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Me extiendo sobre este punto tan sólo para mostrar las inmensas dificultades de la empresa que me había sido confiada por Horemheb, pero ahora me limitaré a exponer mis actos: en Menfis completé mi provisión de medicamentos, porque un médico puede tener un veneno mortal que, en sus manos, se convierte en una medicina curativa. Proseguí rápidamente mi viaje hasta Tanis, donde tomé una silla de manos y la guarnición me dio una escolta de algunos carros de guerra y emprendí la gran ruta militar de Siria.

Horemheb había sido correctamente informado del viaje de Shubbatú, porque lo encontré con su séquito a tres días de Tanis, cerca de una fuente rodeada de muros. Viajaba en litera e iba acompañado de numerosos asnos que llevaban pesadas cargas y los regalos preciosos para la princesa Baketamon, y los carros pesados de guerra lo escoltaban, mientras los carros ligeros reconocían el camino, porque el rey había recomendado la prudencia, puesto que sabía que este viaje desagradaría profundamente a Horemheb.

Pero los hititas se mostraron sumamente corteses conmigo y con los oficiales de mi pequeña escolta, según la costumbre de mostrarse corteses y amables con la gente de quien podían obtener gratuitamente lo que no podían ganar por las armas. Nos acogieron en su campamento y ayudaron a los soldados egipcios a plantar nuestras tiendas y colocaron numerosos centinelas para protegernos, dijeron, contra los bandoleros y los leones, a fin de que pudiésemos dormir en paz. Pero al enterarse de que venía en nombre de la princesa Baketamon, Shubbatú me llamó en el acto movido por una impaciente curiosidad.

Así fue como lo ví en su tienda, y era joven y altivo, y sus ojos eran grandes y claros como el agua cuando no estaba ebrio como lo había estado en la tienda de Horemheb cerca de Megiddo. La alegría y la curiosidad animaban su rostro cetrino y su nariz era firme como el pico de un ave de rapiña y sus dientes relucían de blancura como los de las fieras. Le tendí una carta de la princesa, falsificada por Ai, y me incliné con las manos a la altura de las rodillas en signo de respeto. Me di cuenta con satisfacción de que iba vestido a la moda egipcia, pero que sus vestidos parecían incomodarlo. Y me dijo:

– Puesto que mi futura esposa se ha confiado a ti y eres médico real, no te ocultaré nada. Al casarme me ligo a mi esposa y su país será el mío y las costumbres egipcias serán las mías, y me he esforzado en acostumbrarme a las costumbres egipcias para no ser un extranjero al llegar a Tebas. Estoy impaciente por ver todas las maravillas de Egipto y conocer todos los dioses de Egipto, que serán de ahora en adelante los míos. Pero estoy impaciente sobre todo por ver a mi gran esposa real, porque voy a fundar con ella una nueva dinastía. Háblame de ella y dime su aspecto y su talla y la anchura de sus caderas como si fuese egipcio ya. Y no debes ocultarme nada de ella, ni siquiera lo que sea desagradable, y puedes tener confianza en mí como yo tengo confianza en ti.

Su confianza se mostraba teniendo a sus oficiales detrás de mí, con el arma en la mano, y guardias en la entrada de la tienda con las lanzas dirigidas hacia mi espalda. Pero yo fingí no darme cuenta y me incliné ante él, diciéndole:

– Mi dueña y señora, la princesa Baketamon, es una de las mujeres más bellas de Egipto. A causa de su sangre sacra ha conservado su virginidad, pese a que sea considerablemente mayor que tú, pero su belleza no tiene edad y su rostro es como la luna y sus ojos ovalados como el loto. Como médico puedo confiarte también que sus caderas son lo suficientemente anchas para dar a luz, pese a que sean delgadas, como ocurre en Egipto. Por esto me ha mandado a tu encuentro en el desierto para cerciorarme de que tu sangre real es digna de su sangre sagrada y que físicamente eres capaz de cumplir con los deberes que incumben a un esposo a fin de no decepcionarla, porque te espera con impaciencia.

Shubbatú arqueó el torso y dobló el brazo para hacer resaltar los músculos y me dijo:

– Mi brazo tiene el arco más duro y entre los muslos puedo ahogar un asno. Mi rostro no tiene defecto, como puedes verlo, y no recuerdo haber estado nunca enfermo.

Y yo le dije:

– Eres, cierramente, un muchacho joven e inexperimentado que no conoce las costumbres egipcias, porque parece que crees que una princesa es una mujer que se tiende con el brazo o un asno que se tritura entre las rodillas. Pero no es éste el caso, y debería darte algunas lecciones sobre las costumbres amorosas en Egipto a fin de que no tengas que sonrojarte delante de la princesa.

Estas palabras lo ofendieron, porque era orgulloso y se jactaba de su virilidad como todos los hititas. Sus jefes se echaron a reír, lo cual lo ofendió más todavía, de manera que palideció de cólera y apretó los dientes. Pero tenía empeño en mostrarse ante mí bajo un aspecto favorable, y con la mayor calma posible dijo:

– No soy ningún chiquillo inocente como me crees, sino que mi lanza ha atravesado ya muchos sacos de piel y no creo que tu princesa quede descontenta cuando le enseñe las costumbres hititas.

Y yo le dije entonces:

– No tengo inconveniente en creer en tu fuerza, pero te equivocas al afirmar que no has estado nunca enfermo, porque leo en tus ojos que no estás bien y que tu vientre no está sano.

Es probable que no haya hombre que no se encuentre enfermo si se le afirma con autoridad e insistencia que no se encuentra bien. Todo el mundo siente, en efecto, la necesidad de dejarse mimar, y los médicos de todos los tiempos lo saben y han sabido aprovecharlo para enriquecerse. Pero yo tenía, además, la suerte de saber que el agua de los manantiales del desierto contiene magnesio y que ocasiona diarreas a todos los que no están acostumbrados a ella. Por esto el príncipe quedó muy extrañado de mis palabras y dijo:

– Te equivocas, Sinuhé el egipcio, porque no me siento en absoluto enfermo, pese a que tengo que reconocer que mi vientre anda algo suelto y he tenido que agacharme varias veces durante la jornada. Eres, ciertamente, más hábil que mi médico, que no se ha dado cuenta de nada. -Se llevó la mano a la frente y a los ojos, y dijo-: Verdaderamente, los ojos me brillan, porque he mirado demasiado tiempo la arena roja del desierto, y mi frente arde y no estoy tan bien como quisiera.

Y yo le dije:

– Tú médico debería prepararte un remedio que te cure y te proporcione un sueño tranquilo. Las enfermedades gástricas del desierto son graves y he visto muchos soldados egipcios morir de ellas durante su marcha hacia Siria. Las causas de estas enfermedades se ignoran; unos dicen que provienen del viento apestado del desierto; otros pretenden que proceden del agua y algunos de la langosta. Pero no dudo de que mañana estarás restablecido para proseguir el viaje si tu médico te administra un buen remedio.

A mis palabras comenzó a reflexionar y entornó los ojos dirigiendo una mirada a sus jefes y diciéndome con aire infanticlass="underline"

– Dame tú mismo una buena medicina, Sinuhé, porque pareces conocer estas enfermedades mucho mejor que mi médico.

Pero yo no era tan tonto como se imaginaba y levanté los brazos en signo de protesta y dije:

– ¡Jamás me atrevería a darte una medicina, porque si empeorabas me acusarían inmediatamente! Tu médico te cuidará mejor que yo, porque conoce tu naturaleza y el remedio sencillo.

El sonrió y dijo:

– Tu consejo es bueno, porque quiero comer y beber contigo para que me hables de mi esposa real y de las costumbres egipcias, y no quiero verme obligado a correr a cada momento a agacharme detrás de la tienda.