que serían útiles a Egipto. Te hablo francamente, porque no pienso más que en el bien de Egipto y sé que mi padre, el maldito Ai, es voraz y malvado y hará daño a Egipto.