Despidió a sus hombres y las tropas corrieron hacia los obstáculos lanzando grandes gritos, no sé si de valor o de miedo.
Horemheb los siguió lentamente y yo me quedé al pie de la montaña para seguir a distancia el desarrollo de la batalla, porque era médico y mi vida era preciosa.
Los hititas habían alineado sus carros en orden de batalla en el desierto. Era soberbio y espantoso ver brillar los soles alados en los pechos de los hombres y en los carros y las oriflamas y las plumas flotantes y los escudos abigarrados. Era evidente que iban a concentrar su ataque sobre el terreno descubierto, sumariamente fortificado por Horemheb, sin meterse por las gargantas de las montañas ni aventurarse a lo lejos en el desierto, donde los cuerpos francos y los bandoleros protegían los flancos de Horemheb. No se atrevían a aventurarse demasiado lejos en el desierto, porque carecían ya de agua y de forraje y contaban con su fuerza y su táctica eficaz para forzar el paso por un lugar defendido por unas tropas inexperimentadas. Sus carros combatían por grupos de seis y una sección de diez grupos formaba un regimiento, y creo que tenían en total sesenta regimientos. Y los carros pesados con tres caballos y tres hombres formaban el centro de su línea de batalla y al ver aquellos carros pesados no comprendía cómo las tropas de Horemheb podrían detener su ataque, porque se movían con una lentitud pesada, como navíos del desierto, destrozándolo todo a su paso.
Hicieron sonar las trompetas y los jefes izaron las oriflamas y los carros se pusieron en movimiento a un paso acelerado, y cuando se acercaron a los obstáculos vi con sorpresa que entre ellos corrían caballos sueltos y sobre cada caballo un hombre agarrado a las crines le golpeaba los flancos con los talones. Y no comprendí el objeto de esta rara cabalgata hasta ver los hombres bajarse y cortar las cuerdas tendidas entre las estacas a ras del suelo para hacer caer a los caballos de los carros. Pero otros hombres a caballo avanzaron por entre los obstáculos y clavaron en el suelo lanzas provistas de pequeñas banderas de colores. Todo esto ocurrió con la velocidad del relámpago, pero yo no entendía el objeto. Pronto los hombres a caballo hubieron desaparecido detrás de los carros y sólo algunos caballos heridos se estremecían en los obstáculos.
Súbitamente vi a Horemheb correr solo hacia los obstáculos y arrancando una de las lanzas la arrojó a lo lejos y entonces comprendí que los hititas las habían colocado para marcar los puntos débiles de los obstáculos y servir de guía a los carros pesados. Otros hombres siguieron el ejemplo de Horemheb y la mayor parte se llevaron las lanzas como trofeos. Yo creo que la rápida intervención de Horemheb salvó a Egipto durante aquella jornada, porque si los hititas hubiesen podido concentrar todo el peso de sus fuerzas en los sitios marcados por las banderas, los egipcios no hubiesen sido capaces de resistir su ataque.
Pronto los carros ligeros llegaron a los obstáculos y abrieron brecha en ellos. Este primer choque levantó tal polvareda que me fue difícil discernir nada de los movimientos. Pero pude, sin embargo, ver que numerosos carros habían quedado inmovilizados delante de los obstáculos y que los conductores hititas iban rodeándolos prudentemente. En algunos puntos, los carros hititas consiguieron franquear los obstáculos, a pesar de sus grandes pérdidas, pero no consiguieron su avance, sino que se agruparon y los hombres se apearon para allanar el terreno y abrir camino a los carros pesados que esperaban su turno fuera del alcance de las flechas.
Un soldado experimentado hubiera visto en el acto que todo estaba perdido, pero las tropas de Horemheb no vieron más que los caballos en el suelo y los carros inmovilizados y creyeron que el ataque había sido dominado por su valentía. Por esto se precipitaron hacia los carros ligeros inmovilizados y otros se arrastraron para ir a cortar las corvas de los caballos, mientras los arqueros disparaban contra los hititas ocupados en mover enormes bloques de piedra. Horemheb los dejó obrar a su antojo y gracias a su número consiguieron apoderarse de muchos carros, que entregaron a los soldados de Horemheb lanzando exclamaciones de triunfo. Horemheb sabía que la batalla no hacía más que empezar, pero conservaba la confianza en su suerte y en el gran foso que había hecho excavar detrás de las tropas, en medio del valle, y que habían cubierto o de ramas y arena. Los carros ligeros no habían avanzado hasta esta trinchera, creyendo haber salvado ya todos los obstáculos.
Después de haber limpiado un espacio suficiente para los carros pesados, los hititas supervivientes volvieron a subir a sus carros y se replegaron rápidamente, lo cual ocasionó una inmensa alegría en las tropas egipcias, convencidas ya de haberse llevado la victoria. Pero Horemheb hizo sonar las trompetas y ordenó colocar los bloques de piedra en su sitio y plantar las lanzas con la punta dirigida contra los asaltantes, porque se veía obligado a retirar sus tropas al abrigo de los obstáculos y dejar las brechas sin guarnecer para evitar que las hoces de los carros pesados causasen estragos entre las fuerzas defensoras.
Apenas esta orden había sido cumplida, cuando los carros pesados de los hititas, flor y orgullo de su ejército, arrancaron con estruendo. Iban tirados por enormes caballos más altos que los egipcios, cuya cabeza estaba protegida por una placa de metal y cuyos flancos estaban cubiertos por espesas corazas de lana. Las anchas ruedas separaron las piedras y el peto de los caballos quebró las lanzas clavadas en tierra y los gritos y clamores se elevaron cuando las ruedas aplastaron a los defensores y las hoces los destrozaron haciéndoles pedazos.
Pronto vi salir de la nube de polvo los carros pesados cuyos caballos galopaban como monstruos espantosos con sus caparazones abigarrados y las puntas de bronce adornando sus máscaras. Se lanzaban delante y ninguna fuerza del mundo parecía capaz de detenerlos y cerrarles el paso hacia los depósitos de agua, porque los soldados se habían retirado a las dos alas sobre las primeras pendientes de las colinas, como lo había ordenado Horemheb. Los hititas lanzaron el grito de guerra y prosiguieron su avance levantando nubes de polvo y yo me arrojé al suelo llorando por Egipto y el país sin protección y por todos los hombres que iban a perecer allí a causa de la estúpida obstinación de Horemheb.
Pero los hititas no se dejaron deslumbrar por su triunfo, los frenos de sus carros labraron el suelo, y mandaron carros ligeros de reconocimiento, porque era prudente y temían las sorpresas, pese a que no tuviesen el menor respeto por los egipcios. Pero es difícil frenar el asalto de los carros, porque los enormes caballos lanzados al galope rompen las riendas y vuelcan los carros si se los detiene demasiado bruscamente.
Así los carros continuaron avanzando por un vasto frente de terreno descubierto hasta el momento en que, de repente el suelo se abrió bajo sus pies y se los tragó. La trinchera cavada por las ratas del fango del Nilo se extendía en toda la anchura del valle y los carros pesados cayeron en ella por
docenas antes de que los conductores hubiesen tenido tiempo de frenar para seguir por el borde del foso, de manera que el frente de ataque quedó roto. Al oír los aullidos de los hititas levanté la cabeza y vi su derrota, pero pronto el polvo cubrió el campo de batalla.
Si los hititas hubiesen sabido dominarse y reconocer su derrota hubieran podido salvar, por lo menos, la mitad de sus carros y aplastar a los egipcios. Hubieran podido, en efecto, volver a atravesar los obstáculos destruidos y desencadenar otro ataque, pero no podían admitir una derrota porque era a sus ojos una cosa inconcebible. Por esto no les vino a la mente la idea de escapar a la infantería egipcia sin carros, sino que treparon por las laderas de las colinas para detenerse en la cumbre y bajaron de los carros para examinar cómo podrían franquear la trinchera y salvar a sus camaradas en cuanto se hubiese disipado el polvo.