– ¡Regresa vencedor, Horemheb, Hijo del Halcón! Regresa vencedor y la diosa descenderá viva a tu lado para enlazarte con su cuerpo desnudo. Horemheb no se distrajo con los gritos ni las danzas de los sacerdotes, llevó a cabo con fría dignidad las ceremonias de ritual y se alejó. Delante del templo, en presencia de la muchedumbre amontonada, levantó sus manos ensangrentadas y dijo al pueblo:
– Escúchame, pueblo de Kemi, escúchame, porque soy Horemheb, el Hijo del Halcón, y traigo en mis manos la victoria y el honor inmortal para todos aquellos que quieran seguirme a la guerra santa. En este instante los carros hititas rugen en el desierto del Sinaí y sus vanguardias recorren el Bajo Egipto, y la tierra de Kemi no ha conocido jamás un peligro más temible, porque al lado de los hititas, la antigua dominación de los hiksos era dulce. Los hititas llegan y su número es infinito y su crueldad un horror para todo el pueblo. Destruirán las villas y os reventarán los ojos, violarán a vuestras mujeres y se llevarán a vuestros hijos como esclavos. El trigo no crece donde han pasado sus carros y la tierra se convierte en un desierto cuando han puesto sobre ellos los cascos de sus caballos. Por esto la guerra que les declaro es una guerra santa, porque es una guerra para vuestras vidas y los dioses del país de Kemi, y si todo va bien, reconquistaremos la Siria, y el país de Kemi renacerá y cada cual tendrá la medida llena. Hace ya demasiado tiempo que se ha burlado de nuestra debilidad y hecho mofa de nuestro Ejército. La hora ha sonado y voy a restaurar el honor guerrero de Kemi. Quien quiera seguirme recibirá una medida llena de trigo y su parte del botín, y en verdad que el botín será rico. Pero los que no me sigan voluntariamente me seguirán a la fuerza y deberán doblegarse bajo el peso de la carga y serán objeto de mofa sin tener derecho al botín. Por esto espero que todo egipcio que posea un corazón de hombre y sea capaz de soportar el peso de una lanza, me seguirá voluntariamente. Ahora carecemos de todo y el hambre repta bajo nuestros talones, pero la victoria vendrá acompañada de días de abundancia, y quien haya muerto por la libertad del país de Kemi entrará directamente en el campo de los bienaventurados, porque los dioses de Egipto recibirán su cuerpo. Hay que intentarlo todo para ganarlo todo. Por esto os digo, mujeres de Egipto, trenzad cuerda de arco con vuestros cabellos y mandad con alegría a vuestros maridos y vuestros hijos a la
guerra. Hombres de Egipto, transformad vuestras joyas en puntas de lanza y seguidme, porque os ofrezco una guerra como no se ha visto jamás otra conocida. El espíritu de los grandes faraones combatirá a nuestro lado. Todos los dioses de Egipto, y sobre todo el poderoso Amón, están con nosotros. Rechazaremos a los hititas, como la inundación barre las briznas de paja. Reconquistaremos las riquezas de Siria y lavaremos en sangre la vergüenza de Egipto. Escúchame atentamente, pueblo de Kemi, Horemheb, el Hijo del Halcón, el vencedor, ha hablado.
'Bajó sus manos tintas en sangre y su pecho jadeaba, porque había hablado con voz potente. Las trompetas resonaron y los soldados golpearon sus escudos con las lanzas y el suelo con los pies y la muchedumbre comenzó a lanzar gritos que se convirtieron en clamores de alegría. Horemheb sonrió y volvió a subir a su carro. Los soldados le abrieron paso por entre la muchedumbre que lo aclamaba. Entonces comprendí que la mayor alegría del pueblo era poder gritar todos a la vez, sin que importara nada lo que se grita ni por qué se grita, pero al gritar con los demás uno se siente fuerte y está convencido de la justicia de la causa por la cual se grita. Horemheb estaba muy satisfecho y levantaba los brazos para saludar al pueblo.
Fue directamente al puerto y subió al barco de mando para dirigirse con rapidez a Menfis, porque se había retrasado en Tebas, y según las últimas noticias los hititas habían acampado ya en Tanis. Yo embarqué con él y nadie me impidió acercarme y decirle:
– Horemheb, el faraón Akhenatón ha muerto y no hay ya trepanador real, pero soy libre de ir adonde me plazca y nada me retiene. Por esto deseo acompañarte y partir contigo a la guerra, porque todo me da lo mismo y nada me divierte ya. Tengo curiosidad de ver qué bendición nos aportará esta guerra de la que has hablado toda la vida. En verdad siento deseos de ver si tu poderío es superior al de Akhenatón o si son únicamente los espíritus de los infiernos los que gobiernan el mundo.
Horemheb me sonrió y dijo:
– Es un buen presagio porque jamás pensé que serías el primer voluntario que se alistara para esta guerra. Sé que te gusta la comodidad y pensaba dejarte en Tebas para velar por mis intereses en la casa dorada, pese a que seas solitario y cándido y sea fácil engañarte. Pero bien está así, porque, por lo menos, tendré conmigo un médico de calidad y me parece que habrá necesidad de él. Mis soldados tenían razón al llamarte el Hijo de Onagro en la guerra contra los khabiri, porque verdaderamente tienes un espíritu bélico, puesto que no tienes miedo de los hititas.
Los marineros metieron sus remos en el agua y la barca comenzó a descender la corriente del río empavesado. Los muelles de Tebas estaban blancos de gente y el viento nos traía las aclamaciones, Horemheb lanzó un profundo suspiro y dijo:
– Como ves, mi discurso ha producido una honda impresión en el pueblo. Pero entremos en mi camarote, porque quiero lavarme las manos.
Yo lo seguí y al entrar hizo salir a su escriba y lavó la sangre de sus manos, las que husmeó fríamente diciendo:
– Por Seth y todos los demonios, nunca hubiera creído que los sacerdotes de Sekhmet hiciesen todavía sacrificios humanos. Pero estaban por lo visto llenos de celo, porque las puertas de su templo no se habían abierto desde hacía más de cuarenta años. Ahora comprendo por qué me han pedido prisioneros hititas y sirios para sus ceremonias.
Estas palabras me causaron tal pavor que mis rodillas temblaron, pero Horemheb prosiguió tranquilamente:
– Si lo hubiera sabido, me hubiera negado, porque puedes imaginar que quedé muy sorprendido al recibir ante el altar un corazón humano todavía caliente. Pero si Sekhmet se muestra reconocida sosteniendo nuestras armas, pasaré por alto estas cosas, porque verdaderamente tengo necesidad de toda la ayuda posible, si bien una lanza bien templada es quizá más eficaz que todas las bendiciones de Sekhmet. Pero rindamos a los sacerdotes lo que es de los sacerdotes y nos dejarán en paz para todo lo demás.
Recomenzó a hablar de su discurso delante del pueblo y yo le dije que prefería el que pronunció en Jerusalén delante de sus tropas. Mi observación lo vejó un poco y dijo:
– No es lo mismo hablar a los soldados que al pueblo. Mi discurso delante del templo de Sekhmet estaba destinado también a la posteridad, porque seguramente lo grabarán en la piedra. Y en este caso conviene elegir las palabras y lanzar frases que despabilen la cabeza al pueblo y lo impresionen. Puesto que no entiendes una palabra, te diré que mi discurso se limitaba a reproducir las frases que se han dicho siempre al principio de todo conflicto. Para empezar he declarado que la guerra contra los hititas era meramente defensiva y he excitado al pueblo a rechazar al invasor que asola Egipto. En general, todo está de acuerdo con la verdad, pero no he ocultado que me proponía al mismo tiempo reconquistar Siria. En segundo lugar, he declarado que los que me siguiesen voluntariamente no tendrían de qué arrepentirse mientras que los que viniesen obligados tendrían una triste suerte. Tercero, he afirmado que era una guerra santa y he invocado la ayuda de todos los dioses. En realidad, no creo que los dioses de los egipcios sean más poderosos que los de los hititas ni que un país sea más seguro que otro, pero he leído en todas las proclamas de los grandes faraones de la antigüedad que es bueno invocar el auxilio de los dioses y un buen capitán no omite jamás esta formalidad. Al pueblo le gusta y está contento, como has podido ver. Por otra parte, había mezclado mis hombres entre la multitud a fin de dar la señal de las aclamaciones, porque más vale ser prudente. Te habrás fijado en que no he dicho nada de las dificultades que nos esperan, porque bastante tiempo tendrá el pueblo de darse cuenta y no sirve de nada asustarlo de antemano. Porque esta guerra será muy dura, ya que no tengo suficientes tropas entrenadas ni carros de guerra. Pero no dudo de la victoria final, porque tengo fe en mi destino.