Flotaba sobre el agua delante de mí con la mano bajo la nuca y me dijo:
– Estás muy silencioso hoy, Sinuhé. Espero no haberte ofendido sin querer. Si puedo compensarte mi maldad, lo haré con gusto.
Entonces yo no pude resistir ya más.
– Sabes muy bien lo que quiero, Nefernefernefer.
– Tu rostro está colorado y tus arterias palpitan con fuerza, Sinuhé -dijo-. Deberías desnudarte y venir a refrescarte en el estanque conmigo, porque la jornada es verdaderamente calurosa. Aquí nadie nos ve; no tienes nada que temer.
Me desnudé y bajé a su lado, y bajo el agua mi costado tocó el suyo. Pero cuando quise tomarla se escapó riendo y me salpicó el rostro.
– Sé muy bien lo que quieres, Sinuhé, a pesar de que sea demasiado tímida para mirarte. Pero debes empezar por darme un regalo, porque ya sabes que no soy una mujer despreciable.
Yo me enojé y dije:
– Estás loca, Nefernefernefer, porque sabes muy bien que me has despojado de todo. Tengo ya vergüenza de mí y no me atreveré nunca más a mirar a mis padres. Pero soy todavía médico y mi nombre está incrito en el Libro de la Vida. Quizás un día ganaré lo suficiente para hacerte un regalo digno de ti, pero ten compasión de mí, porque incluso en el agua mi cuerpo arde bajo las llamas y me muerdo los dedos hasta hacer brotar la sangre al mirarte.
Ella comenzó a nadar sobre la espaldas balanceándose ligeramente y sus pechos salían del agua como dos flores rojas.
– Un médico ejerce su profesión con las manos y los ojos, ¿no es verdad, Sinuhé? Sin ojos y sin manos no serías ya médico, aunque tu nombre estuviese escrito mil veces en el Libro de la Vida. Quizá bebería y gozaría contigo hoy si me dejases reventarte los ojos y cortarte las manos a fin de que pudiese suspenderlas como trofeos en el dintel de mi puerta para que mis amigos me respetasen y supiesen que no soy una mujer despreciable. -Me miró por debajo de sus párpados pintados de verde y añadió-: Pero no, renuncio, porque no haría nada con tus ojos, y tus manos podrían atraer moscas. Pero, ¿no podríamos encontrar algo, Sinuhé, que pudieras darme? Me haces débil y siento impaciencia al verte desnudo en el estanque. Eres torpe e inexperimentado, pero creo que en el transcurso de una jornada podría enseñarte muchas cosas que ignoras todavía, porque conozco innumerables maneras que gustan a los hombres y pueden también hacer gozar a una mujer. Reflexiona un poco, Sinuhé.
Pero cuando traté de agarrarla se me escapó, salió del agua y se detuvo bajo un árbol chorreando agua.
– No soy más que una mujer débil y los hombres son traidores y pérfidos. Tú también lo eres, Sinuhé, puesto que sigues mintiendo. Mi corazón está triste y las lágrimas acuden a mis ojos, porque evidentemente estás cansado de mí. De lo contrario no me ocultarías que tus padres se han preparado una bella tumba en la Villa de los Muertos y que han depositado en el templo una suma suficiente para que sus cuerpos sean embalsamados y puedan soportar la muerte y el viaje hacia el país de poniente.
Al oír estas palabras me desgarré el pecho y la sangre brotó, y grité: -¡En verdad que eres Tabubué, estoy seguro de ello ahora!
Pero ella me contestó tranquilamente:
– No debes censurarme por no ser una mujer despreciable. No he sido yo quien te ha invitado a venir; has venido solo. Pero está bien. Ahora sé que no me amas ya y que vienes solamente para burlarte de mí, puesto que una bagatela como ésta es un obstáculo entre nosotros.
Las lágrimas corrieron por mis mejillas y suspiré de dolor, pero me acerqué a ella y apoyó ligeramente su cuerpo contra el mío.
– Esta idea es verdaderamente culpable e Impía -le dije-. ¿Debo acaso privar a mis padres de la vida eterna y dejar que sus cuerpos se disuelvan en la nada como los de los esclavos y los pobres y los de los criminales arrojados al río? ¿Es, pues, esto lo que exiges de mí?
Ella estrechó su cuerpo desnudo contra el mío, y dijo:
– Cédeme la tumba de tus padres y murmuraré a tu oído la palabra «hermano», y mi cuerpo estará para ti lleno de fuego delicioso y te enseñaré mil secretos que ignoras y que gustan a los hombres.
No pude contenerme y me eché a llorar al decir:
– Haré lo que me pides y que mi nombre sea maldito durante toda la eternidad. Pero no puedo resistirme, tan grande es la magia de tu fuerza sobre mí.
Pero ella dijo:
– No hables de magia en mi presencia porque es una ofensa para mí, ya que no soy una mujer despreciable, vivo en una casa mía y velo por mi reputación. Pero puesto que eres enojoso y pesado, voy a enviar a un esclavo a buscar un escriba y entretanto vamos a beber vino y comer, para que tu corazón se reconforte y podamos gozar juntos una vez esté firmada la cesión.
Se marchó riendo alegremente y corriendo.
Yo me vestí y la seguí y los servidores me vertieron agua sobre las manos y se inclinaron delante de mí, las manos a la altura de las rodillas. Me di perfecta cuenta de que a mi espalda se reían y se burlaban de mí, pero afecté comportarme como si sus mofas fuesen como un zumbido de moscas a mis oídos. Se callaron en cuanto reapareció Nefernefernefer y comimos y bebimos juntos, y había cinco especies de carne y doce especies de pasteles, y bebimos vino mezclado que se sube pronto a la cabeza. El escriba llegó y redactó los papeles necesarios por los cuales cedía a Nefernefernefer la tumba de mis padres en la Villa de los Muertos con todo el mobiliario y el dinero depositado en el templo, de manera que perdieron la vida eterna y la posiblidad de efectuar después de su muerte el viaje al país de Poniente. Puse el sello de mi padre sobre las actas y el escriba se las llevó a fin de depositarlas en seguida en los registros para que tuvieran fuerza de ley. Entregó a Nefernefernefer un recibo, que guardó distraídamente en un cofre negro, y ella le hizo un regalo, de manera que salió después de haberse inclinado delante de ella, llevándose las manos a la altura de las rodillas. En cuanto se hubo marchado, dije:
– Desde este momento estoy maldito ante los hombres y los dioses, Nefernefernefer. Demuéstrame ahora que mi acto merece su recompensa.
Cuando quise poseerla me rechazó y vertió vino en mi copa. Al cabo de un instante miró al sol y dijo:
– Ya sabes que debo ir a vestirme y arreglarme, porque una copa de oro me espera para que mañana pueda adornar con ella mi casa.
Cuando quise tocarla se me escapó y llamando en voz alta acudieron los esclavos. Y les dijo:
– ¿Quién ha dejado entrar a este inoportuno mendigo? ¡Arrojadlo a la calle y no le abráis nunca más la puerta, y si insiste dadle de bastonazos! Los esclavos me arrojaron a la calle, porque el vino y la cólera me habían restado todas las fuerzas, y me dieron de palos porque no quería alejarme de allí. Comencé a gritar y aullar y la gente se arremolinó, pero los esclavos les dijeron:
– Este beodo ha ofendido a nuestra señora, que vive en una casa suya y no es una mujer despreciable.
Nuevamente me dieron de palos y me abandonaron desvanecido en el arroyo, donde la gente escupía sobre mí mientras los perros se me orinaban encima.
Habiendo recobrado el conocimiento y dándome cuenta de mi triste situación, permanecí tendido en el suelo hasta el alba. La oscuridad me protegía y tenía la sensación de no poder abordar nunca más a un ser humano. El heredero del trono me había llamado «El que es solitario», y verdaderamente solitario era entre los hombres aquella noche. Pero al alba, cuando la gente comenzó a circular, cuando los mercaderes dispusieron sus escaparates y los bueyes pasaron arrastrando las carretas, salí de la villa y me oculté tres días y tres noches, sin comer ni beber, entre los cañaverales. Mi cuerpo y mi alma no eran más que una llaga y si alguien me hubiese dirigido la palabra hubiese aullado como un demente.