Entretanto, los hititas asolaban el delta y daban el trigo verde como forraje a sus caballos y los fugitivos acudían a Menfis y contaban historias horribles sobre el furor destructivo del enemigo. Y Horemheb me dijo:
– Egipto tiene que conocer la crueldad hitita a fin de que se convenza de que no hay suerte más horrenda que la esclavitud de los hititas. Sería por mi parte una locura salir contra ellos con unas tropas mal entrenadas y sin carros de guerra. Pero no temas, Sinuhé, Ghaza es todavía nuestra, y los hititas no se atreverán a aventurarse por el desierto con el grueso de sus tropas mientras resista esta plaza, porque no tienen la primacía del mar. No permanezco inactivo como pareces creer, sino que tengo hombres en el desierto para inquietar y molestar a las patrullas hititas. Por otra parte, el peligro no es muy grande para Egipto mientras la infantería hitita no haya franqueado el desierto. Los hititas fundan su estrategia en la guerra de los carros, pero en el país negro los canales de irrigación obstruyen su avance y pierden el tiempo incendiando desgraciados poblados y pisoteando los campos de trigo. Cuanto menos trigo haya en Egipto, más hombres se alistarán en mis ejércitos, porque saben que allí hay la medida de trigo llena e incluso cerveza.
De todo Egipto acudían hombres a Menfis, gente hambrienta que lo había perdido todo a causa de Atón, y aventureros ávidos de botín. Horemheb, sin preocuparse de los sacerdotes, publicó una amnistía general de todos los que habían trabajado por Atón y liberó a los condenados a las canteras para alistarlos. Menfis fue pronto un vasto campamento militar, y la vida se hizo agitada, porque estallaban riñas en las casas de placer y en las tabernas y de noche había alborotos, de manera que la población pacífica se encerraba en casa y vivía en la angustia y el terror. Pero las forjas resonaban bajo el martillo, y el miedo a los hititas era tan grande, que incluso las mujeres pobres daban sus joyas para forjar puntas de lanza.
De las islas del mar y de Creta llegaban numerosos navíos y Horemheb los compraba a la fuerza y reclutaba marineros y capitanes a sus órdenes. Se apoderó también de navíos de guerra cretenses y decidió a sus tripulaciones a servir a Egipto. Porque los navíos cretenses erraban de puerto en puerto y no osaban regresar a Creta donde según se decía, había estallado una revuelta de los esclavos y los incendios asolaban la isla. Pero no se sabía nada cierto sobre estos acontecimientos, porque los marineros cretenses seguían mintiendo como de costumbre. Algunos afirmaban que los hititas habían invadido Creta, cosa inadmisible, puesto que no era un pueblo marinero. Otros pretendían que un pueblo blanco y desconocido había invadido Creta viniendo por el Norte. Pero todos estaban de acuerdo en atribuir todas estas desgracias al hecho de que el dios de Creta hubiera muerto. Por esto se alistaban sin protestar al servicio de Egipto, mientras los navíos cretenses que habían abordado en Siria pasaban a manos de los hititas y de Aziru.
Esta situación era favorable a Horemheb, porque la mayor confusión reinaba sobre el mar y todo el mundo trataba de apoderarse de los navíos. En Tiro estalló una revuelta contra Aziru y los rebeldes capturaron los navíos y se unieron a las fuerzas egipcias. Así fue como Horemheb pudo constituir una flota en la que embarcó unas tripulaciones adiestradas.
Ghaza seguía resistiendo en Siria y, después de la siega, al empezar la crecida, Horemheb abandonó Menfis con sus tropas. Mandó emisarios a Ghaza, asediada por tierra y mar, y un navío que pudo forzar el bloqueo con sacos de trigo llevó este mensaje: «¡Sosteneos, defended Ghaza a toda costa!» Mientras los arietes hacían temblar las murallas de la villa y las casas ardían sin que hubiese tiempo de apagar los incendios, caía un mensaje con una flecha: «¡Defended Ghaza, es la orden de Horemheb!» Y mientras los hititas lanzaban a la ciudad marmitas llenas de serpientes venenosas, una de ellas resultó contener trigo y un mensaje de Horemheb: «¡Defended Ghaza!» Yo no comprendo cómo esta villa pudo sostener el asedio de Aziru y los hititas, y el comandante malhumorado que me vio izar sobre las murallas en una cesta merece seguramente la reputación que le valió la defensa de Ghaza.
Horemheb hizo avanzar sus tropas hacia Tanis y cortó un regimiento de carros en un recodo del río. Hizo limpiar los canales de irrigación enlodados y, cuando vino la crecida, los hititas se encontraron sitiados en un islote. Nuestros soldados pudieron entonces destrozar los carros y matar a los caballos, lo cual enfureció a Horemheb, que había esperado apoderarse de todo aquel material. Por eso ordenó un ataque, en el cual sus soldados mal adiestrados consiguieron, sin embargo, vencer a los hititas combatiendo a pie. Así se apoderó de un centenar de carros y trescientos caballos e hizo inmediatamente pintar sobre los carros el emblema de Egipto y marcar a los caballos. Pero el efecto moral fue todavía más importante, porque ahora se sabía que los hititas no eran invencibles.
Horemheb avanzó entonces sobre Tanis con todos sus carros de guerra, dejando atrás a la infantería pesada y las columnas de avituallamiento. Un ardor loco animaba su rostro y me dijo:
– Si quieres dar, da el primero y con fuerza.
Por esto se dirigió hacia Tanis sin preocuparse de las tropas hititas que asolaban el Bajo País y de Tanis penetró directamente en el desierto donde batió los puestos hititas encargados de velar por las jarras llenas de agua. Así se apoderó rápidamente de varios depósitos de agua en el desierto. Los hititas habían transportado centenares de jarras de agua para avituallar las tropas durante la travesía del desierto, porque no se atrevían a intentar un desembarco en Egipto. Sin economizar los caballos, Horemheb seguía adelante y muchos caballos perecieron durante esta loca hazaña, pero los que presenciaron aquel avance dicen que centenares de carros de guerra levantaban una columna de polvo que subía hasta el cielo, de manera que Horemheb parecía llegar como una violenta tempestad. Cada noche se encendían las señales convenidas en las montañas del Sinaí, y los francos salían de sus escondrijos y atacaban los puestos hititas y los depósitos establecidos en el desierto. Poco tardó en esparcirse la noticia de que Horemheb marchaba contra la Siria, de día como una tempestad de polvo y de noche como una columna de fuego. Después de esta campaña su reputación llegó a ser tan grande que el pueblo comenzó a contar leyendas sobre él como se cuentan sobre los dioses.
Horemheb conquistó así todos los depósitos de agua del desierto del Sinaí sorprendiendo a los hititas, que no podían imaginarse que se atrevería a lanzarse a través del desierto, mientras sus vanguardias asolaban el Bajo País y sabían la debilidad de Egipto. Además, su ejército no estaba todavía unido, había tenido que diseminarse por las ciudades de Siria esperando la caída de Ghaza, porque los alrededores de esta villa y el borde del desierto no podían alimentar al enorme ejército que habían levantado para someter a Egipto. Porque los hititas eran muy minuciosos en sus preparativos militares y no pasaban a la ofensiva hasta que estaban seguros de su superioridad, y sus jefes poseían una lista de todos los pastos y abrevaderos de la región que debían atacar. Por esto quedaron sorprendidos ante la brusca ofensiva de Horemheb, porque hasta entonces nadie había osado atacarlos y pensaban que los egipcios no tenían suficiente número de carros para una ofensiva de esta importancia.
El propio Horemheb no había tenido por objetivo primitivo más que destruir los depósitos de agua de los hititas en el desierto, con el fin de ganar tiempo para adiestrar a sus tropas en una guerra penosa. Pero su éxito inesperado lo embriagó y marchó sobre Ghaza, sorprendiendo por la retaguardia a los sitiadores, destrozando sus máquinas de guerra, pero no pudo entrar en la ciudad, porque los hititas, viendo la debilidad de su ejército de carros, se volvieron contra él. Horemheb hubiera estado perdido si los sitiadores hubiesen tenido carros de guerra, pero consiguió batirse en retirada en el desierto y destrozar las reservas de agua de la frontera siria