Por esto tuvimos que ennegrecernos el rostro y arriar las banderas de victoria, y Horemheb, muy contrariado, tuvo que arrojar al río los cuerpos de los jefes hititas y sirios que había hecho colgar cabeza abajo en la popa del navío, a la manera de los grandes faraones de antaño. Y sus hombres, que llevaba a Tebas para que gozasen de su victoria, dejando a las ratas de fango que pacificasen la Siria y se engordasen con los despojos del país después de las miserias de la guerra, quedaron también muy decepcionados y maldijeron al faraón que seguía molestándolos.
Mataban el tiempo jugándose a los dados el botín que habían recogido en Siria y peleándose por las mujeres que llevaban para venderlas en Tebas después de haberse divertido con ellas. Se hacían heridas y chichones berreando obscenidades, con gran escándalo de la gente piadosa que estaba reunida en las riberas. Y estos hombres no tenían ya casi aspecto egipcio, porque muchos iban vestidos a la manera siria o hitita y utilizaban palabras sirias y blasfemaban en sirio y muchos se habían puesto a adorar a Baal en Siria. Yo no podía censurárselo, porque también yo había ofrecido a Baal de Amurrú un importante sacrificio de vino y carne en recuerdo de mi amigo Aziru, pero cuento esto para demostrar por qué el pueblo teme a esta gentuza aun enorgulleciéndose de sus victorias.
Por su parte, los soldados de Horemheb contemplaban con sorpresa aquel Egipto que no habían visto desde hacía varios años, porque ya no lo reconocían y yo también estaba sorprendido. Porque doquiera que bajásemos para pasar la noche, no veíamos más que luto, miseria y desesperación. Las ropas del pueblo eran grises a fuerza de haber sido lavadas y zurcidas, y los rostros estaban demacrados y resecos por falta de aceite; las miradas eran desconfiadas e inquietas y las espaldas de los pobres llevaban la marca de los bastonazos de los perceptores. Los edificios públicos estaban destartalados y las aves anidaban en los áticos de las casas de los jueces y las tejas caían de los tejados a la calle. Los caminos no habían sido cuidados desde hacía muchos años, y las paredes de los canales de irrigación se habían derrumbado.
Sólo los templos estaban florecientes y las paredes resplandecían de imágenes e inscripciones en oro y rojo, a la gloria de Amón, y los sacerdotes estaban gordos y sus cráneos relucían de aceite y ungüentos. Y mientras se hartaban de la carne de sus víctimas, el pueblo bebía agua del Nilo para regar su pan seco, y los hombres que un día fueron ricos y bebían vino en copas adornadas eran felices si cada luna podían procurarse una jarra de cerveza floja. Y en las riberas no resonaban ya las risas de las mujeres ni los gritos de alegría de los chiquillos, sino que las mujeres blandían en sus manos débiles las palas de lavar y los chiquillos rondaban por los caminos como animales asustados y maltratados, y hurgaban el suelo para encontrar las raíces de que se alimentaban. He aquí lo que la guerra había hecho en Egipto, porque la guerra se había llevado todo lo que había dejado Atón. Por esto la gente no tenía ya fuerzas para alegrarse del retorno de la paz y miraban con ansiedad los navíos de Horemheb que remontaban el río.
Pero las golondrinas volaban rápidas como flechas sobre el espejo del Nilo y en los cañaverales de las riberas los hipopótamos gruñían y los cocodrilos se hacían limpiar los dientes por los pájaros. Nosotros bebíamos agua del Nilo, que es la mejor del mundo y la más refrescante. Respirábamos el olor del barro y oíamos a los pájaros murmurar bajo el viento, y los ánades graznaban y Amón cruzaba el cielo rutilante en su barca de oro y nosotros sentíamos que llegábamos a nuestra patria.
Pero vino el día en que vimos las tres colinas de Tebas, y el techo del templo y las punta doradas de los obeliscos lanzaban rayos fulgurantes. Volvimos a ver las montañas de Occidente y la ciudad infinita de los difuntos, y el puerto con sus muelles y callejuelas del barrio de los pobres formadas por cabañas de tierra y los palacios de los nobles en el esplendor de las flores y el verdor de sus céspedes. Entonces respiramos profundamente, y los remeros, con un ardor creciente, hundieron sus remos en el agua, y los soldados de Horemheb comenzaron a cantar y gritar, olvidando el luto a que les obligaba la muerte del faraón.
Así fue como regresé a Tebas y decidí no salir de ella nunca más, porque mis ojos habían visto ya la maldad de los hombres y no podían contemplar ya nada nuevo bajo el cielo. Por esto decidí instalarme en Tebas y acabar mi vida en la pobreza de la mansión del barrio de los pobres, porque todos los regalos que mi arte me había procurado en Siria fueron consagrados a la ofrenda hecha por Aziru, porque no quería conservar estas riquezas. Porque a mi olfato estas riquezas apestaban a sangre y no me hubiera proporcionado ningún placer utilizarlas. Por esto le di a Aziru todo lo que había ganado en su país y regresé a Tebas.
Pero mi medida no estaba todavía llena, porque una misión me esperaba; una misión que me repugnaba y asustaba, pero a la que no podía negarme, y por esto tuve que abandonar Tebas al cabo de pocos días. Ai y Horemheb habían creído, en efecto, combinar hábilmente su intriga y realizar sus planes, y creían que el poder les pertenecía por fin, pero el poder estuvo a punto de escapárseles de improvisto y simplemente por el capricho de una mujer. Por esto debo hablar nuevamente de la reina Nefertiti y de la princesa Baketamon antes de terminar mi relato y conseguir la paz. Pero para esto tengo que comenzar un nuevo libro, que será el último, y explicaré cómo yo, que había sido creado para curar, fui llevado a asesinar.
LIBRO DECIMOQUINTO. HOREMHEB
1
En virtud de su acuerdo con Horemheb, Ai, el portador del cetro, estaba dispuesto a ceñir las coronas de los faraones a la muerte de Tutankhamon. Para llegar a sus fines hizo activar la ceremonia funeraria e interrumpió la construcción de la tumba, que resultó pequeña y estrecha en comparación con las tumbas de los grandes faraones, y se reservó una parte de los inmensos tesoros que Tutankhamon había destinado a acompañarlo en el reino de los difuntos. Pero el acuerdo lo obligaba también a obtener que Baketamon consintiese en ser la esposa de Horemheb a fin de que éste pudiese reclamar legalmente la corona a la muerte de Ai, pese a que hubiese nacido con los pies en el estiércol. Había combinado con los sacerdotes que la princesa se aparecería a Horemheb bajo los rasgos de la diosa Sekhmet, mientras el vencedor celebrase su triunfo en el templo, y que se entregaría a él allá mismo, a fin de que su alianza hallase una consagración divina y Horemheb quedase así divinizado. Esto es lo que Ai había convenido con los sacerdotes, pero la princesa Baketamon había tramado también cuidadosamente su propia intriga y sé que la reina Nefertiti la había inducido a ello, por odio hacia Horemheb y en la esperanza de llegar a ser, con Baketamon, la mujer más poderosa de Egipto si el plan triunfaba.