Horemheb marchó inmediatamente sobre Joppe, mientras su flota bloqueaba el puerto. Su proclama fue mandada por emisarios a todas las ciudades de Siria y provocó discordias y alborotos entre los enemigos, lo cual era su objeto principal. Pero, hombre prudente, Kaptah no se movió de Ghaza por si ocurría el caso de que Horemheb fuese batido, porque Aziru y los hititas reunían tropas en el interior del país.
Roju, Nuca de Toro, se había reconciliado con Kaptah una vez éste le hubo curado de su obsesión contándole que los soldados se habían comido las cuatrocientas retrancas, porque eran de cuero tierno, y pudieron desligar a Roju, que perdonó a los soldados este pequeño hurto en honor a su heroísmo.
Después de la marcha de Horemheb, Roju hizo cerrar las puertas de la ciudad y juró que jamás volvería a dejar entrar tropas en ella, y comenzó a beber vino con Kaptah, viéndole jugar a los dados con el viejo carcelero. De la mañana a la noche los dos hombres jugaban y bebían vino disputando, porque el pobre hombre estaba desconsolado de perder su oro y Kaptah insistía en jugar fuerte. Mientras Horemheb sitiaba a Joppe, el juego se animaba, y Kaptah ganó de nuevo toda su deuda y cuando Horemheb consiguió abrir una brecha en la muralla de la ciudad, el carcelero le debía a Kaptah más de doscientos mil debens de oro. Pero Kaptah se mostró generoso y no le exigió esta suma, porque el viejo, al fin y al cabo, le había salvado la vida; e incluso le dio algunas monedas de plata, de manera que el viejo se separó de él llorando de agradecimiento.
No podía decir si Kaptah jugaba con dados trucados, pero en todo caso tenía una suerte fabulosa. A todos los rincones de Siria llegó la noticia de esta partida de dados que había durado varias semanas y ascendió a algunos millones de debens de oro. El carcelero terminó sus días en una cabaña al pie de los muros de Ghaza y estaba otra vez ciego, pero se complacía narrando a los numerosos visitantes las fases de esta partida memorable de la cual recordaba todas las peripecias, sobre todo aquella incidencia en la cual, en una sola jugada de dados perdió cien mil debens de oro, porque jamás se habían jugado sumas parecidas. Y los visitantes le llevaban regalos de manera que vivió desahogadamente hasta su muerte, mejor incluso que si Kaptah le hubiese fijado una renta vitalicia.
Después de la toma de Joppe por Horemheb, Kaptah se fue allá precipitadamente, y yo lo acompañé y por primera vez vi una ciudad rica en manos de sus conquistadores. Los más osados de sus habitantes se habían rebelado ya contra Aziru y los hititas al acercarse las tropas egipcias, pero Horemheb se negó a proteger a la ciudad contra el saqueo; porque esta rebelión tardía no le había servido de nada. Durante dos semanas enteras los soldados saquearon la ciudad. Kaptah acumuló una fortuna enorme, porque los soldados cambiaban, por vino y cerveza, alfombras magníficas, muebles espléndidos y estatuas de los dioses que no se podían llevar, y por dos brazaletes de cobre se compraba una siria bien educada.
En verdad fue en Joppe donde vi hasta qué punto el hombre es el lobo del hombre, porque no hubo crimen ni infamia que allí no fuese llevada a cabo durante aquellos días de saqueo e incendio. Los soldados ebrios incendiaban las casas para divertirse, a fin de ver por la noche mientras robaban y saqueaban, abusaban de las mujeres y torturaban a los comerciantes para obligarles a revelar sus escondrijos. Algunos se apostaban en una esquina y asesinaban al primer sirio que pasase, fuese hombre o mujer, anciano o niño. Mi corazón se endurecía al ver el espectáculo de la maldad del hombre, y todo lo que había ocurrido en Tebas por causa de Atón no eran más que bagatelas en comparación con lo que ocurría en Joppe por culpa de Horemheb. Porque Horemheb había dejado las manos libres a sus soldados a fin de ligarlos más estrechamente a él. El saqueo de Joppe fue inolvidable y los soldados de Horemheb le tomaron gusto al robo, de manera que nada podía detenerlos en el combate y no temían a la muerte, pensando solamente que renovarían los placeres saboreados en Joppe. Por otra parte, después de estas matanzas, los soldados comprendían que no podían esperar ya cuartel por parte de los hititas, porque los hombres de Aziru desollaron vivos a todos los prisioneros que habían tomado parte en el saqueo de la ciudad. Y, finalmente, para escapar a la suerte de Joppe, muchas pequeñas ciudades de la costa se rebelaron y abrieron sus puertas a Horemheb.
Renuncio a seguir hablando de los horrores de Joppe, porque al evocarlos siento mi corazón como si fuese una piedra en mi pecho y mis manos se hielan. Me limitaré a decir que a la entrada de Horemheb en la ciudad, ésta contaba cerca de veinte mil habitantes y que a su marcha no quedaban trescientos.
Así guerreaba Horemheb en Siria y yo le seguía para curar a los heridos y me daba cuenta de todo el mal que el hombre puede hacer al hombre. La guerra duró tres años y Horemheb batió a los hititas y las tropas de Aziru en muchas batallas y dos veces los carros hititas sorprendieron sus tropas y le causaron grandes daños, obligándolos a retirarse al amparo de los muros de las ciudades. Pero mantuvo las comunicaciones marítimas con Egipto y la flota siria era impotente. Por esto pudo recibir refuerzos y preparar nuevas ofensivas, y las ciudades de Siria eran saqueadas y la gente se ocultaba en las grutas de las montañas. Provincias enteras fueron devastadas y las tropas destruían los cultivos y cortaban los árboles frutales. Así se agotaba el Ejército egipcio y Egipto era como una madre que desgarra sus vestiduras y se vierte ceniza sobre la cabeza al ver morir a sus hijos, porque a todo lo largo del río no había ciudad o cabaña cuyos hijos no hubiesen muerto en Siria por la grandeza de Egipto.
Horemheb combatió tres años en Siria y durante estos años yo envejecí más que durante los precedentes, y perdí mis cabellos, y mi espalda se encorvó, y mi rostro se arrugó como un fruto podrido.
Me convertí en hombre de mal genio y malhumorado y hablaba con rudeza a los enfermos como hace todo médico al envejecer.
El tercer año se declaró la peste en Siria, porque la peste sigue siempre los rastros de la guerra y nace en cuanto un número suficiente de cadáveres se pudre en un mismo lugar. En realidad toda Siria no era ya más que una fosa pestilente, y tribus enteras fueron exterminadas, de manera que sus lenguas cayeron para siempre en el olvido. La peste alcanzó a aquellos a quienes la guerra había perdonado y en los dos ejércitos mató tantos hombres que las operaciones fueron interrumpidas y las tropas huyeron a las montañas y los desiertos al abrigo de la peste. Y no hacía diferencia alguna entre ricos y pobres, nobles y villanos, azotaba equitativamente a todo el mundo y los remedios ordinarios eran insuficientes y los apestados se tapaban la cabeza con sus mantas y se acostaban en el suelo y morían en tres días. Pero los que curaron conservaban cicatrices espantosas en las axilas y articulaciones, que eran las heridas por donde el pus había corrido durante su convalecencia.
La peste era tan caprichosa en la elección de sus víctimas como en su curación, porque no siempre eran las personas más robustas o más sanas las que se curaban, sino muchas veces las más débiles y enfermizas, como si la enfermedad no hubiese encontrado en ellas suficientes fuerzas para poder matarlas. Por esto al cuidar a los apestados, los sangraba lo más posible para debilitarlos y les prohibía todo alimento durante la enfermedad. Así pude curar a un gran número de enfermos, pero muchos murieron también a pesar de mis cuidados, de manera que ignoro si mi tratamiento es bueno. Yo tenía, sin embargo, que curar a los enfermos para mantener la confianza en mí, porque un enfermo que pierde la esperanza de la curación o la que ha depositado en su médico, muere más seguramente que el que confía en él. Mi manera de tratar la peste valía, con toda seguridad, más que cualquier otra, pero no costaba nada.