Daba también grandes banquetes a los que asistían encantados ricos y nobles, a pesar de que hubiese nacido esclavo y conservase modales vulgares, como por ejemplo, sonarse con los dedos y eructar ruidosamente. Pero era un anfitrión generoso y distribuía regalos preciosos entre sus huéspedes, y sus consejos en negocios eran juiciosos de manera que todos se aprovechaban de su amistad. Sus frases y sus relatos eran de una comicidad irresistible, y a menudo se disfrazaba de esclavo para divertir a sus invitados y contarles bromas a la manera de los esclavos charlatanes, porque era suficientemente rico para no temer ya alusiones desagradables a su pasado.Y me decía:
– ¡Oh dueño mío, Sinuhé! Cuando un hombre es muy rico no puede arruinarse y es más rico cada vez aunque no haga nada por ello. Pero mi fortuna procede de ti, Sinuhé, y por esto te reconozco como mi dueño, y no te faltará jamás nada mientras yo viva, aunque es mejor para ti no ser rico, porque no sabes aprovecharte de la riqueza y no harías más que provocar el escándalo y el desorden. En el fondo fue una suerte para ti dilapidar tu fortuna en tiempos del viejo faraón, pero yo velaré para que no carezcas nunca de lo necesario.
Protegía también a los artistas y lo esculpieron en la piedra, y su retrato era noble y distinguido, y tenía los miembros delgados y las mejillas altas; sus ojos parecía que viesen y estaba con una tablilla sobre las rodillas y un estilete en la mano, pese a que no supo nunca escribir, pues tenía escribas y contables. Estas estatuas divertían mucho a Kaptah, y los sacerdotes de Amón, a quienes había hecho grandes regalos a su regreso de Siria, colocaron una en el interior del templo.
Se hizo construir igualmente una vasta tumba en la necrópolis y los artistas cubrieron los muros de numerosas imágenes de Kaptah entregado a sus ocupaciones cotidianas, y tenía un aspecto elegante y noble, sin barriga, porque quería engañar a los dioses y llegar al reino de Occidente tal como hubiera querido ser y no tal como era. Con este objeto se hizo redactar un Libro de los Muertos que era el más artístico y complicado que había visto nunca y comprendía doce rollos de imágenes y escrituras, así como unas conjuraciones para aplacar los espíritus de los infiernos y dotar la balanza de Osiris de pesos trucados y sobornar a los cuarenta babuinos. Estimaba que la seguridad importa sobre todo, y respetaba a nuestro escarabajo más que a ningún dios.
Yo no envidiaba las riquezas de Kaptah ni su felicidad, como no envidiaba el placer y la satisfacción de mi vecino, y en vista de que la gente era feliz no quería ya quitarle las ilusiones. Porque a menudo la verdad es cruel y vale más matar un hombre que quitarle las ilusiones.
Pero las ilusiones no me dejaban ninguna paz y el trabajo no me contentaba, y, no obstante, durante muchos años traté y curé numerosos enfermos y realicé también algunas trepanaciones, y sólo tres enfermos murieron de ellas, de manera que mi reputación de trepanador se extendió muy lejos. Pero a pesar de todo no estaba satisfecho y Muti me comunicaba quizá su misantropía, de manera que refunfuñaba contra todo el mundo. Reprochaba a Kaptah sus excesos y a los pobres su pereza, y a los ricos sus riquezas y a los jueces su indiferencia, y no estando contento de nadie disputaba con todo el mundo. Pero nunca trataba bruscamente a los enfermos ni a los chiquillos, y los curaba causándoles el menor dolor posible, encargando a Muti distribuir pasteles de miel entre los chiquillos de la calle cuyos ojos me recordaban los ojos claros de Thot.
Y decían de mí:
– Este Sinuhé es malhumorado y gruñón y su bilis hierve sin cesar, de manera que no sabe gozar de la vida. Y sus malas acciones le persiguen, de manera que por la noche no puede dormir.
Pero yo también hablaba mal de Horemheb, de quien todas las acciones me parecían malas, y sobre todo criticaba a sus soldados, que mantenía a cargo de los graneros reales y llevaban una vida de vagancia, y se jactaban de sus hazañas en las hosterías y en las casas de placer y provocaban alborotos inquietando a las mujeres de las calles de Tebas. Porque Horemheb perdonaba a sus hombres todas sus fechorías y no les desposeía nunca de la razón. Si los pobres iban a él a quejarse de que habían violado a sus hijas, les decía que tendrían que sentirse orgullosos de que sus soldados engendrasen una raza fuerte en Egipto. Porque menospreciaba a las mujeres y no veía en ellas más que un instrumento de procreación.
Se me había puesto en guardia contra estas opiniones mías tan imprudentemente manifestadas, pero no renuncié a ellas porque no temía nada. Pero a la larga Horemheb se volvió desconfiado y susceptible, y un buen día sus guardias penetraron en mi casa y, echando a los enfermos, me llevaron ante su presencia. Era la primavera y la inundación se había retirado ya y las golondrinas volaban sobre el río con su vuelo rápido como una flecha. Horemheb había envejecido; su nuca se había curvado y su rostro era amarillo y los músculos se marcaban bajo la piel de su largo cuerpo delgado. Me miró a los ojos y me dijo:
– Sinuhé, te he hecho avisar ya muchas veces, pero no haces caso de mis advertencias y sigues diciendo a todo el mundo que el oficio de soldado es el más vil de todos y el más despreciable, y dices que vale más morir en el seno materno que llegar a ser soldado, y que a una mujer le bastan dos o tres hijos y que vale más criarlos bien que tener ocho o nueve y ser pobre. Has dicho también que todos los dioses son iguales y que los templos son lugares oscuros y que el dios del falso faraón era mejor que los otros. Y dices que el hombre no debe comprar a otro para tenerlo por esclavo, y pretendes que el que siembra y recoge la cosecha debería también poseer la tierra, incluso si pertenece al faraón. Y has osado decir que mi régimen no difiere del de los hititas y una serie de estupideces más que merecen tu envío a las minas. Pero he sido paciente contigo, Sinuhé, porque un día fuiste mi amigo y mientras vivió el sacerdote Ai tuve necesidad de ti porque eras mi único testigo contra él. Pero ahora ya no me eres necesario, sino al contrario, podrías perjudicarme a causa de todo lo que sabes. Si hubieses sido cuerdo y prudente, hubieras cerrado la boca y vivido tranquilamente, porque nada te hubiera faltado, pero en lugar de esto vomitas basura sobre mi cabeza y no quiero tolerarlo más.
Se excitaba hablando, golpeándose sus muslos delgados con la fusta, y fruncía el ceño al proseguir:
– En verdad eres como el piojo de la arena entre los dedos de mis pies o el abejorro sobre mis hombros, y en mi jardín no tolero matorrales estériles que no dan más que espinas venenosas. De nuevo es primavera en el país de Kemi, las golondrinas comienzan a hundirse en el fango, las palomas se arrullan y las acacias florecen. La primavera es una estación peligrosa porque suscita siempre perturbaciones y vanas palabras, y los jóvenes ven rojo y cogen piedras para lapidar a los guardias y han ensuciado ya mis imágenes en algunos templos. Por esto tengo que desterrarte de Egipto, Sinuhé, de manera que no volverás a ver más el país de Kemi; porque si te permitiese quedarte aquí, llegaría el día en que tendría que dar orden de ejecutarte, y no quiero verme obligado a ello porque eres mi amigo. Tus palabras insensatas podrían, en efecto, ser la chispa que enciende los cañaverales secos, y una vez encendidos arden con altísimas llamas. Por esto tus palabras son a veces más peligrosas que las lanzas, y quiero extirpar de Egipto tus palabras sediciosas como un buen jardinero arranca las malas hierbas, y comprendo a los hititas que empalaban a los hechiceros a lo largo de las rutas. No quiero que el país de Kemi siga siendo pasto de las llamas, ni a causa de los hombres, ni a causa de los dioses, y por esto te destierro, Sinuhé, porque ciertamente no has sido nunca egipcio, sino que eres un curioso bastardo cuyo cerebro no abriga más que pensamientos enfermizos.