antes de que los hititas, furiosos, hubiesen podido reunir sus carros diseminados.
Después de esta osada expedición, Horemheb se dijo que su halcón no lo había abandonado y, recordando el matorral ardiendo que había visto una vez, ordenó a sus lanceros y arqueros que acudiesen a marchas forzadas por el camino que los hititas habían jalonado de jarras de agua suficientes para abastecer a todo un ejército. Se proponía de esta forma hacer la guerra en el desierto, pese a que este terreno fuese favorable a los carros de combate.
'Pero creo que se vio obligado por las circunstancias, porque cuando hubo conseguido escapar de los hititas y ganar el desierto, los hombres y los caballos estaban tan extenuados que acaso no hubieran estado en condiciones de atravesarlo para regresar a Egipto. Por esto, cosa que no se había visto nunca, concentró un gran ejército en el desierto.
Lo que acabo de referir de esta primera campaña de Horemheb lo sé por él y por sus hombres, porque esta vez no le acompañé. Me había dejado en el Bajo Egipto diciéndome que esta vez no tendría tiempo de curar a los heridos, sino que quien cayese de un carro o fuese herido en camino debería ser abandonado a su suerte para que eligiese su propia muerte: degollarse o entregarse a los hititas.
Pero el botín de esta expedición fue muy mezquino, porque una jarra no es más que una jarra, incluso si, llena de agua, vale su peso en oro en el desierto. En cuanto a los hombres que habían bajado de sus carros delante de Ghaza para saquear un campo hitita contra la orden de Horemheb fueron todos muertos, y sus cabezas cortadas y clavadas en pértigas hicieron durante largo tiempo muecas contra los muros de Ghaza y su piel sirvió para fabricar sacos y bolsas, porque los hititas son muy hábiles en este género de trabajo manual.
Es posible que esta campaña haya salvado a Egipto, como lo pretendía Horemheb, y los soldados que lo acompañaron merecieran una gloria inmortal. Pero de momento se quejaron de la mezquindad del botín obtenido y con gusto hubieran cambiado la gloria por un puñado de plata.
Atravesando el desierto a marchas forzadas, bajo el polvo y el calor, siguiendo las trazas de Horemheb, el ejército que yo acompañaba no veía sino de vez en cuando el cuerpo medio devorado de un soldado caído del carro, o los esqueletos de los caballos muertos, o algunas jarras rotas y los cadáveres de los hititas desnudos y empalados en señal de victoria. Por esto es comprensible que tenga que narrar aquí los horrores de la guerra y no la embriaguez de las batallas.
Después de dos semanas de marcha agotadora, a pesar de la abundancia de agua acumulada por los hititas, vimos una columna de fuego que nos anunció que Horemheb nos esperaba con sus carros. Aquella noche no dormí. El desierto es frío por la noche, después del calor sofocante del día, y los soldados que han caminado descalzos durante semanas enteras sobre la arena ardiente, por entre las plantas espinosas, gimen y gritan durmiendo, lo cual ha creado, probablemente, la leyenda de que el desierto está poblado de malos espíritus.
Antes del alba sonó la trompeta y los soldados reemprendieron su marcha agotadora y muchos se caían de cansancio. En pequeños grupos, bandoleros y cuerpos francos se reunían así con Horemheb, cuya señal nos daba órdenes de apresurarnos.
Cuando llegamos cerca del campamento vimos todo el horizonte cubierto de nubes de polvo, porque los hititas llegaban por fin para reconquistar sus depósitos de agua. Sus vanguardias recorrían el desierto en pequeños grupos y caían sobre nuestros soldados, sembrando la confusión y el pánico entre ellos, poco acostumbrados a luchar contra los carros e insuficientemente adiestrados para el combate. Por esto el pánico se apoderó de nuestras filas y muchos soldados huyeron al desierto, donde los hititas los mataron con sus lanzas. Felizmente Horemheb envió en nuestro auxilio los carros que tenía todavía utilizables y el respeto de los hititas por los soldados de Horemheb era tan grande que nos dejaron tranquilos y se retiraron.
Esta retirada renovó la moral de nuestros soldados y los lanceros blandieron sus armas gritando y los arqueros dispararon en vano sus flechas contra los carros en fuga. Y, observando las nubes de polvo en el horizonte, decían:
– No hay nada que temer, porque el brazo potente de Horemheb nos protege. No hay nada que temer, porque se arroja como un halcón sobre los hititas y les vacía los ojos y los ciega.
Pero si pensaban poder descansar al llegar al campo de los hititas, se llevaron un desengaño, y si imaginaban que iban a felicitarlos por su marcha a través del desierto y sus pies desollados, se equivocaban. Porque Horemheb nos acogió con los ojos rojos de fatiga y la expresión malhumorada, y agitando una fusta llena de sangre y polvo, vociferó:
– Por dónde habéis andado, cobardes perezosos? ¿Por qué llegáis tan tarde, desgraciados? No me importa en absoluto que mañana vuestros cráneos se blanqueen en el horizonte, porque siento vergüenza de vosotros al veros. Avanzáis como la tortuga y oléis a sudor y excrementos, de manera que tengo que taparme las narices y, sin embargo, mis mejores hombres pierden su sangre por innumerables heridas y mis nobles caballos jadean agotadas sus fuerzas. Pero poneos a cavar, cavad para salvar el pellejo, puesto que estáis acostumbrados a manejar el fango, cuando no os hurgáis la nariz u otra cosa con vuestros cochinos dedos.
Y los soldados egipcios no adiestrados no se enojaron por este discurso y estuvieron encantados y se rieron entre ellos, porque todos tenían la sensación de haber escapado al peligro cuando vieron a Horemheb. Olvidaron sus pies desollados y su lengua reseca, y, siguiendo las órdenes de Horemheb, cavaron profundos fosos y hundieron palos en el suelo entre las rocas y tendieron unas cuerdas de cañas entre los palos y arrastraron grandes piedras hacia el desfiladero de las montañas.
Los hombres agotados de Horemheb salieron de sus tiendas y sus abrigos y vinieron a mostrar sus heridas y narrar sus proezas, y de los dos mil quinientos que habían partido con Horemheb no quedaban más allá de quinientos en situación de combatir.
Poco a poco todo el ejército fue llegando al campamento y Horemheb mandó en el acto a sus hombres a cavar trincheras y construir obstáculos – para cerrar el acceso al desierto a los carros de los hititas. Mandó mensajeros a los retardatarios para emplazarlos a llegar al campamento durante el transcurso de la noche lo más tarde, porque todos los que permaneciesen en el desierto después de este plazo serían cruelmente asesinados por los hititas si sus carros conseguían abrirse paso.
Pero los soldados egipcios se sentían reconfortados al verse tan numerosos en el borde del desierto y tenían una confianza ciega en Horemheb que, a su juicio, conseguiría salvarlos de los hititas. Mientras cavaban las trincheras y tendían las cuerdas de cañas entre los palos a ras del suelo y hacían rodar las enormes moles de piedra, vieron llegar los carros de los hititas en medio de una nube de polvo y oyeron sus gritos de guerra. Entonces su nariz se enfrió y comenzaron a tener miedo de los carros y de sus hoces.
Pero la noche cerraba y los hititas no se atrevieron a atacar en terreno desconocido y sin conocer la fuerza de las tropas de Horemheb. Acamparon en el desierto y encendieron hogueras y dieron pienso a los caballos con plantas espinosas, y el desierto estaba cubierto, hasta perderse de vista, de pequeños resplandores. Durante toda la noche los exploradores reconocieron los obstáculos con sus carros ligeros y mataron a los centinelas y a todo lo largo del frente hubo escaramuzas. Pero en las dos alas donde no había obstáculos, los bandoleros y los cuerpos francos sorprendieron a los hititas y se apoderaron de muchos carros.
Aquella noche fue incesantemente turbada por el ruido de los carros, los gemidos de los heridos, el silbido de las flechas y el chocar de las armas. Horemheb aconsejó a sus hombres que durmiesen si podían, pero yo pasé la noche curando a los soldados y él me daba ánimos diciéndome: