Hizo llamar a su médico, que era un hitita malhumorado y receloso. Cuando comprobó que no quería rivalizar con él se suavizó y preparó una poción astringente que, bajo mis consejos, hizo muy fuerte. Yo tenía ya una idea.
Probó el brebaje y lo ofreció al príncipe.
Yo sabía que el príncipe no estaba enfermo, pero quería que su séquito lo creyese tal y deseaba que su diarrea cesase a fin de que el veneno que me proponía hacerle beber no saliese demasiado rápidamente. Antes de la comida que el príncipe encargó en mi honor, volví a mi tienda y me llené el estómago de aceite de oliva, lo cual es muy desagradable, pero, a pesar de las náuseas, lo bebí para salvar mi vida. Después tomé una jarrita de vino en el que había mezclado veneno y que había vuelto a precintar y que era tan pequeña que no contenía más que dos vasos de vino. Regresé a la tienda del príncipe y me senté y me entretuve contando, a pesar de mis náuseas, una serie de anécdotas divertidas sobre las costumbres egipcias, para divertir al príncipe y a sus jefes. Y Shubbatú se rió verdaderamente a gusto mostrando sus bellos dientes; y, dándome palmadas en la espalda, decía:
– Eres un compañero agradable, Sinuhé, pese a que seas egipcio, y te tomaré como médico real. En verdad que me muero de risa y olvido mis dolores de barriga mientras me cuentas las costumbres amorosas de los egipcios, que me parecen destinadas sobre todo a evitar tener hijos. Pero yo me propongo enseñarles las costumbre hititas y mis jefes tomarán el mando de las provincias en cuanto le haya dado a Baketamon lo que le pertenece, lo cual será un gran bien para el país. -Se golpeó las rodillas bebiendo vino, y riéndose, exclamó-: Quisiera que la princesa estuviese ya acostada sobre mi alfombrilla, porque tus relatos me han excitado mucho y quisiera hacerla gemir de placer. Por el Cielo sagrado y la Tierra madre, una vez el país de Khatti y Egipto no formen más que un imperio, ningún Estado podrá resistirnos y someteremos a los cuatro continentes. Pero será necesario primero infiltrar hierro a Egipto y meterle hierro en el corazón, a fin de que se convenza de que la muerte vale más que la vida. ¡Ojalá este momento venga pronto!
Bebió después de haber ofrecido una libación al Cielo y otra a la Tierra, y todos sus compañeros estaban ya un poco ebrios y mis historias alegres habían desvanecido sus sospechas. Y yo aproveché la ocasión para decir:
– No quiero ofenderte criticando tu vino, Shubbatú, pero no debes haber probado nunca el vino de Egipto, porque, si lo conocieses, todos los demás serían insípidos como el agua en tu boca. Perdóname, pues, si prefiero beber mi propio vino, porque sólo él me embriaga convenientemente. Lo llevo siempre conmigo a los festines de los extranjeros.
Sacudí la jarra y rompí el precinto en su presencia y llené mi copa fingiendo embriaguez; algunas gotas cayeron al suelo y bebí y al terminar dije:
– He aquí el verdadero vino de Menfis, el vino de las pirámides que se paga a precio de oro, fuerte, sabroso y embriagador, sin igual en el mundo.
El vino era verdaderamente fuerte y bueno, y yo había añadido mirra, de manera que toda la tienda quedó perfumada, pero en mi lengua reconocí el sabor de la muerte y la copa tembló en mi mano, pero los hititas lo atribuyeron a mi embriaguez. Shubbatú sintió aumentar su curiosidad y, tendiéndome la copa, dijo:
– No soy ya un extranjero para ti, puesto que mañana seré tu amo y señor. Déjame, pues, probar tu vino, a fin de que me cerciore de que es tan bueno como pretendes.
Pero yo estreché la jarra contra mi pecho y protesté, diciendo:
– No hay para dos ni tengo otra jarra aquí y quiero embriagarme esta noche, porque es un día de júbilo para todo Egipto, ya que es el día de la alianza eterna entre Egipto y el país de Khatti.
Y simulando embriaguez comencé a bramar como un asno abrazando mi jarra, y los hititas reventaban de risa y se golpeaban los muslos. Pero Shubbatú estaba acostumbrado a obtener todo lo que quería y me suplicó que le hiciese saborear mi vino, de manera que acabé por llenar su copa llorando y vacié la jarra. Y no lloraba en vano, porque temía lo que iba a ocurrir.
Pero Shubbatú, como si hubiese recelado un peligro, miró a su alrededor y, a la manera hitita, me tendió la copa, diciendo:
– Prueba mi copa, porque eres mi amigo y quiero testimoniarte mi favor. No se atrevía a demostrar su desconfianza llamando a su catador oficial.
Bebí un buen sorbo y él vació la copa y chasqueó la lengua y se recogió un momento, y después dijo:
– En verdad, tu vino es fuerte, Sinuhé, y se sube a la cabeza como el humo y me quema el estómago, pero deja en la boca un sabor amargo que quiero borrar con el vino de las montañas.
Llenó su copa con su vino y la aclaró, y yo sabía que el veneno no haría su efecto hasta la mañana siguiente, porque su vientre era duro y había bebido y comido copiosamente.
Bebí tanto como pude fingiendo embriaguez, y después, al cabo de media clepsidra, me hice acompañar a mi tienda y estrechaba contra mi pecho la jarrita que no quería dejar examinar. Una vez los hititas me hubieron dejado sobre mi lecho con toda clase de bromas y se hubieron retirado, me levanté y, metiéndome los dedos en la garganta, vomité el aceite protector y el veneno. Pero mi temor era tal que un sudor frío corría a lo largo de mis miembros y mis rodillas temblaban, y temía que el veneno hubiese comenzado a obrar. Por esto me hice un lavaje de estómago y tomé un contra veneno y acabé vomitando por miedo, sin necesidad de vomitivos. Tuve todavía fuerzas para lavar cuidadosamente la jarra y hacerla pedazos y enterrar éstos en la arena. Después me tendí en el lecho sin poder dormir, temblando de miedo, y en la oscuridad los ojos grandes de Shubbatú me miraban fijos. Porque era verdaderamente un hombre bello, y yo no podía olvidar su risa altiva y juvenil, ni sus dientes de un resplandor tan blanco.
3
El orgullo hitita vino en mi ayuda, porque al día siguiente Shubbatú, no sintiéndose bien, rehusó mostrarse e interrumpir el viaje para descansar. Subió a su litera a costa de un gran esfuerzo y consiguió disimular sus males. Así avanzamos durante toda la jornada y su médico le administró dos veces astringentes y calmantes que no hicieron sino aumentar sus dolores y reforzar la acción del veneno, porque una fuerte diarrea al alba quizá le hubiera salvado todavía la vida.
Pero por la tarde cayó en el coma y su mirada se extravió y sus mejillas se demacraron y palidecieron, de manera que su médico me llamó a consulta. Ante el estado del enfermo, no tuve que fingir la inquietud, porque todo mi cuerpo temblaba, en parte a causa del veneno que había absorbido. Declaré reconocer la enfermedad del desierto, cuyos primeros síntomas había discernido la víspera, pese a que no me quiso creer. La caravana se detuvo y cuidamos al príncipe en su litera dándole remedios y laxantes y colocando piedras calientes sobre su vientre, pero puse buen cuidado en dejar que el médico mezclase las drogas y las administrase él mismo al enfermo abriéndole a la fuerza los dientes. Pero yo sabía que iba a morir y no quería más que aliviarle la muerte, puesto que no podía hacer nada más por él.
A la caída de la tarde lo llevaron a su tienda y los hititas comenzaron a lamentarse y desgarrar sus vestiduras y a arrojar arena sobre sus cabellos y herirse con sus puñales, porque tenían miedo por sus vidas y sabían que el rey no les perdonaría la muerte de su hijo confiado a su custodia. Yo velaba al lado del príncipe junto con el médico hitita y veía aquel muchacho, ayer aún tan vigoroso, deslizarse lentamente hacia la muerte.
El médico hitita se rompía la cabeza para hallar la causa de aquella brusca enfermedad, pero los síntomas no diferían de los de una fuerte diarrea y nadie podía pensar en el veneno, puesto que yo había bebido en la misma copa que él. Así nadie sospechó de mí y puedo vanagloriarme de haber realizado hábilmente mi cometido para el mayor bien de Egipto, pero no sentía el menor orgullo de mi habilidad al ver morir al príncipe Shubbatú.