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– No, tú no eres el mismo Sinuhé -me replicó, haciendo un ademán con la mano para alejarme-. El Sinuhé que yo conocí era joven y sus ojos eran claros como los de la gacela. Pero tú eres un hombre, entre tus cejas pasan dos surcos y tu rostro no es tan liso como el suyo.

Le mostré la sortija con la piedra verde en mi dedo, pero ella movió la cabeza y dijo:

– He acogido a un bandido en mi casa, porque seguramente has matado a Sinuhé cuya vista alegraba mi corazón. Lo has matado y le has robado la sortija que me quité del pulgar para dársela en prenda de amistad. Le has robado incluso su nombre; el Sinuhé que me gustaba no existe ya.

Levantó el brazo para mostrarme su dolor. Entonces mi corazón se llenó de amargura y el dolor invadió mis miembros. Me quité la sortija y se la tendí diciéndole:

– Recobra tu sortija. Voy a marcharme; no quiero ser importuno. Pero ella dijo:

– No te marches. -Puso ligeramente su mano sobre mi hombro como la otra vez y repitió en voz baja-: No te marches.

En aquel instante supe que su seno me quemaría más que el fuego y que no podría ser nunca feliz sin ella. Pero los servidores nos trajeron vino y bebimos para reconfortar nuestros corazones, y jamás vino alguno fue tan delicioso a mi paladar.

La mujer que se había sentido indispuesta se enjuagó la boca y volvió a beber. Después se quitó el traje manchado y lo lanzó a lo lejos, y se quitó también la peluca, de manera que estaba desnuda, y apretándose los pechos con las manos mandó a los esclavos que vertiesen vino entre ellos de manera que todos pudiesen beber a gusto. Con el paso vacilante andaba de un lado a otro de la sala, riéndose en voz alta. Era joven, bella y ardiente, y deteniéndose delante de Horemheb le ofreció de beber entre sus pechos. Horemheb se inclinó y bebió, y cuando levantó la cabeza su rostro estaba congestionado; miró a la mujer a los ojos, cogió su cabeza entre sus manos y la besó. Todo el mundo se reía y la mujer también, pero de repente se enojó y pidió ropas limpias. Los servidores la vistieron, se puso la peluca y, sentándose al lado de Horemheb, no bebió más vino. Los músicos sirios seguían tocando; yo sentía en mis miembros y en mi sangre el ardor de Tebas y sabía que había visto el día en declive del mundo; nada me importaba ya con tal de poder sentarme al lado de la hermana de mi corazón y contemplar el verde de sus ojos y el rojo de sus labios.

Así fue como, a causa de Horemheb, volví a encontrar a Nefernefernefer, mi adorada; pero hubiera sido mejor para mí no volver a verla.

5

– ¿Es tuya esta casa? -le pregunté, mientras, sentada a mi lado, me examinaba con sus ojos duros y verdes.

– Es mía y estos invitados son mis huéspedes; todas las noches vienen porque no me gusta estar sola.

– Serás seguramente muy rica -dije yo, descorazonado porque temía no ser digno de ella.

Pero ella me sonrió como a un niño y contestó con las palabras de la leyenda:

– Soy una sacerdotisa y no una mujer despreciable. ¿Qué quieres de mí?

Pero yo no entendí qué quería decir con estas palabras.

– ¿Y Metufer? -pregunté, porque quería saberlo todo aun a riesgo de sufrir.

Me lanzó una mirada interrogadora y me miró frunciendo ligeramente sus cejas pintadas.

– ¿No sabes que murió? Robó los fondos que el faraón había confiado a su padre para construir templos, Metufer ha muerto y su padre no es ya arquitecto real. ¿No lo sabes?

– Sí, es verdad -dije yo, sonriendo-, casi creería que Amón lo ha castigado por haberse mofado de él.

Y le conté cómo él y el sacerdote habían escupido al rostro del dios y se ungieron con óleos sagrados. Ella sonrió también, pero sus ojos permanecían duros y fijos en la lejanía.

Bruscamente, dijo:

– ¿Por qué no fuiste a mi casa entonces, Sinuhé? Si me hubieses buscado me hubieras hallado. Hiciste mal en no haber ido a mi casa, en lugar de correr tras otras mujeres con mi sortija en el dedo.

– Era todavía un chiquillo y tenía miedo de ti. Pero en mis sueños eras mi hermana. Te burlarás de mí cuando te diga que no me he divertido todavía nunca con una mujer, porque esperaba volver a encontrarte un día.

Ella sonrió e hizo un ademán con la mano.

– Mientes con desfachatez -dijo-. Para ti soy una mujer vieja y fea y te diviertes mofándote de mí y engañándome.

Me miró y sus ojos me sonreían como en otros tiempos y a mis ojos se rejuvenecía como antaño, de manera que mi corazón se henchía de alegría.

– Es verdad que no he tocado nunca a ninguna mujer -dije-. Pero acaso no sea verdad no haberte esperado más que a ti porque quiero ser franco. Muchas mujeres han pasado cerca de mí, jóvenes y viejas, inteligentes y estúpidas, pero las he mirado sólo con los ojos del médico y mi corazón no se ha inflamado por ninguna de ellas. ¿Por qué? Lo ignoro. -Y añadí-: Me sería fácil decirte que es a causa de la piedra que me diste como prenda de amistad. Sin que yo lo supiese, acaso me has encantado al poner tus labios sobre los míos, porque tus labios eran dulces. Pero no es una explicación. Por esto podrías preguntarme millares de veces «¿Por qué?». Yo no sabría contestarte.

– Acaso de muchacho te caíste a horcajadas sobre el brazo de una litera y te volviste triste y solitario -dijo, bromeando y tocándome la mano con una dulzura que no había conocido en ninguna mujer.

No tuve necesidad de responder, porque sabía que había bromeado. Entonces retiró la mano y susurró:

– Bebamos juntos y alegremos nuestros corazones. Quizá me divertiré contigo, Sinuhé.

Bebimos más vino; los esclavos se llevaron a algunos invitados en sus literas y Horemheb pasó su brazo alrededor de su compañera llamándola hermana. La mujer sonreía, le cerró la boca con una mano y le dijo que no contase tonterías de las que se arrepentiría al día siguiente. Pero Horemheb se levantó y con un vaso en la mano gritó:

– De cualquier cosa que haga no me arrepentiré nunca, porque a partir de hoy quiero mirar solamente hacia delante y nunca hacia atrás. Lo juro por mi halcón y los mil dioses de los reinos cuyos nombres soy incapaz de enumerar, pero que pueden recoger mi juramento.

Se quitó el collar de oro y quiso pasarlo al cuello de su compañera, pero ésta rehusó.

– Soy una mujer respetable, y no una prostituta.

Se levantó irritada y salió, pero al llegar a la puerta le hizo un signo disimulado a Horemheb, que salió tras ella, y no volvimos a verlos en toda la noche.

Pero esta marcha pasó inadvertida, porque la velada estaba ya avanzada y los invitados hubieran debido marcharse ya. Sin embargo, continuaban bebiendo y tambaleándose y agitando los instrumentos que habían quitado a los músicos.

Se besaban llamándose hermanos y amigos y un instante después se golpeaban tratándose de cerdos y de castrados. Las mujeres se quitaban impúdicamente las pelucas y dejaban que los hombres les acariciasen los cráneos desnudos, porque desde que las mujeres ricas y nobles han empezado a afeitarse la cabeza no hay caricia tan excitante para el hombre. Algunos hombres se acercaron a Nefernefernefer, pero ella los rechazó con ambas manos, y yo les pisaba los dedos de los pies cuando insistían, sin fijarme en su rango ni condición, pues estaban todos borrachos.

Y yo no estaba embriagado de vino, sino de su presencia y del contacto de sus manos. Hizo, por fin, un signo y los esclavos apagaron las luces, se llevaron las mesas y los taburetes, recogieron las flores aplastadas y las coronas y se llevaron en las literas a los hombres que se habían dormido delante de su copa de vino. Entonces le dije:

– Tengo, indudablemente, que marcharme.

Pero cada una de estas palabras me quemaba como la sal vertida sobre una herida, porque no quería perderla y todo instante pasado lejos de ella habría de estar completamente vacío para mí.

– ¿Adónde quieres ir? -me preguntó con fingida sorpresa.