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Mientras sus tropas descansaban en la Montaña de la Victoria, Horemheb urdía nuevos proyectos y de nuevo envió emisarios a Ghaza sitiada: «¡Defended Ghaza!» Porque sabía que si Ghaza caía no tendría punto de apoyo sobre las costas de Siria. Hizo también propalar entre sus tropas rumores sobre las riquezas de Siria y las sacerdotisas del templo de Ishtar, que tan hábiles son en el arte de seducir a los bravos soldados. No sé lo que pretendía, pero un día un hombre medio muerto de hambre y de sed se deslizó por entre los obstáculos y constituyéndose prisionero pidió ser llevado a presencia de Horemheb. Los soldados se burlaron de él, pero Horemheb lo recibió y el hombre se inclinó respetuosamente delante de él, llevándose las manos a la altura de las rodillas, pese a que fuese vestido a la manera siria. Después se llevó la mano a un ojo como si lo tuviese herido y Horemheb le dijo:

– ¿Te ha picado acaso algún escarabajo en el ojo?

Yo me encontraba en aquel momento en mi tienda y me extrañó aquella estúpida pregunta, porque un escarabajo es un animal inofensivo que no pica, pero el hombre respondió:

– En verdad, un escarabajo me ha picado en el ojo, porque en Siria hay diez veces diez escarabajos y son todos muy venenosos.

Y Horemheb le dijo:

– Te saludo, hombre valiente, y puedes hablar con franqueza, porque este médico es un hombre estúpido que no entiende nada.

A estas palabras el emisario dijo:

– ¡Oh mi señor Horemheb, ha llegado el heno!

No dijo nada más, pero por estas palabras adiviné que era un espía de Horemheb, y Horemheb salió e hizo encender un fuego en la cresta de la colina, y al cabo de un momento en todas las colinas entre la Montaña de la Victoria y el Bajo Egipto se encendieron hogueras. Así fue como Horemheb transmitió a Tanis un mensaje ordenando a la flota trasladarse a Ghaza y, en caso necesario, dar la batalla a las fuerzas navales sirias.

Al día siguiente, Horemheb hizo sonar las trompetas y el ejército emprendió el camino de Siria, y los carros precedían a las tropas y limpiaban el camino preparando las etapas. Pero yo no comprendía cómo Horemheb osaba ahora afrontar a los hititas en terreno descubierto. Los soldados lo seguían sin murmurar, porque soñaban en las riquezas de Siria y el abundante botín. Yo subí a mi litera y seguía a las tropas, y detrás de nosotros dejábamos la Montaña de la Victoria y los huesos de los egipcios y los hititas que se blanqueaban en buena armonía en el desierto.

3

Debo de hablar ahora de la guerra de Siria, pero mi relato será breve porque no entiendo gran cosa en asuntos militares, y todas las batallas se parecen para mí y todas las ciudades incendiadas y las casas saqueadas son semejantes, y las mujeres llorando y los cuerpos descuartizados son idénticos, estén donde estén. Si lo contase todo minuciosamente, mi relato sería muy monótono, porque la guerra de Siria duró tres años y fue una guerra cruel e implacable, porque muchos poblados sirios quedaron despoblados y los árboles eran cortados en los huertos y los pueblos se despoblaban.

Quiero, ante todo, contar el ardid de Horemheb, que no temió penetrar en Siria y derribar los jalones establecidos por Aziru, mientras sus soldados saqueaban los pueblos y se divertían con las mujeres sirias para saborear de antemano los frutos de la victoria. Se dirigió directamente hacia Ghaza; en cuanto se enteraron de este proyecto, los hititas concentraron sus tropas cerca de esta ciudad a fin de cerrarle el paso y aniquilarlo en alguna llanura favorable a la evolución de los carros. Pero el invierno había llegado ya y tuvieron que alimentar sus caballos con heno comprado a los mercaderes sirios y antes de la batalla los caballos comenzaron a vacilar y sus excrementos eran verdosos y muchos de ellos perecieron. Por esto Horemheb pudo dar la batalla con fuerzas iguales y una vez hubo rechazado los carros hititas acabó fácilmente con la infantería. Sus lanceros y arqueros terminaron la derrota, de manera que los hititas sufrieron el desastre más grande de la Historia, y en el campo de batalla quedaron más cadáveres sirios e hititas que egipcios, y desde entonces aquella llanura fue llamada el Llano de las Osamentas. Pero en cuanto hubo penetrado en el campo hitita hizo inmediatamente quemar el heno y el forraje, porque estaban envenenados y había mezclado a ellos unas drogas que enfermaban a los caballos.

Pero yo ignoraba entonces cómo había combinado Horemheb este ardid de guerra.

Así llegó Horemheb ante Ghaza mientras los hititas y los sirios abandonaban principalmente toda Siria del Sur para refugiarse en sus plazas fuertes, y dispersó a los asediadores. Al mismo tiempo la flota egipcia entraba en el puerto de Ghaza, pero en bastante mal estado, y muchos navíos ardieron todavía dos días después de la batalla naval que habían tenido que sostener delante de la villa. Esta batalla había quedado indecisa porque la flota egipcia tuvo que refugiarse en Ghaza y muchos navíos se hundieron antes de que el comandante de la plaza se hubiese decidido a abrir el puerto.

Por su parte, la flota unida de Siria y los hititas huyó a Tiro y Sidón a reparar sus averías.

El día en que las puertas de Ghaza invicta se abrieron para dar paso a las tropas de Horemheb se celebra todavía en Egipto como una fiesta, y es el día de Sekhmet, y los chiquillos se pelean con mazas de madera y lanzas de caña jugando al sitio de Ghaza. Y es cierto que jamás villa alguna fue defendida más encarnizadamente que Ghaza y el comandante de la plaza mereció todo el renombre y reputación que le dio su resistencia. Por esto mencionaré su nombre, pese a que me afligiese la vergüenza de ser izado en un cesto. Se llamaba Roju.

Sus hombres lo llamaban Nuca de Toro, y esto dará idea de su físico y de su carácter, porque jamás he conocido a un hombre más obstinado ni más receloso. Después de su victoria, Horemheb tuvo que esperar un día entero antes de convencer a Roju de que le abriese las puertas de la ciudad. Y, para empezar, no admitió más que a Horemheb solo y se aseguró de su identidad, porque lo tomaba por un sirio disfrazado. Cuando finalmente comprendió que Horemheb había batido a los hititas y Ghaza no estaba cercada ya, no demostró ningún júbilo y se quedó malhumorado, y encontraba desagradable que Horemheb fuese su superior y le diese órdenes en Ghaza, porque durante el curso de este sitio de varios años se había acostumbrado a ser jefe de sí mismo.

Quiero contar también algunas anécdotas sobre este Nuca de Toro, porque era un personaje muy curioso y su obstinación fue causa de no pocos incidentes. Me parece que estaba un poco loco o chiflado, pero si no hubiese sido así, los hititas y Aziru hubieran seguramente tomado Ghaza. No creo que en ninguna parte hubiese hecho una tan buena carrera como en Ghaza, donde los dioses y el Destino le habían dado un puesto adecuado a sus facultades. Lo habían relegado a Ghaza a causa de sus eternas jeremiadas y lamentaciones, porque esta ciudad era un verdadero puesto de castigo, pero más tarde los acontecimientos le dieron importancia. De hecho fue Roju quien le hizo caer este papel al negarse a entregarla a Aziru.

Ghaza fue salvada por sus altas murallas de enormes bloques de piedra que se decía habían sido un día construidas por los gigantes. Los mismos hititas fueron impotentes contra estas murallas, pero habían, sin embargo, conseguido, por su habilidad militar, practicar en ellas algunas brechas y excavando una galería provocaron el derrumbamiento de la torre de guardia.

La ciudad antigua había estado en parte incendiada y ninguna casa tenía el techo intacto. En cuanto a la ciudad nueva, la que se encontraba fuera de los baluartes, Roju la hizo arrasar en cuanto se enteró de la revuelta de los hititas, y había dado la orden por simple espíritu de contradicción, porque todos sus consejeros trataban de disuadirle. Naturalmente, los habitantes sirios de la ciudad se pusieron furiosos y se levantaron prematuramente, de manera que Roju pudo sofocar la rebelión antes de que Aziru pudiese llegar en apoyo de los sublevados. La represión fue tan brutal que nadie a partir de entonces se atrevió a rebelarse contra Roju.