Volvió a beber más cerveza y se embriagó un poco en medio de sus sufrimientos, y dijo:
– Sinuhé, amigo mío, me acusas falsamente al decir que la Siria es una vasta fosa de cadáveres podridos por mi causa, porque mi única culpa ha sido haber perdido la partida y dejarme engañar por los hititas. En verdad, si hubiese ganado, culparían de todo a Egipto y se celebraría mi nombre. Pero como he perdido me acusan de todos los males y toda Siria maldice mi nombre. -La cerveza fuerte lo excitaba y gritó-: ¡Oh, tú, Siria, mi desgracia, mi tormento, mi esperanza, mi ardor! Por tu grandeza he penado, por tu libertad me rebelé, y he aquí que el día de mi muerte me rechazas y maldices. ¡Oh, soberbia Biblos! oh, próspera Simyra; oh, Sidón; oh, poderosa Joppe; oh, vosotras, todas las ciudades que centelleabais como perlas en mi corona!, ¿por qué me habéis abandonado? Os amo demasiado para detestaros, porque amo a Siria porque es pérfida, cruel, caprichosa y pronta a la traición. Las razas desaparecen, los pueblos se levantan y se borran, los imperios se suceden y la gloria huye como una sombra. Pero seguid alzando vuestras murallas blancas sobre la ribera al pie de las montañas rojas, ¡oh, ciudades queridas!, vivid eternamente, y del desierto mis cenizas correrán con el viento para besaros.
Estas palabras me llenaron de melancolía y me di cuenta de que era prisionero de su sueño y no quise contradecirlo, porque era un consuelo para él. Continué sujetándole las manos y prosiguió:
– Sinuhé, no lamento mi muerte ni mi derrota, porque tan sólo con mucha audacia puede ganarse mucho, y la victoria y la grandeza de Siria estaban al alcance de mi mano. Todos los días de mi vida he sido poderoso en amor y en odio y no me arrepiento de un solo acto de mi vida, pese a que estos actos hayan acabado formando una cuerda sólida que me arrastra a una muerte infamante, de manera que mi cuerpo será arrojado como pasto a los chacales. Pero siempre he sido curioso, porque tengo sangre de comerciante, como todos los sirios. Mañana moriré y la muerte suscita en mí una viva curiosidad, de modo que quisiera saber si existe alguna manera de engañar a la muerte y sobornar a los dioses. Tú, que has reunido en ti toda la cordura y el saber de los demás países, Sinuhé, dime si hay una manera de corromper la muerte.
Moví negativamente la cabeza y dije:
– No, Aziru el hombre puede corromperlo y engañarlo todo menos la muerte y el nacimiento. Pero quiero decirte hoy, en el momento en que la lámpara de tu vida está próxima a extinguirse, que la muerte no tiene nada temible, la muerte es buena. Al lado de todo el mal que flagela al mundo, la muerte es la mejor amiga del hombre. Como médico, no creo mucho en el reino de los infiernos, y como egipcio no creo ya en el reino de Occidente ni en la conservación eterna de los cuerpos, sino que para mí la muerte es como un largo sueño, como una noche fresca después de una jornada bochornosa. En verdad, Aziru, la vida es como una ceniza caliente, y la muerte es una onda fresca. En la muerte cierras los ojos y no vuelves a abrirlos; en la muerte tu corazón se calla y no volverá a gemir; en la muerte tus manos se agotan y no arden en deseos de obrar; en la muerte tus pies se inmovilizan y no aspiran más el polvo de las rutas infinitas. Tal es la muerte, Aziru, amigo mío, pero por mi amistad hacia ti ofreceré sacrificios al Baal de Amurrú, por ti y toda tu familia. Haré un sacrificio digno de tu jerarquía, si esto puede consolarte, pese a que no crea ya en los sacrificios. Pero vale más estar seguro y sacrificaré para que no sufras hambre ni sed en los infiernos, que quizá no existen.
Aziru estuvo encantado de mis palabras y añadió:
– Cuando sacrifiques, ofrece por mí los corderos de Amurrú, porque son los más gordos y su carne se funde. No olvides ofrecerme riñones de cordero, porque son un regalo para mí, y, si puedes, haz libaciones con vino de Sidón mezclado con mirra, porque mi sangre ha preferido siempre los vinos pesados y las comidas grasas.
Enumeró, además, una serie de cosas que debería sacrificarle y se divertía como un chiquillo al pensar en todas las exquisiteces de que podría disfrutar en los infiernos, y especialmente de un lecho sólido donde poder divertirse con Keftiú. Pero pronto cayó de nuevo en la melancolía, y, poniendo su cabeza dolorida sobre mis manos, dijo:
– Si quieres hacerme todos estos favores, Sinuhé, serás verdaderamente un amigo, y no comprendo por qué lo haces, porque te he causado también mucho daño como a todos los egipcios. Has hablado elocuentemente de la muerte, y es quizá, como dices, un largo sueño y una onda fresca. Pero, a pesar de todo, mi corazón se acongoja al pensar en una rama de cerezo en flor en el país de Amurrú, y al oír el balido de los corderos y ver los cabritillos saltar por las colinas. El corazón me arde, sobre todo, al evocar las primaveras de Amurrú y el florecer de los lirios y el olor de pez y el bálsamo de los lirios, porque el lirio es una flor real. Sufro al pensar que no veré nunca más el país de Amurrú, ni en primavera ni en otoño, ni bajo los calores del verano ni en los rigores del invierno. Y, sin embargo, el dolor de mi corazón es delicioso al pensar en el país de Amurrú.
Así conversamos toda la larga noche evocando nuestros recuerdos comunes y nuestros encuentros cuando yo vivía en Simyra y éramos los dos jóvenes y fuertes. Al alba, mis esclavos nos llevaron comida y los guardianes los dejaron pasar, porque tuvieron también su parte, y nos sirvieron cordero bien graso y harina amasada cocida en la grasa, y nos escanciaron vino fuerte de Sidón mezclado con mirra. Dije a mis esclavos que lavasen y peinasen a Aziru y le hice cubrir la barba con una redecilla tejida en oro. Por encima de sus vestiduras desgarradas y de sus grilletes vistió un manto real, y mis esclavos hicieron lo mismo con Keftiú y sus dos hijos, pero Horemheb no le permitió a Aziru que los viera antes de la ejecución.
Por la mañana, cuando Horemheb salió de su tienda con los principales hititas ebrios, riendo con ellos y agarrándose por el cuello, yo me acerqué a él y le dije:
– En verdad, Horemheb, te he hecho muchos favores y te he salvado quizá la vida en Tiro cuidando tu muslo herido por una flecha envenenada. Por esto te pido también un favor y es que concedas a Aziru una muerte sin infamia, porque es rey de Siria y se ha batido valientemente. Tu gloria no hará sino aumentar si lo haces perecer sin tratamientos infamantes, y tus amigos hititas lo han torturado ya suficientemente para obligarlo a revelar sus tesoros ocultos.
Horemheb se ensombreció al oír mis palabras, porque había imaginado ya una serie de medios hábiles de prolongar la agonía de Aziru, y todo el ejército se había reunido para gozar del espectáculo y se disputaban los mejores sitios, Horemheb no obraba así más que para proporcionar una diversión a sus soldados y amedrentar a toda Siria, a fin de que el ejemplo terrible desanimase a cualquiera ante la idea de una rebelión. Debo decirlo en honor de Horemheb, porque no era cruel por naturaleza, pero era soldado y la muerte no era más que un arma entre sus dedos. Y pensaba también que el pueblo respetaba más a un soberano duro y cruel y tomaba la dulzura por debilidad. Por eso se ensombreció y dejó el cuello del príncipe Shubbatú y vaciló delante de mí golpeándose el muslo con su fusta de oro. Y me dijo:
– Sinuhé, eres como una espina en mi flanco y comienzo a cansarme de ti, porque contrariamente a la gente razonable eres amargo y criticas con acidez a los que triunfan y alcanzan las riquezas y los honores, y en cambio, si alguien cae y se derrumba, eres el primero en arrullarlo y consolarlo. Sabes muy bien que he convocado de cerca y de lejos a los verdugos más hábiles, y la instalación de sus aparatos de tortura ha costado ya mucho. No puedo en el último momento privar a mis ratas de barro de su diversión, porque todos han soportado muchas penas y vertido su sangre por culpa de este Aziru.