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Ai gozaba de su poderío y decía:

– Nadie es superior a mí en todo el país de Kemi, y poco importa que muera o viva, porque el faraón no muere jamás, sino que vive eternamente, y subiré a la barca dorada de mi padre Amón. Y me alegro de ello, porque no quisiera que Osiris pesase mi corazón en su balanza, y sus asesores, los justos babuinos, podrían presentar graves acusaciones contra mí y lanzar mi alma a las fauces del Devorador. Porque tengo ya años, y en la oscuridad mis actos se me aparecen a menudo. Felizmente, no tengo por qué temer la muerte, puesto que soy faraón.

Pero yo le respondí con tono irónico:

– Eres viejo ya y te creía más cuerdo. ¿Crees acaso en serio que el aceite pestilente de los sacerdotes te ha hecho inmortal? En verdad te digo que con corona o sin ella eres siempre el mismo hombre y la muerte no te respetará.

El comenzó a gemir, y con voz plañidera dijo:

– ¿ Es, pues, en vano que he cometido tan malas acciones y he sembrado la muerte a mi alrededor toda mi vida? No, seguramente te equivocas, Sinuhé, y los sacerdotes me salvarán de los abismos de los infiernos y mi cuerpo vivirá eternamente. Mi cuerpo es divino, puesto que soy faraón y nadie puede reprocharme nada, puesto que soy el faraón.

Así fue como su razón comenzó a naufragar y no obtuvo ya goce alguno de su poderío. Temiendo por su salud se privaba del vino y se alimentaba de pan seco y leche cocida. Su cuerpo estaba demasiado agotado para gozar de las mujeres. Poco a poco comenzó a temer un atentado y no osaba tocar los alimentos por temor a ser envenenado. Así sus maldades lo asediaban durante su vejez, y se volvió desconfiado y cruel y todo el mundo huía de él.

Pero el grano de cebada comenzaba a germinar en la princesa Baketamon, y en su cólera y su despecho trató de matar al hijo que llevaba en su seno, pero sin conseguirlo. Al término de su embarazo dio a luz a un niño después de grandes dolores, porque sus caderas eran estrechas, y le quitaron a su hijo para que no lo maltratase. Sobre este chiquillo se contaron muchas historias y hubo quien pretendió incluso que había nacido con cabeza de león, pero yo puedo asegurar que era un chiquillo normal a quien Horemheb hizo dar el nombre de Ramsés.

Horemheb estaba ahora haciendo la guerra en el país de Kush y sus carros causaban grandes estragos entre los negros, que no estaban acostumbrados a estos artefactos. Incendió sus poblados y sus cabañas y mandó mujeres y niños como esclavos de Egipto, pero alistó a los hombres e hizo de ellos excelentes soldados, puesto que no tenían ya mujeres ni hijos. Y así reclutó un nuevo ejército en previsión de otra guerra contra los hititas, porque los negros eran robustos y no temían a la muerte cuando habían bailado al son de sus tambores.

Horemheb mandó también a Egipto los rebaños tomados a los negros y pronto el trigo comenzó a brotar en el país de Kemi y los chiquillos no carecieron ya de leche ni los sacerdotes de carne para sus sacrificios. Pero tribus enteras abandonaron sus poblados del país de Kush para huir a las estepas más allá de las fronteras, en el país de las jirafas y los elefantes, de manera que el país de Kush permaneció desierto durante muchos años. Pero Egipto no sufrió con ello, porque desde los tiempos del faraón Akhenaton este país no había pagado su tributo, a pesar de que en las épocas de los grandes faraones hubiese sido la mejor fuente de riquezas de Egipto y más próspero que Siria.

Después de una campaña de dos años, Horemheb regresó a Tebas con un rico botín y distribuyó regalos y donativos entre la población, y Tebas festejó su triunfo durante diez días y diez noches y todo trabajo cesó en la ciudad, y los soldados ebrios rondaban por las calles balando como cabras y las mujeres de Tebas dieron a luz a muchos hijos de piel oscura. Horemheb tenía a su hijo en brazos y le enseñaba a andar y orgullosamente decía:

– Mira, Sinuhé, de mis flancos ha brotado una nueva dinastía y en las venas de mi hijo corre sangre real, pese a que yo haya nacido con mis pies en el estiércol.

Fue a ver a Ai, pero éste, presa de terror, cerró la puerta y amontonó delante de ella los muebles y su lecho, gritando:

– Vete, Horemheb, porque soy el faraón y sé que vienes a matarme para robarme las coronas.

Pero Horemheb se echó a reír y hundió la puerta de un puntapié y lo sacudió entre sus manos diciendo:

– No quiero matarte, viejo zorro, porque eres para mí algo más que un suegro y tu vida me es preciosa. Debes aguantar todavía el tiempo de otra guerra, Ai, pese a que la baba caiga de tus labios, a fin de que el pueblo tenga un faraón en quien descargar su cólera.

Horemheb llevó grandes regalos a su esposa Baketamon, arena aurífera en cestas trenzadas, pieles de león que había matado con las flechas, plumas de avestruz y monos vivos, pero ella se negó a mirar estos regalos y dijo:

– Eres quizá mi marido ante los hombres y te he dado un hijo. Pero esto debe bastarte, porque debes saber que si me tocas escupiré en tu lecho y te seré infiel como jamás una mujer ha sido infiel a su marido. Para cubrirte de oprobio me acostaré con los esclavos y los faquines y me divertiré en las plazas públicas de Tebas con los borriqueros. Porque apestas a sangre y tu sola presencia me causa náuseas.

Esta resistencia excitó todavía más la pasión de Horemheb, que vino a exponerme sus preocupaciones y contratiempos. Yo le aconsejé que ofreciese sus tributos a otras mujeres, pero él protestó con indignación, porque Baketamon era la única mujer a quien amaba y había deseado durante muchos años, absteniéndose incluso a menudo de divertirse con otras mujeres. Me pidió una droga para inspirar los deseos amorosos de Baketamon, pero yo me negué a ello. Entonces se dirigió a otros médicos y le dieron drogas peligrosas que hizo beber a Baketamon y pudo una vez aprovecharse de su sueño para gozar con ella. Pero cuando la abandonó, ella lo detestaba todavía más que antes y le dijo:

– Acuérdate de lo que te he dicho, ya estás advertido.

Pero Horemheb se marchó en breve a Siria a preparar la guerra contra los hititas y decía:

– En Kadesh es donde los grandes faraones han plantado los jalones de Egipto y no me detendré hasta que mis carros hayan penetrado en Kadesh en llamas.

Pero al darse cuenta de que el grano de cebada comenzaba de nuevo a germinar en ella, Baketamon se encerró en sus habitaciones para ocultar su vergüenza. Le entregaban los alimentos por un ventanillo de la puerta, y cuando el término se acercó tuvieron que vigilarla, porque temían que quisiera parir sola y desembarazarse de su hijo como las mujeres que depositan a sus hijos en cestos de mimbre en la corriente del Nilo. Pero no hizo nada de esto y, llamando a los médicos, soportó sonriendo los dolores del parto y dio a luz otro niño, al que dio el nombre de Sethos sin consultar a Horemheb. Detestaba tanto a este hijo suyo que le dio el nombre de Seth, porque decía había sido engendrado por este espíritu del mal.

En cuanto estuvo restablecida se hizo perfumar y pintar y vestir de lino real y se fue sola al mercado de pescado de Tebas. E interpelaba a los conductores de las recuas y a los faquines y pescadores y les decía:

– Soy la princesa Baketamon, la esposa de Horemheb, el ilustre capitán. Le he dado dos hijos, pero es un

hombre aburrido y perezoso que apesta a sangre y no siento goce ninguno con él. Venid, pues, a divertiros conmigo, porque me gustan vuestras manos callosas, vuestro sano olor de estiércol y el olor a pescado.

Pero los hombres tenían miedo de ella y se apartaban, y ella los perseguía para seducirlos y, mostrándoles su bello pecho, les decía:

– ¿No soy acaso suficientemente bella para vosotros? ¿Por qué vaciláis? Soy quizá vieja y fea, pero no os pido ningún regalo y sí sólo una piedra, una piedra cualquiera; pero cuanto mayor haya sido vuestro placer conmigo, más grande tiene que ser la piedra.