«¡Maldito sea mi saber, malditas sean mis manos, malditos sean mis ojos; pero, sobre todo, maldito sea mi corazón, que no me deja en paz y forma contra mí acusaciones! Traedme sin tardar la balanza de Osiris para pesar mi corazón pérfido y que los cuarenta babuinos juntos pronuncien su sentencia contra mí, porque tengo más confianza en ellos que en mi miserable corazón.»
Muti salió de la cocina y, mojando en el estanque una tela, me puso compresas frías sobre la frente. Me llenó de reproches, me acostó y me hizo beber pociones amargas que me calmaron. Estuve mucho tiempo enfermo y Muti me cuidó con abnegación, mientras yo deliraba hablándole de Osiris y su balanza y de Merit y de Thot. Muti me prohibió permanecer en el jardín con la cabeza descubierta bajo el sol, porque mis cabellos habían caído y mi calvicie me hacía propenso a las insolaciones. Pero yo me había sentado a la sombra del sicómoro para observar los peces que eran mis hermanos.
Una vez curado me volví más taciturno y melancólico que antes, pero hice las paces con mi corazón, que dejó de atormentarme. No hablé más de Merit ni de Thot, de quienes conservaba el recuerdo y sabía que habían tenido que perecer para que mi medida fuese colmada y me quedase solo, porque si hubiesen permanecido a mi lado hubiera estado satisfecho y contento. Pero yo estaba destinado a estar solo según la medida que me había sido atribuida y por esto la noche de mi nacimiento bajé solo en mi cesta por la corriente del río.
Un día abandoné mi casa disfrazado de pobre y no regresé a ella. Comencé a hacer de faquín en los muelles y mi espalda estaba cansada y dolorida. Fui al mercado a recoger las hortalizas podridas para alimentarme y me contraté en casa de los herreros para hacer funcionar el fuelle. Trabajé como un esclavo y un faquín. Y decía:
– No hay diferencia entre los hombres y todos nacemos desnudos. Y no se puede medir a los hombres por el color de su piel o el sonido de su lengua, ni por sus ropas o sus joyas, sino únicamente por su corazón. Por esto un hombre bueno es mejor que uno malo, y el derecho es mejor que la injusticia, y esto es todo lo que sé.
Pero la gente se reía diciendo:
– Estás loco, Sinuhé, al trabajar como esclavo cuando sabes leer y escribir. Has cometido ciertamente crímenes puesto que te escondes entre nosotros, y tus palabras apestan a Atón, cuyo nombre no debe ser pronunciado. Pero no te denunciaremos; permanecerás entre nosotros para divertirnos con tus ridículos discursos. Pero deja ya de compararnos a los sirios pestilentes o a los negros grasientos, porque al fin y al cabo somos egipcios y estamos orgullosos de nuestro color y nuestra lengua, de nuestro pasado y de nuestro porvenir.
Y yo les dije:
– No tenéis razón, porque mientras un hombre se glorifique a sí mismo y se considere mejor que los demás, las cuerdas y los bastonazos, las lanzas y los cuervos continuarán persiguiendo a la Humanidad. El hombre debe ser pesado según su corazón, y todos los corazones se valen porque todas las lágrimas están hechas con la misma agua salada, las de los negros y las de los de color pardo, las de los sirios y los negros, las del pobre y las del rico. Pero ellos se reían, golpeándose los muslos, y decían:
– En verdad estás loco y has vivido en un saco. Porque el hombre no puede vivir si no se considera superior a los demás, y no hay miserable que no se crea mejor que otro. Uno se jacta de la habilidad de sus dedos, otro de la anchura de sus espaldas, el ladrón de la habilidad de su astucia, el juez de su justicia, el avaro de su avaricia, el pródigo de su prodigalidad, la mujer de su virtud, la mujer de placer de su naturaleza generosa. Y nada regocija tanto al hombre como saberse superior a otro en lo que sea. Así, estamos encantados de sabernos más inteligentes que tú y más astutos, pese a que seamos unos pobres parias y unos esclavos y tú sepas leer y escribir.
Y yo dije:
– Y, sin embargo, la justicia vale más que la injusticia. Pero ellos contestaron con amargura:
– Si matamos a un patrono duro porque nos azota y nos roba la comida y mata de hambre a nuestras mujeres y nuestros hijos, cometemos una acción buena y justa, pero vienen los guardias y nos arrastran delante de los jueces y nos cortan las orejas y la nariz y nos cuelgan con la cabeza hacia abajo.
Me hicieron dar pescado frito por sus mujeres y bebí su cerveza, y dije:
– Un asesinato es el acto más vil que puede cometerse, sea cual sea el motivo.
Entonces se pusieron la mano delante de la boca y miraron a su alrededor y dijeron:
– No queremos matar a nadie, pero si quieres curar a los hombres de su maldad y mejorarlos, dirígete a los ricos y poderosos y a los jueces del faraón, porque en ellos encontrarás más maldad e injusticia que en nosotros. Pero no nos acuses si te cortan la nariz y las orejas o te mandan a las minas o te cuelgan con cabeza hacia abajo, porque tus palabras son peligrosas. Es cierto que Horemheb, nuestro gran capitán, te haría condenar a muerte en el acto si oyera lo que dices, porque nada es más honroso que matar a un enemigo en la guerra.
Seguí, sin embargo, sus consejos, y vestido como un pobre, con los pies descalzos, recorrí las calles de Tebas y hablé con los mercaderes que mezclaban arena a su harina, y a los molineros que ponían una mordaza a sus esclavos para impedirles comer trigo, y me dirigí también a los jueces que robaban la herencia de los huérfanos y dictaban sentencias inicuas para recibir grandes dádivas. Les hablaba a todos y les reprochaba sus actos y su maldad, y me escuchaban con profunda sorpresa, diciendo:
– ¿Quién es en el fondo este Sinuhé que habla con tanta osadía, pese a que vaya vestido como un esclavo? Seamos prudentes, porque debe de ser sin duda un espía del faraón, para osar expresarse con tanta franqueza.
Y por esto me escucharon y me invitaron a sus casas y me hicieron regalos, y los jueces me pidieron consejos y dictaron sentencias en favor de los pobres y en contra de los ricos, lo cual suscitó un vivo descontento, y en Tebas se decía:
– No puede uno fiarse ni de los jueces, porque son más pérfidos que los ladrones que juzgan.
Pero los nobles se burlaron de mí y me lanzaron sus perros y sus esclavos me echaron a bastonazos, de manera que mi vergüenza era grande y corrí por las calles de Tebas con mis vestiduras desgarradas y mis muslos ensangrentados. Los comerciantes y los jueces, al verme en aquel estado, perdieron toda confianza en mí y no creyeron ya mis palabras, sino que llamaron a los guardias para echarme, y me dijeron:
– Si vienes otra vez a lanzarnos acusaciones gratuitas te condenaremos como propagandista de falsos rumores y excitador del pueblo.
Así fue como regresé a mi hogar después de haber comprobado la vanidad de todos mis esfuerzos, porque mi muerte no hubiera sido útil a nadie. Y de nuevo me senté bajo el sicómoro y contemplé los peces mudos, cuyo aspecto me calmaba, mientras los asnos rebuznaban en la calle y los chiquillos jugaban a la guerra y se lanzaban excrementos de asno. Kaptah acudió a verme, porque finalmente se había aventurado a entrar en Tebas. Llegó majestuosamente en una litera llevada por doce esclavos negros, sentado sobre muelles almohadones, y un ungüento precioso bañaba su frente y corría por su rostro para evitarle oler la pestilencia del barrio de los pobres. Había engordado y un orfebre le había confeccionado un ojo de oro y pedrería del cual estaba muy orgulloso, pese a que algunas veces le molestase, y se lo quitó en cuanto estuvo sentado bajo mi sicómoro.
Lloró de júbilo al verme y me abrazó, y cuando se sentó en el taburete traído por Muti lo aplastó con su peso. Me contó que la guerra de Siria tocaba a su fin y que Horemheb había puesto sitio a Kadesh. Kaptah había acumulado una inmensa fortuna en Siria y comprado un gran palacio en el barrio de los nobles, y centenares de esclavos trabajaban para arreglarlo a su conveniencia, porque no quería ya ser dueño de una taberna del puerto. Y me dijo:
– En Tebas se habla muy mal de ti, dueño mío, y te acusan de excitar al pueblo contra Horemheb, y los nobles y los jueces están irritados contra ti, porque los acusas en falso. Te aconsejo que seas prudente, porque si sigues propalando estas versiones te enviarán a las minas. Es posible que no se atrevan a atacarte abiertamente porque eres amigo de Horemheb, pero puede ocurrir que peguen fuego a tu casa después de haberte dado muerte, si continúas excitando a los pobres contra los ricos. Cuéntame, pues, lo que te atormenta y te ha metido hormigas en el cerebro, a fin de que pueda ayudarte como conviene.