Si alguien era sorprendido con las armas en la mano y pedía merced, Roju decía: «¡Degollad a este hombre, porque ofende mi equidad pidiéndome merced!» Y si alguno se rendía sin pedir gracia, Roju se enfadaba y decía: «Matad a este rebelde que se atreve a hacerme frente.» Si algunas mujeres acudían con sus hijos a implorar la gracia de sus maridos, las hacía matar sin piedad diciendo: «Matad a toda esta camada de sirios que no comprende que mi voluntad es más fuerte que la suya como el cielo es superior a la tierra.» Así nadie sabía cómo conciliarlo, porque olía una injuria o una resistencia en toda palabra que se le dirigía.
Pero el asalto de Aziru no había sido más que un juego de niños en comparación con el sitio cruel y racional de los hititas. Porque los hititas lanzaban día y noche materias inflamables a la ciudad y también serpientes venenosas encerradas en jarras y carroñas y egipcios prisioneros que se despachurraban contra las murallas. A nuestra entrada en la villa no había ya muchos habitantes vivos y sólo algunas mujeres y ancianos demacrados salieron de los subterráneos de las casas incendiadas. Todos los chiquillos habían muerto y los hombres habían perecido trabajando por reparar las murallas. Y los supervivientes no nos acogieron con júbilo, sino que nos mostraban el puño y nos injuriaban. Horemheb les hizo distribuir carne, vino y trigo y muchos murieron durante la noche siguiente, porque su estómago hambriento no pudo soportar la abundante y rica comida.
Quisiera describir a Ghaza tal como me apareció el día de nuestra entrada. Quisiera hablar de las pieles humanas suspendidas de los muros y los cráneos ennegrecidos que los cuervos picoteaban. Quisiera contar el horror de las casas llenas de escombros. Quisiera hablar del olor espantoso de la ciudad, el hedor de muerte y de peste que forzaba a los soldados de Horemheb a taparse la nariz. Quisiera describir todo esto para explicar por qué en este día de gran victoria para Egipto, mi corazón no sintió ninguna alegría.
Quisiera también describir a los soldados supervivientes de Roju, Nuca de Toro, sus costillas salientes, sus rodillas tumefactas y sus espaldas cebradas por los latigazos. Quisiera hablar de sus ojos que no tenían ya nada de humano, sino que brillaban en las ruinas como los de las fieras. Blandían lanzas en sus manos impotentes y gritaban lamentablemente en honor de Horemheb: «¡Defended Ghaza!» No creo que fuese ironía, sino que ninguna otra idea cabía en su pobre cabeza. No estaban en tan mal estado como los habitantes de la ciudad, porque Roju les había reservado víveres y Horemheb les hizo distribuir carne fresca, cerveza y vino, que tenía en abundancia después de haber saqueado el campo de los hititas y las provisiones de los sitiadores.
A cada soldado de Ghaza, Horemheb le dio una cadena de oro, lo cual no le costó mucho, porque apenas si quedaban unos doscientos. Les dio también mujeres sirias, pero estaban tan agotados que no tenían fuerzas para gozar de ellas y comenzaron a torturarlas a la manera hitita, porque durante el sitio habían aprendido muchas nuevas costumbres, como, por ejemplo, desollar vivos a los prisioneros y colgar las pieles en los muros. Pero pretendían que sólo torturaban a las mujeres sirias por odio a los sirios y decían: «No nos mostréis un sirio, porque si lo vemos le saltaremos a la garganta y lo estrangularemos.»
A Nuca de Toro, le dio Horemheb una cadena de oro esmaltada y adornada con piedras preciosas y un látigo de oro e hizo lanzar a sus hombres gritos en honor de Roju, lo cual todos hicieron con gusto, porque admiraban realmente a aquel hombre, cuya valentía había salvado a Ghaza. Después de la ceremonia, Roju le dijo a Horemheb:
– ¿Me tomas acaso por un caballo que me das un arnés completo? ¿Este látigo ha sido trenzado con oro verdadero o no es más que oro sirio mezclado? -Y dijo también-: Llévate a tus hombres fuera de la ciudad, porque su número me molesta y el ruido que hacen me impide dormir, mientras mi sueño era excelente durante el asedio al ruido de los arietes y a la luz de los incendios. Llévate en verdad a tus hombres, porque en Ghaza soy yo el faraón, y si me enfado lanzaré a mis hombres contra los tuyos para aniquilarlos y así dejarán de turbar mi sueño.
Y, verdaderamente, Roju no podía dormir desde que había cesado el sitio, y los soporíferos eran inoperantes y el vino no lo hacía dormir. Pensaba sin cesar y trataba de recordar dónde había sido empleado todo el material de los almacenes militares, y un día fue humildemente a encontrar a Horemheb y le dijo:
– Eres mi superior. Inflígeme un castigo, porque tengo que dar cuenta al faraón de todo el material que me ha sido confiado y no puedo hacerlo, porque la mayor parte de los papiros han sido quemados en los incendios y mi memoria flaquea desde que duermo tan mal. Puedo dar cuenta de todo, salvo de cuatrocientas retrancas para asnos que no sé dónde encontrar, y mi jefe de material lo ignora también pese a que lo he hecho azotar hasta el punto de que no puede sentarse. ¿Dónde estarán las cuatrocientas retrancas de las cuales no tenemos necesidad, puesto que los asnos han sido comidos desde hace mucho tiempo? Por Seth y todos los demonios, Horemheb, hazme fustigar públicamente, porque la cólera del faraón me inquieta y jamás osaré presentarme ante él como lo exige mi rango si no encuentro estas retrancas.
Horemheb trató de calmarlo y le dijo que con gusto le proporcionaría las cuatrocientas retrancas, pero Roju se enfadó y dijo:
– Buscas de una manera manifiesta incitarme al fraude, porque si aceptase tus retrancas no serían las que me han sido confiadas por el faraón. Obras seguramente así para perjudicarme acusándome de prevaricación ante el faraón, porque tienes celos de mi fama y quieres ser nombrado jefe de Ghaza. Quizás hayas ordenado a tus soldados indisciplinados robar estas retrancas en los almacenes. Pero rehúso las que me ofreces y prefiero demoler la ciudad piedra por piedra hasta encontrarlas.
Estas palabras inquietaron a Horemheb temiendo por el estado mental de Roju y le propuso ir a Egipto a encontrar a su mujer y sus hijos y descansar de las fatigas del asedio. Pero fue un error, porque desde entonces Roju estuvo más convencido que nunca de que Horemheb quería quitarlo de en medio para apoderarse de su cargo. Y dijo:
– Ghaza es mi Egipto, sus murallas son mi mujer y sus torres mis hijos.
Pero en verdad degollaré a mi mujer y cortaré la cabeza a mis hijos si no encuentro estas malditas retrancas.
A espaldas de Horemheb llamó al escriba del material que había sufrido con él todo el asedio y encargó a sus hombres registrar todas las torres. Ante estos excesos, Horemheb intervino e hizo vigilar a Roju en su habitación y me pidió mi consejo de médico. Después de haber hablado amistosamente con Roju, que se negaba a considerarme un amigo y pensaba que quería apoderarme de su cargo le dije a Horemheb:
– Este hombre no se calmará hasta que hayas abandonado Ghaza con todos tus hombres y pueda cerrar las puertas y gobernar a su antojo.
Pero Horemheb gritó:
– ¡Por Seth y todos los demonios, esto es imposible antes de que los navíos hayan traído de Egipto refuerzos de armas y provisiones para que pueda empezar la campaña contra Joppe! Hasta entonces las murallas de Ghaza son mi única protección, y si salgo con mis tropas, me arriesgo a perder todo lo que he ganado.
Yo vacilé un poco y dije:
– Para Roju sería quizá conveniente que lo trepanase para tratar de curarlo, porque sufre enormemente y hay que atarlo en la cama; si no, sería capaz de hacerse daño o hacértelo a ti.
Pero Horemheb se negó a dejar trepanar al héroe más ilustre de Egipto, porque su propia reputación hubiera sufrido con ello si Roju sucumbía en la operación, porque una trepanación es siempre peligrosa e incierta. Por esto regresé a casa de Roju con algunos hombres sólidos y conseguimos amarrarlo a la cama y le administré calmantes y narcóticos. Pero sus ojos relucían en la oscuridad de la cámara con un resplandor verdoso de ojos de fiera, se retorcía en la cama y la rabia le salía de la boca, mientras gritaba: