El príncipe Shubbatú le dio una palmada en la espalda exclamando:
– Bien hablado, Horemheb. No vas a privarnos de nuestro placer, porque para que sea completo para ti también hemos evitado arrancarle las carnes, limitándonos a pellizcarlo tan sólo con tornos y tenazas.
Pero Horemheb se sintió ofendido por aquellas palabras halagüeñas para él y no le gustaba que lo molestasen. Por esto frunció el ceño y dijo:
– Estás borracho, Shubbatú, y no tengo otro objeto con Aziru que demostrar a todo el mundo la suerte que le espera a cualquiera suficientemente loco para fiarse de los hititas. Pero puesto que hemos pasado esta noche fraternizando y hemos vaciado buena cantidad de copas, voy a respetar a tu aliado Aziru y dispensarle una muerte fácil a causa de vuestra amistad.
Shubbatú se sintió vivamente afectado por estas palabras y su rostro se convulsionó y palideció, porque los hititas son muy susceptibles, pese a que todo el mundo sabe que traicionan y venden a sus aliados sin pensar en el honor, en cuanto éstos no les son ya útiles y pueden sacar algún provecho de su traición. Por otra parte, así es como obra todo el pueblo y todo soberano hábil, pero los hititas lo hacen más imprudentemente que los demás sin preocuparse de encontrar pretextos ni explicaciones. Y, sin embargo, Shubattú se enfadó, pero sus compañeros le pusieron la mano en la boca y se lo llevaron, y acabó calmándose después de haber vomitado el vino.
Pero Horemheb hizo traer a Aziru y quedó muy sorprendido, al verlo avanzar con la cabeza alta y orgulloso como un rey bajo su manto real. Bien alimentado por mí, Aziru caminaba con arrogancia y reía al dirigirse al lugar de la ejecución y gritaba burlas a los jefes egipcios y a los guardias. Su rostro relucía de grasa y su barba estaba rizada y por encima de la cabeza de los soldados interpeló a Horemheb.
– ¡Eh, Horemheb, egipcio grasiento, no tengas ya miedo de mí porque estoy encadenado y no tienes necesidad de esconderte detrás de las lanzas de los soldados! Acércate para que pueda secar el estiércol de mis pies en tu manto, porque no he visto en mi vida un campamento más asqueroso que el tuyo y quiero presentarme ante Baal con los pies limpios. Horemheb estuvo encantado de estas palabras y se rió en voz alta diciéndole:
– No puedo acercarme a ti porque tu pestilencia siria me da náuseas, pese a que hayas conseguido robar una manta para ocultar tu asqueroso cuerpo. Pero eres ciertamente un hombre valiente, Aziru, puesto que te ríes de la muerte. Por esto te concederé una muerte fácil, para aumentar mi gloria.
Mandó a sus soldados que escoltasen a Aziru e impidiesen a los soldados arrojarle barro y excrementos, y los guardias daban lanzazos a todos los que trataban de burlarse de Aziru. Llevaron también a la reina Keftiú y sus dos hijos, y Keftiú iba arreglada y pintada y los chiquillos caminaban orgullosamente como hijos de rey y el mayor llevaba al pequeño de la mano. Al verlos, Aziru palideció y dijo:
– Keftiú, mi Keftiú, mi yegua blanca, niña de mis ojos y amor mío. Estoy desconsolado de arrastrarte a la muerte, porque mi vida sería todavía deliciosa para ti.
Pero Keftiú le dijo:
– No te entristezcas por mí, ¡oh rey mío!, porque te sigo a gusto hacia el reino de los muertos. Eres mi marido y fuerte como un toro, y creo que nadie podría satisfacerme como tú. Te he separado de todas las demás mujeres uniéndote a mí. Por esto no me permitiría que fueses solo al reino de los muertos, sino que te acompaño para vigilarte e impedirte que te diviertas con otras mujeres, porque te esperan seguramente todas las bellas damas que han vivido antes que yo. En verdad, me estrangularía con mis cabellos para seguirte, ¡oh mi rey!, porque no soy más que una esclava y has hecho de mí una reina, y te he dado dos bellos chiquillos.
Aziru gozó con estas palabras y se hinchó de júbilo, y dijo a sus hijos: -Hijos míos, nacisteis hijos de rey. Morid como hijos de rey, a fin de que no tenga que sonrojarme de vosotros. Creedme, la muerte no es peor que la extracción de un diente. Sed valientes, hijos míos.
Y, habiendo pronunciado estas palabras, se arrodilló delante del verdugo y, volviéndose hacia Keftiú, le dijo:
– Estoy asqueado de ver a mi alrededor a todos estos egipcios pestilentes, y asqueado de ver sus lanzas ensangrentadas. Por esto ábreme tu pecho opulento, Keftiú, a fin de que vea tu belleza al morir y muera tan feliz como he vivido contigo.
Keftiú descubrió su opulento pecho, y el verdugo levantó su pesada espada y de un solo golpe le separó la cabeza del tronco. La cabeza rodó a los pies de Keftiú y la sangre salió del tronco y salpicó a los dos chiquillos y el pequeño comenzó a temblar. Pero Keftiú cogió la cabeza de Aziru y besó sus labios tumefactos y acarició sus mejillas laceradas y estrechó la cabeza contra su pecho diciendo a sus hijos:
– Daos prisa, hijos míos, seguid sin temor a vuestro padre, porque me impaciento también por seguirlo.
Y los dos chiquillos se arrodillaron gentilmente y el mayor seguía teniendo al pequeño de la mano, como para protegerlo, y el verdugo les cortó prontamente la cabeza. Después, habiendo apartado con el pie las cabezas cortadas, cortó también de un solo golpe el cuello blanco y graso de Keftiú, de modo que todos tuvieron una muerte fácil. Pero Horemheb hizo arrojar los cuerpos en una fosa para que sirvieran de pasto a los animales salvajes.
5
Así murió mi amigo Aziru sin tratar de corromper la muerte, y Horemheb hizo la paz con los hititas, sabiendo, sin embargo, tan bien como ellos que todo no era más que una tregua, porque Sidón, Simyra, Biblos y Kadesh seguían en poder de los hititas, que hicieron de esta última ciudad una plaza fuerte y una base en la Siria del Norte. Pero los dos bandos estaban cansados de la guerra y Horemheb era feliz de haber llegado a una paz con ellos, porque tenía que velar por sus intereses en Tebas, y tenía que pacificar también el país de Kush y los negros que se habían embriagado con su libertad y se negaban a pagar su tributo a Egipto.
Durante estos años el faraón Tutankhamon reinaba sobre Egipto, pese a que no fuese más que un muchacho preocupado tan sólo por su tumba, y el pueblo le atribuía, sin embargo, todos los males de la guerra y lo detestaba diciendo: «¿Qué podemos esperar de un faraón cuya esposa es de la sangre del falso faraón?» Y Ai no intentaba contradecir al pueblo, porque estas quejas redundaban en ventaja suya, y, al contrario, hacía propalar por el templo nuevas leyendas sobre la indiferencia de Tutankhamon y su codicia que le llevaba a acumular todos los tesoros de Egipto para su tumba. El faraón estableció también un impuesto especial para la edificación de su tumba, de manera que toda persona que hacía conservar eternamente su cuerpo debía pagar un impuesto al faraón. Pero fue Ai quien le sugirió esta idea, porque sabía que sembraría el descontento entre el pueblo.
Durante todo este tiempo estuve ausente de Tebas acompañando a las tropas que tanta necesidad tenían de mis cuidados, y conociendo las penas y la escasez, pero los hombres que llegaban de Tebas contaban que el faraón Tutankhamon era débil y enfermizo y que una enfermedad secreta lo devoraba. Decían que la guerra de Siria parecía minar sus fuerzas, porque cada vez que se enteraba de una victoria de Horemheb caía enfermo; pero si Horemheb sufría una derrota sanaba y abandonaba el lecho. Decían también que era algo como de hechicería y que todo el mundo podía comprobar que la salud del faraón dependía de la guerra de Siria.
Pero con el tiempo Ai se impacientaba más cada día y enviaba a Horemheb mensajeros diciendo: «¿No acabarás ya de pelear y darás la paz a Egipto, porque soy ya viejo y estoy cansado de esperar? Date prisa en sanar y trae la paz a fin de que reciba mi salario y me ocupe también del tuyo.»
Por todas estas razones no quedé en lo más mínimo sorprendido cuando, mientras remontábamos el río en los navíos de guerra empavesados, recibimos un mensaje diciéndonos que el faraón Tutankhamon había subido a la barca dorada de su padre Amón a fin de ganar el reino de Occidente. Por esto tuvimos que arriar las banderas y ennegrecernos el rostro con ceniza de hollín. Se decía que el faraón Tutankhamon había tenido un grave ataque de su enfermedad el mismo día en que le había llegado la noticia de la capitulación de Megiddo y de la firma de la paz. En cuanto a saber de qué enfermedad había muerto, los médicos de la Casa de la Muerte no estaban de acuerdo entre ellos y algunos pretendían que las entrañas del faraón estaban ennegrecidas por el veneno, pero el pueblo decía que había muerto de despecho al ver el final de la guerra, porque gozaba viendo sufrir a Egipto. Pero yo sabía que al poner su sello en el tratado de paz, Horemheb lo había matado tan seguramente como si le hubiese hundido un puñal en el corazón, porque Ai no esperaba más que la paz para desembarazarse de Tutankhamon y subir al trono como faraón de la paz.