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Su proyecto era impío y atroz, y sólo la astucia de una mujer agriada puede imaginar un tal plan. Tan increíble era que estuvo a punto de triunfar. Sólo el descubrimiento de esta intriga me permitió comprender por qué los hititas habían accedido tan fácilmente a ofrecer la paz y ceder Megiddo y el país de Amurrú y hacer otras concesiones. Los hititas son, en efecto, gente astuta, y tenían en su carcaj una flecha cuya existencia Ai y Horemheb ignoraban. Su espíritu de conciliación hubiera debido despertar las sospechas de Horemheb, pero sus éxitos lo habían cegado y él mismo deseaba la paz a fin de consolidar su poder en Egipto y casarse con Baketamon, porque lo esperaba desde hacía años y la espera había exacerbado su pasión.

Después de la muerte de su marido y una vez hubo consentido en sacrificar a Amón, la reina Nefertiti no pudo soportar verse alejada del poder. A pesar de su edad se había conservado bella gracias a los constantes cuidados y a los cosméticos. Su belleza le atrajo numerosos nobles que vivían en la mansión dorada como zánganos inútiles alrededor de un faraón pueril. Por su inteligencia y su astucia ganó también la amistad y confianza de Baketamon, en quien transformó el orgullo innato en una llama devoradora que le consumía el cuerpo, hasta que llegó a ser una obsesión y una especie de locura. Estaba tan poseída de su sangre sagrada que no permitía ya a una persona ordinaria tocarla y ni siquiera rozar su sombra. Había conservado orgullosamente su virginidad, porque a su juicio no había en Egipto un solo hombre digno de ella. Había pasado ya de la edad normal del matrimonio y creo que su virginidad se le había subido a la cabeza y enfermaba su corazón, si bien un buen matrimonio la hubiera curado.

Nefertiti le hizo creer que había nacido para grandes hazañas y que debía salvar a Egipto de las manos de pretendientes de baja extracción. Le habló de la gran reina Hatshepsut, que pegaba una barba a su mentón y ceñía la cola de león y gobernaba a Egipto desde el trono de los faraones. Y la persuadió de que su belleza recordaba la de la ilustre reina.

También Nefertiti le hablaba mal de Horemheb, y Baketamon acabó experimentando en su orgullo virginal un verdadero horror físico hacia Horemheb, que era de baja extracción y mancillaría su sangre sagrada. Pero yo creo que en el fondo de su corazón había conservado, sin confesárselo, una cierta inclinación hacia aquel hombre bello y robusto a quien había visto un día llegar a la Corte.

Nefertiti no tuvo gran dificultad en convencer a Baketamon cuando los planes de Ai y Horemheb se precisaron durante la guerra de Siria. Y, por otra parte, es probable que Ai confiase sus proyectos a Nefertiti, que era su hija. Pero ella detestaba a su padre, que la había apartado del poder después de haberse servido de ella y la tenía encerrada en la mansión dorada, porque era la esposa del faraón maldito. Yo digo que la belleza y la inteligencia asociadas en una mujer cuyo corazón se ha endurecido con los años forma una combinación peligrosa, más peligrosa que los puñales desenvainados y las más cortantes hoces de los carros de combate. Esto es lo que demuestra la intriga urdida por Nefertiti y aprobada por Baketamon.

He aquí cómo fue descubierto este plan. Desde su llegada a Tebas, Horemheb, en el colmo de su impaciencia, comenzó a rondar por las habitaciones de Baketamon, a fin de poder verla y hablarle, pese a que ella se negase a recibirlo. Vio por azar a un emisario hitita que penetraba en las habitaciones de la princesa y se preguntó por qué Baketamon recibía un hitita y estaba tanto rato a solas con él. Por esto, por propia iniciativa y sin consultar a nadie, hizo detener al hitita, quien, en su arrogancia, profirió amenazas y habló de una forma como sólo puede hablar una persona muy segura de su poderío.

Entonces Horemheb le contó todo a Ai y penetraron por la fuerza en la habitación de Baketamon, después de haber matado a un esclavo que se oponía, y en la ceniza del brasero encontraron la correspondencia cambiada con los hititas. Después de haber leído estas tablillas de cera se quedaron aterrorizados y pusieron a Nefertiti y Baketamon bajo una estrecha vigilancia. La misma noche fueron a verme a mi casa, que Muti había hecho reparar con el dinero de Kaptah, y llegaron en una simple litera, con el rostro tapado. Muti los hizo entrar refunfuñando. Yo no dormía porque desde mi regreso de Siria sufría de insomnio. Me levanté, encendí la lámpara y recibí a mis visitantes, a quienes tomé por enfermos. Pero quedé muy sorprendido al reconocerlos y dije a Muti que nos trajese vino y se fuese a dormir, pero Horemheb estaba tan inquieto que quería matarla porque había visto su rostro. Jamás hasta entonces había visto a Horemheb tan asustado y esto me causó una gran alegría. Y por esto le dije:

– Te prohíbo que mates a Muti, y me parece que tienes el cerebro resquebrajado. Muti es una mujer vieja y dura de oído que ronca como un hipopótamo, como podrás oírlo. Bebe vino y no temas nada de la pobre vieja.

Pero Horemheb, con impaciencia, dijo:

– No he venido aquí a hablar de ronquidos, Sinuhé. Pero Egipto corre un peligro mortal y tú debes salvarlo.

Ai confirmó estas palabras diciendo:

– En verdad te digo que Egipto corre un peligro mortal, Sinuhé, y yo también, y para Egipto jamás el peligro ha sido tan grande. Por esto, en nuestro abandono, acudimos a ti.

Pero yo me eché a reír tendiendo mis manos vacías. Horemheb sacó entonces las tablillas de arcilla del rey Suhbbiluliuma y me las hizo leer, así como la copia de las respuestas de Baketamon. Terminada la lectura, no tuve ya ganas de reír, y el vino perdió su sabor en mi boca, porque he aquí lo que Baketamon había escrito a los hititas:

Soy la hija del faraón y por mis venas corre sangre sagrada y no hay en Egipto ningún hombre digno de mí. Me he enterado de que tienes numerosos hijos. Envía aquí a uno de ellos para que yo pueda romper una jarra con él, y tu hijo reinará a mi lado sobre el país de Kemi.

Esta carta era tan inconcebible que el prudente Suhbbiluliuma se había negado al principio a creer en ella y había mandado un emisario secreto para concretar más. Baketamon había confirmado su oferta asegurándole que los nobles egipcios estaban de su parte y que los sacerdotes de Amón estaban también de acuerdo. Convencido por esta carta, el rey se había apresurado a hacer la paz con Horemheb y se disponía a enviar a su hijo Shubbatú a Egipto.

Mientras yo leía estas misivas, Ai y Horemheb comenzaron a disputar y Horemheb dijo:

– Esta es mi recompensa de todo lo que he hecho por ti, y el premio de la guerra en que he batido a los hititas y soportado grandes penalidades. En verdad que hubiera hecho mejor en encargar a un perro ciego que velase por mis intereses en Egipto durante mi ausencia, y no eres más útil que una alcahueta a quien se paga aun antes de ver las nalgas de la muchacha. En verdad te digo, Ai, que eres el personaje más repugnante que conozco, y lamento profundamente haber tocado tu pata sucia en señal de acuerdo. No me queda otro remedio que hacer ocupar Tebas por mis soldados y ceñir las dos coronas.

Pero Ai dijo:

– Los sacerdotes no lo consentirán jamás y también ignoramos la extensión de la conspiración y el apoyo de que goza Baketamon entre el clero y la nobleza. No hay que preocuparse del pueblo, porque el pueblo es un buey al que se le pone un ronzal en el cuello y todo el mundo lo lleva adonde quiere. No, Horemheb, si Shubbatú llega a Tebas y rompe una jarra con Baketamon, nuestro poderío se derrumbará y no podremos resistir por las armas, porque sería una nueva guerra y Egipto no podría soportarla y sería el fin del mundo. En verdad he sido un perro ciego, pero jamás hubiera podido adivinar lo que se trataba, tan increíble es. Por esto, Sinuhé, debes ayudarnos.

– Por todos los dioses de Egipto -exclamé yo, sorprendido-. ¿Cómo podría yo ayudaros si no soy más que un médico incapaz de decidir a una mujer loca a amar a Horemheb?