– Bendito sea el día que devuelve a mi amo al antiguo hogar.
No pudo decir más, porque la amargura le ahogaba la voz y se sentó y ocultó su rostro entre sus manos. Su cuerpo demacrado llevaba señales de los cuernos y su pie estaba dislocado. Lo curé lo mejor que supe y le pregunté dónde estaba Kaptah.
– Kaptah ha muerto. Se dice que los esclavos lo asesinaron porque vieron que daba vino a los soldados de Pepitamón y que los traicionaba.
Pero yo no lo creía porque sabía que Kaptah no podía morir de aquella forma.
Muti se irritó ante mi incredulidad y dijo:
– Sin duda eres feliz ahora que has visto el triunfo de tu Atón. Los hombres son todos iguales y de ellos provienen todos los males, porque no llegan nunca a adultos, sino que permanecen chiquillos y lanzan piedras y su mayor placer es entristecer a los que los quieren. No hablo por mí, que no tengo como recompensa a mi abnegación más que llagas y granos de trigo podrido, sino por Merit, que era demasiado buena para ti y la has arrojado deliberadamente a las fauces de la muerte. También he llorado todas mis lágrimas por Thot, que era para mí como un hijo y le gustaban tanto mis pasteles de miel. Pero, ¿qué importa? Llegas seguramente muy contento de ti, después de haber dilapidado todos tus bienes, para reposar bajo el refugio que me he construido y reclamarme comida. Apostaría a que antes de la noche me reclamarás cerveza y mañana me darás bastonazos porque no te sirvo suficientemente de prisa, pero los hombres son así y no te guardo rencor.
Así me habló y sus palabras me recordaron a mi madre Kipa y mi corazón se anegó de melancolía y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Entonces Muti quedó desconcertada y dijo:
– Comprenderás, Sinuhé, hombre orgulloso, que hablo por tu bien. Me queda todavía un puñado de grano y voy a molerlo y te prepararé un muelle lecho de cañas y podrás volver a ejercer tu profesión para ganar nuestra vida. Pero no te inquietes, porque he ido a lavar ropa a casa de los ricos, donde hay muchas vestiduras ensangrentadas, y pediré prestada una jarra de cerveza en una casa de placer donde se han alojado unos soldados, de manera que podrás alegrarte el espíritu. No llores más, Sinuhé, hijo mío, porque no cambiarás nada y los hijos son los hijos y deben hacer tonterías para destrozar el corazón de sus madres y de sus esposas, como fue siempre el caso. Pero te ruego que no introduzcas nuevos dioses en esta casa, porque no quedaría piedra sobre piedra en todo Tebas. En cuanto a Merit, la quería como una hija, pese a que no he tenido hijos, porque soy fea y detesto a los hombres; quiero solamente decir que no es la única mujer en este mundo. En verdad te digo, Sinuhé, que el tiempo es un remedio misericordioso, y verás que hay otras mujeres capaces de calmar el pequeño objeto que llevas debajo del mandil, puesto que es una cosa esencial para los hombres. Pero has adelgazado mucho, Sinuhé, tus mejillas están hundidas y casi no te reconozco. Y voy a cuidarte, a condición de que dejes de llorar.
Acabé calmándome y le dije:
– No he venido a importunarte, querida Muti; volveré a marcharme y no regresaré antes de mucho tiempo. Pero he querido volver a ver la casa donde fui feliz y acariciar el tronco rugoso del sicómoro y franquear el umbral tantas veces hollado por Merit y el pequeño Thot. No te preocupes por mí, Muti, y voy a hacerte enviar un poco de dinero a fin de que puedas subvenir a tus necesidades durante mi ausencia. Y te bendigo por tus palabras, como si fueses mi madre, porque eres buena, pese a que tu lengua algunas veces pica como una avispa.
Muti comenzó a sollozar; negándose a dejarme partir, encendió fuego y me preparó comida y tuve que comer para no ofenderla, pero cada bocado se me quedaba en la garganta. Y ella me miraba moviendo la cabeza y sollozando, y me dijo:
– Come, Sinuhé, come, hombre orgulloso, aun cuando mi comida esté mal guisada, pero no tengo nada mejor que ofrecerte hoy. Adivino que vas a meter nuevamente la cabeza en todos los cepos, pero no puedo evitarlo. Come, pues, para recuperar las fuerzas, y regresa cuanto antes, porque te esperaré fielmente. Y no te preocupes por mí, porque aunque sea vieja y coja, soy robusta y ganaré mi subsistencia haciendo coladas y cociendo el pan en cuanto llegue algo de Tebas.
Permanecí sentado hasta la noche en las ruinas de mi casa y el fuego encendido por Muti brillaba pálidamente en la oscuridad. Y yo me decía que quizás era mejor no regresar nunca allí y morir en la soledad, puesto que no causaba más que tormentos a todos los que me amaban.
Cuando las estrellas se encendieron, me despedí de Muti para ir de nuevo hacia la ribera, veía de nuevo el resplandor rojizo sobre la ciudad y en las calles principales resonaban las orquestas y brillaban las luces, porque era el día de la coronación de Tutankhamón y Tebas estaba en fiesta.
7
Pero aquella misma noche los viejos sacerdotes trabajaban con ardor en el templo de Sekhmet y arrancaban la hierba que había crecido entre las losas y ponían en su lugar la imagen de cabeza de leona, revistiéndola de lino rojo y adornándola con sus emblemas de guerra y destrucción. Después de la coronación, Ai había dicho a Horemheb:
– Ha sonado tu hora, Hijo del Halcón. Haz sonar las trompetas y declara que la guerra ha comenzado. Haz correr la sangre para limpiar el país de Kemi a fin de que todo quede como en el pasado y el pueblo olvide al falso faraón.
Y al día siguiente, mientras el faraón jugaba al cortejo fúnebre con su esposa y los sacerdotes, ebrios por la victoria, incensaban a su dios y maldecían el nombre de Akhenatón para toda la eternidad, Horemheb hizo sonar las trompetas en todas las esquinas y abrió de par en par las puertas del templo de Sekhmet, y Horemheb avanzó con sus tropas por la Avenida de los Carneros y ofreció un sacrificio a la diosa. Por todas partes, a martillazos y con cinceles, se destruía el nombre del faraón Akhenatón. El faraón Tutankhamón había recibido también su parte, porque los arquitectos reales discutían ya el lugar del emplazamiento de su tumba. Ai tenía asimismo su parte porque, sentado a la derecha del faraón, gobernaba el país de Kemi, regulando los impuestos, la justicia, los donativos, los favores y las tierras reales. Le tocó el turno a Horemheb y también tuvo éste su parte, y yo lo seguí al templo de Sekhmet, porque él quería mostrarme toda la extensión de su poderío.
Pero debo decir en su honor que en el momento del triunfo menospreció todo honor y todo lujo externo y quiso impresionar al pueblo por su simplicidad. Se dirigió al templo en un sólido carro de guerra, sin plumas en los arneses de los caballos ni oro en los rayos de las ruedas. Pero dos hoces afiladas hendían el aire a ambos lados de su carro, y los lanceros y arqueros desfilaban en perfecto orden y el ruido de sus pies descalzos sobre el pavimento de la avenida era rítmico y potente como el ruido del mar, y los negros marcaban el ritmo de la marcha con sus tambores de piel humana.
Silencioso y poseído de temor, el pueblo admiraba su imponente estatura y sus tropas rebosantes de bienestar cuando toda la ciudad tenía hambre. Silencioso, contemplaba a Horemheb al verlo entrar en el templo, sintiendo confusamente que sus sufrimientos no habían hecho más que comenzar. Delante del templo, Horemheb se apeó de su carro y entró seguido de sus jefes, y los sacerdotes acudieron a recibirlo con las manos manchadas de sangre fresca y lo condujeron delante de la estatua de la diosa. Sekhmet iba vestida de lino y sus vestiduras, impregnadas en la sangre de las ofrendas, se pegaban a su cuerpo marcando sus altivos pechos. En la penumbra del templo parecía mover su cabeza de leona y sus ojos llameantes miraban a Horemheb mientras machacaba sobre el altar los corazones calientes de las víctimas, implorando la victoria para sus ejércitos. Los sacerdotes danzaban en torno a él en señal de alegría y se herían con puñales, gritando al unísono: