Выбрать главу

– No está casada -dijo Horemheb con impaciencia-. Deja ya de hablar de fidelidad, de virtud y de vergüenza. No se digna siquiera mirarme, pese a que esté bajo sus ojos. No toca mi mano si se la tiendo para ayudarla a subir a la litera. Acaso me cree sucio porque el sol me ha bronceado. -¿Es, pues, una mujer noble?

– Es inútil hablar de ella. Es más bella que la luna y las estrellas; como ellas está alejada de mí. Me sería más fácil estrechar la luna entre mis brazos; por esto debo olvidarla. Por esto debo abandonar Tebas. Si no, moriré.

– ¿No habrás puesto tus ojos en la reina madre? -dije bromeando, porque quería hacerlo reír-. La creía vieja y regordeta, por lo menos para el gusto de un hombre joven.

– Tiene su sacerdote -dijo él con desprecio-. Creo que fornicaban ya en vida del rey.

Pero yo levanté rápidamente el brazo para interrumpirlo y dije: -Verdaderamente, has saciado tu sed en algún pozo envenenado desde tu llegada a Tebas.

– La que es objeto de mis ardores -dijo Horemheb- se pinta los labios y las mejillas con ocre rojo, sus ojos son ovalados y oscuros y nadie ha acariciado jamás sus miembros bajo el lino real. Se llama Baketamon y por sus venas corre sangre de los faraones. Ya conoces ahora mi locura, Sinuhé. Pero si hablas de ella a alguien, aun cuando sea a mí mismo, te mataré doquiera estés, pondré tu cabeza entre tus piernas y te arrojaré al río. Guárdate mucho de pronunciar jamás su nombre en mi presencia; si no, te mataré.

Me sentí presa de horror, porque era espantoso pensar que un villano hubiera osado levantar los ojos hasta la hija de un faraón y desearla en lo más hondo de su corazón. Por esto le dije:

– Ningún mortal puede levantar las manos sobre ella y si alguien se desposa con ella no puede ser más que su hermano, heredero del trono, para elevarla a su lado como esposa real. Es lo que ocurrirá, porque lo he leído en los ojos de la princesa junto al lecho de muerte de su padre, porque no miraba a nadie más que a su hermano. Yo lo temía, porque es una mujer cuyos miembros no calientan a nadie y en sus ojos ovalados se lee el vacío y la muerte. Por esto te digo: vete, Horemheb, amigo mío, porque Tebas no es para ti.

Pero con impaciencia me respondió:

– Todo esto lo sé tan bien o mejor que tú, de manera que tus palabras son como un zumbido de moscas en mis oídos. Pero volvamos a lo que decías hace poco de los diablos, porque mi corazón está vacío y una vez que he bebido quisiera que una mujer me sonriese. Pero debe ir vestida de lino real y llevar una peluca, debe pintarse los labios y las mejillas de ocre rojo y mi deseo no se despertará más que si sus ojos son ovalados como el arco de la luna en el cielo.

Sonreí y dije:

– Tus palabras son cuerdas, amigo. Examinemos juntos, si quieres, cómo debes comportarte. ¿Tienes oro?

Con jactancia respondió:

– No me importa pesar mi oro, porque el oro no es más que estiércol a mis pies. Pero tengo un collar y brazaletes. ¿Es suficiente?

– No es seguro. Es quizá más seguro que te limites a sonreír, porque las mujeres que visten lino real son caprichosas y tu sonrisa puede inflamar a una de ellas. ¿No existe alguna en el palacio? ¿Por qué ir a derrochar un oro del que puedes más tarde tener necesidad?

– No me importan las mujeres de palacio -respondió Horemheb-. Pero conozco otro remedio. Entre mis camaradas hay un tal Kefta, un cretense, a quien di un día de puntapiés porque se había burlado de mí y ahora me respeta. Me ha invitado a acompañarlo hoy a una fiesta en casa de unos nobles situada cerca del templo de un dios de cabeza de gato, cuyo nombre no recuerdo porque no pensaba, ir.

– Se trata de Bastet -dije yo-. Conozco el templo y es un lugar propicio a tus intenciones, porque las mujeres ligeras invocan a menudo a la diosa de cabeza de gato y le ofrecen sacrificios con el objeto de que les proporcione amantes ricos.

– Pero no iré si tú no me acompañas -dijo Horemheb, desconcertado-. Soy de bajo origen, sé dar puntapiés y latigazos, pero no sé cómo comportarme en Tebas ni, sobre todo, cómo tratar a las mujeres. Tú eres un hombre de mundo, Sinuhé, y has nacido en Tebas. Por esto debes ayudarme.

Yo había bebido vino y su confianza me halagaba, pero no quería confesarle que conocía a las mujeres tan poco como él. Pero había bebido tanto vino que mandé a Kaptah a buscar una litera y ajusté el precio de la carrera mientras Horemheb seguía bebiendo para darse ánimos. Los portadores nos depositaron cerca del templo de Bastet, y viendo antorchas y lámparas delante de la casa adonde íbamos, comenzaron a discutir el precio de la carrera hasta que Horemheb les administró unos cuantos latigazos que les impusieron silencio. Delante del templo algunas muchachas nos sonrieron pidiéndonos que sacrificásemos con ellas; pero no iban vestidas de lino real, llevaban el cabello natural y no quisimos saber nada de ellas.

Entramos; yo caminando delante, y nadie se extrañó de nuestra llegada; los servidores nos echaron agua sobre las manos, y el aroma de los platos calientes, de los ungüentos y de las flores llegaba hasta la cancela. Los esclavos nos adornaron con coronas de flores y penetramos en la sala porque el vino nos había hecho osados.

En cuanto entramos, no tuve ojos más que para una mujer que acudió a nuestro encuentro. Iba vestida con lino real, de manera que sus miembros aparecían a través de la tela como los de una diosa. Llevaba una gruesa peluca azul adornada con numerosas joyas coloradas, sus párpados estaban pintados de negro y verde bajo los ojos. Pero más verdes que todos los verdes eran sus pupilas, que eran como el Nilo bajo los ardores del sol estival, porque era Nefernefernefer, a quien había encontrado un día en el templo de Amón. No me reconoció; nos miró con curiosidad y dirigió una sonrisa a Horemheb, quien levantó el látigo para saludarla. Un muchacho joven, el cretense Kefta, vio también a Horemheb y acudió titubeante, lo abrazó y lo llamó amigo. Nadie me prestó atención, de manera que pude contemplar a placer a la hermana de mi corazón. Era de más edad de lo que pensaba y sus ojos no sonreían ya y eran duros como las piedras verdes. Sus ojos no sonreían, pero su boca sí, y ante todo miraba la cadena de oro que Horemheb llevaba al cuello. Pero, a pesar de todo, mis rodillas flaqueaban.

Los muros del salón estaban pintados por los mejores artistas y unas columnas abigarradas sostenían el techo. Había mujeres casadas y solteras y todas llevaban vestidos de lino real, pelucas y muchas joyas. Sonreían a los hombres que se agolpaban alrededor de ellas y eran jóvenes o viejos, bellos o feos, y tenían también joyas de oro y sus cabellos estaban recargados de piedras preciosas y oro. Gritaban o reían; copas y jarras llenaban el suelo; se caminaba sobre flores y los músicos sirios agitaban sus ruidosos instrumentos y apagaban el ruido de las palabras. Habían bebido mucho vino, porque una mujer se sintió indispuesta y el esclavo le tendió demasiado tarde la jofaina, de manera que se manchó el traje y todo el mundo se rió de ella.

Kefta, el cretense, me besó también llamándome su amigo y me manchó la cara con sus afeites. Pero Nefernefernefer me miró y dijo: -iSinuhé!… Conocí una vez a un Sinuhé que, como tú, quería ser médico.

– Yo soy este Sinuhé -dije, mirándola fijamente y temblando.