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Entonces mis ojos se abrieron y comprendí que Kaptah había sido el mejor servidor de Horemheb en Siria y el jefe de sus espías, puesto que en la Montaña de la Victoria el emisario llegado a la tienda de Horemheb había ocultado uno de sus ojos para indicar que venía de parte de un tuerto. Y comprendí también que nadie como Kaptah hubiera sido capaz de componérselas en Siria, porque nadie lo igualaba en astucia y picardía. Pero le dije:

– Admitamos que Horemheb te deba mucho oro, pero podrás extraerlo más fácilmente de una piedra estrujándola que haciéndote pagar tu crédito. Sabes muy bien que no paga nunca sus deudas.

Y Kaptah dijo:

– Sé muy bien que Horemheb es duro e ingrato, y más ingrato aún que el comandante de Ghaza, a quien he hecho lanzar trigo por los hititas, que creían que las jarras cerradas contenían serpientes venenosas. Para convencerlos rompí una jarra y las serpientes venenosas mordieron a tres soldados, que murieron, y desde entonces los hititas no quisieron abrir más las jarras. Pero, a falta de oro, Horemheb puede darme todos los derechos portuarios de Siria, que conquistará y debe cederme todo el comercio de sal de Siria para que pueda recuperar mis bienes.

Le pregunté si pensaba trabajar durante toda su vida para pagar su deuda al viejo guardián, pero él se rió y dijo:

– Después de dos semanas de permanencia sobre la piedra dura del calabozo oscuro, se aprecian los asientos blandos, el vino y la luz. No, no estoy loco hasta ese punto, Sinuhé. Pero hay que cumplir la palabra y vas a devolver la vista a este hombre para que pueda jugar a los dados con él, porque antes de ser ciego era muy aficionado a este juego. Y no será culpa mía si la suerte no le sonríe, porque jugaremos sumas importantes.

Era, en efecto, el único medio que tenía Kaptah de librarse honradamente de su deuda, y si podía escoger los dados era un jugador hábil. Le prometí, por consiguiente, devolver al guardián la vista suficiente para que pudiese distinguir los agujeros de los dados, y, a cambio, Kaptah me prometió darle a Muti dinero suficiente para reconstruir la casa del antiguo fundidor de cobre de Tebas. Hicimos entrar al guardián, que concedió un plazo a Kaptah para el pago de su deuda, y examiné sus ojos y vi que su ceguera no procedía de su estancia en los subterráneos, sino de una enfermedad mal curada. Y pude devolverle la vista con una aguja, como había aprendido a hacerlo en Mitanni, pero no supe cuánto tiempo pudo gozar de la vista, porque los ojos operados con una aguja se cicatrizan rápidamente y no pueden volver a operarse.

Acompañé a Kaptah a ver a Horemheb, quien se alegró sobremanera de verlo y lo abrazó llamándole héroe, asegurándole que todo Egipto le estaba agradecido por sus hazañas. Pero a estas palabras Kaptah comenzó a lloriquear y dijo:

– Mira mi barriga convertida en un saco arrugado a tu servicio, y mira mi espalda desollada y mis hombros devorados por las ratas por culpa tuya en las mazmorras de Ghaza. Me hablas de reconocimiento, pero el agradecimiento no me da un grano de trigo ni un vaso de vino, y no veo en ninguna parte los saquitos de oro que me has prometido. No, Horemheb, no te pido agradecimiento, sino que me rembolses mi crédito, porque tengo también deudas contraídas a tu servicio y mayores de lo que puedes imaginar.

Pero Horemheb frunció el ceño al oír la palabra «oro» y golpeándose el muslo con la fusta dijo:

– Tus palabras son como un zumbido de moscas en mis oídos y hablas como un imbécil, y tu boca está sucia. Sabes muy bien que no tengo botín que darte y que todo el oro disponible debe ser empleado en la guerra contra los hititas, y yo mismo soy pobre y la gloria es mi única recompensa. Por esto podrías escoger un momento más propicio para hablarme de oro, pero, para prestarte un servicio puedo hacer encarcelar a tus acreedores acusándolos de crímenes y hacerlos colgar en los muros cabeza abajo y así quedarás libre de tus deudas.

Kaptah protestó, pero Horemheb le dijo con un tono bastante irónico: -Me gustaría saber cómo es posible que Roju te haya hecho torturar como espía sirio y encerrar en un calabozo, porque, aunque estuviese loco, es un buen soldado y no puede haber obrado sin razón.

Entonces, Kaptah desgarró sus vestiduras en señal de inocencia, y lo hizo sin pena alguna, porque eran mías y, golpeándose el pecho, exclamó: -Horemheb, Horemheb, acabas de hablarme de agradecimiento y ahora lanzas contra mí acusaciones falsas. ¿Acaso no he envenenado los caballos de los hititas y mandado trigo a Ghaza en jarras cerradas? ¿No he sobornado hombres valientes para informarte en el desierto sobre los movimientos de las tropas hititas y hendido los pellejos de agua de los carros mandados contra ti en el desierto? He hecho todo esto por ti y por Egipto sin pensar en un salario y por esto es justo que haya prestado servicios a Aziru y los hititas, porque no te he perjudicado en nada. Por esto tenía sobre mí una tablilla de arcilla de Aziru como salvoconducto cuando huí a Ghaza escapando de los hititas enfurecidos contra mí, porque había envenenado sus caballos causando su derrota en el Llano de las Osamentas. Un hombre prudente procede con cautela y tiene más de una flecha en su carcaj y sin mi habilidad no hubiera servido de nada. Me llevé el salvoconducto de Aziru, porque Ghaza hubiera podido sucumbir antes de tu llegada, pero Roju es un hombre desconfiado y me hizo registrar y encontró la tablilla de Aziru y en vano me tapé un ojo con la mano y hablé de las serpientes venenosas como había sido convenido contigo; me hizo torturar y para no ser descuartizado tuve que confesar que era espía de Aziru.

Pero Horemheb se echó a reír y dijo:

– Que tus penas sean tu salario, Kaptah. Te conozco y me conoces, y por lo tanto debes dejar de reclamar oro, porque me molesta y enfada. Kaptah no se dio por vencido y acabó obteniendo de Horemheb el monopolio de compra y venta de todo el botín de Siria. Así tuvo el derecho exclusivo de comprar a los soldados y cambiarles por vino, cerveza, dados o mujeres el botín que se les había distribuido después de la victoria del Llano de las Osamentas, y sólo él tenía el derecho de vender el botín del faraón y de Horemheb o de cambiarlo por mercancías necesarias para el ejército. Y este solo derecho bastaría para enriquecerlo, porque ya llegaban a Ghaza numerosos comerciantes egipcios e incluso sirios para traficar con el botín y comprar prisioneros como esclavos, y a partir de entonces nadie podía cerrar un trato en Ghaza sin pagar a Kaptah un derecho por cada transacción. Y, finalmente, insistiendo con tenacidad, obtuvo el mismo derecho sobre el botín que Horemheb recogiese en Siria; y Horemheb consintió en ello, porque no le costaba nada y Kaptah le prometía ricos presentes.

4

Poco después de haber recibido refuerzos de Egipto y puesto en condiciones los carros de guerra y reunido en Ghaza todos los caballos de la Siria meridional y adiestrado las tropas, Horemheb lanzó una proclama afirmando que no llegaba como conquistador, sino como liberador. Las ciudades de Siria habían gozado siempre de la libertad de comercio y una larga autonomía bajo sus reyes y la alta protección de Egipto, pero Aziru había instaurado un régimen de terror después de haber destronado a los reyes hereditarios y percibía fuertes impuestos. Además, en su codicia, había vendido Siria a los hititas, cuya crueldad e inmoralidad podían

comprobar los sirios con sus propios ojos. Por esto Horemheb, el Hijo del Halcón, el invencible, iba a liberar a Siria, liberar cada ciudad y cada pueblo del yugo de la esclavitud, liberar el comercio y restaurar los antiguos reyes en sus derechos a fin de que bajo la égida de Egipto, Siria pudiera recuperar su prosperidad y su riqueza. Amparaba a las ciudades que se alzasen contra los hititas. Pero las ciudades que ofreciesen resistencia serían saqueadas e incendiadas, y sus murallas serían destruidas para siempre jamás y sus habitantes vendidos como esclavos.