Uno de ellos se llamaba Ramose, era un hombre ya de edad, cuya tarea era la más delicada. El era quien soltaba y sacaba por la nariz el cerebro del cadáver para lavar después el cráneo con un aceite especial. Observó mi habilidad manual y se asombró; después decidió instruirme en su arte de manera que a la mitad de mi estancia en la Casa de la Muerte me tomó como ayudante, lo cual hizo mi existencia soportable. Mientras a mis ojos todos los embalsamadores eran unos brutos poseídos cuyos pensamientos y palabras no recordaban en nada los de los hombres que viven bajo el sol, Ramose, como animal, hacía pensar sobre todo en una tortuga que vive bajo su concha. Tenía la nuca curvada como la de la tortuga y su rostro y sus brazos estaban arrugados como la piel de este animal. Yo le ayudaba en su trabajo, que era el más limpio y considerado en la Casa, y su autoridad era tan grande que los demás no se atrevían ya a gastarme bromas ni lanzarme intestinos o excrementos. Pero no sé de dónde procedía esta autoridad, porque no levantaba nunca la voz.
Viendo cómo robaban los embalsamadores y cuán poco se preocupaban de la conservación de los cuerpos de los pobres, pese a que el precio fuese elevado, resolví ayudar a mis padres en la medida de lo posible y robar para asegurarles una vida eterna. Porque estimaba que mi pecado contra ellos era tan abominable que el robo no podía ensombrecerlo más. En su bondad, Ramose me enseñó cómo y cuánto podía robar a un cadáver de noble, porque no trataba más que a éstos y yo era su ayudante. Así pude retirar del aljibe común los cadáveres de mis padres y meterles cañas embadurnadas en pez en el vientre y rodearlos de .bandeletas, pero no pude ir más lejos, porque el robo tiene límites precisos que ni aun el propio Ramose podía traspasar.
Durante su lento y tranquilo trabajo en las cavernas de la Casa de la Muerte me dio, además, sabias enseñanzas. Con el tiempo, me atreví a hacerle preguntas y no se molestó. Mi nariz se había acostumbrado ya a la pestilencia de la Casa, porque el hombre se adapta fácilmente a todo y la cordura de Ramose disipó mi temor.
Le pregunté en primer lugar por qué los embalsamadores blasfemaban incesantemente y se peleaban por los cadáveres de las mujeres no pensando más que en su pasión carnal, cuando hubiera sido de creer que se hubiese ya calmado al vivir tantos años, día tras día, en compañía de la muerte. Ramose me dijo:
– Son hombres de baja extracción y su voluntad se revuelca por el fango de la misma manera que el cuerpo del hombre no es más que fango si se deja descomponer. Pero el fuego alienta una pasión por la vida, y esta pasión ha hecho nacer las bestias y los hombres y estoy seguro de que ha suscitado también los dioses. Por cuanto más cerca está el hombre de la muerte, más fuerte surge en él la llamada del fango si su voluntad vive en él, por esto la muerte calma al virtuoso, pero transforma al hombre vil en una bestia que, incluso atravesado por una flecha, vierte su simiente en la arena. Y el cuerpo de estos hombres ha sido atravesado por una flecha, de lo contrario no estarían aquí. No te asombres, pues, de su conducta, sino ten piedad de ellos. Porque no causan mal ni perjuicio al cadáver, puesto que el cadáver está frío y no siente nada, pero cada vez se hacen daño a sí mismos porque vuelven a caer en el fango.
Prudente y lentamente, metiendo unos cortos instrumentos en la nariz, rompía los débiles huesos del interior del cráneo de un noble y después, tomando unas largas pinzas flexibles, extraía el cerebro, que depositaba en una ánfora que contenía un aceite fuerte.
– ¿Por qué -le pregunté yo- hay que conservar eternamente el cuerpo, pese a que esté frío y no sienta nada?
Ramose me miró con sus diminutos ojos de tortuga, se secó las manos y bebió cerveza.
– Siempre se ha hecho y siempre se hará -dijo-. ¿Quién soy yo para explicarte una costumbre que se remonta al comienzo de los tiempos? Pero se dice que en la tumba, el Ka del hombre, que es su alma, recupera el cuerpo Y come el alimento que se le ofrece y goza de las flores que tiene delante de él. Pero el Ka consume muy poco, de manera que el ojo humano no puede darse cuenta. Por esto la misma ofrenda puede servir para varios, y la ofrenda al faraón pasa de su tumba a la de los nobles, y finalmente los sacerdotes la comen cuando viene la noche. Pero Ka, que es el espíritu del hombre, sale por la nariz en el momento de la muerte y nadie sabe hacia dónde vuela. Pero mucha gente ha atestiguado que es así. Entre Ka y el hombre no hay más diferencia que ésta: Ka no tiene sombra bajo la luz, mientras que el hombre sí. Por lo demás, son iguales. Esto es lo que se dice.
– Tus palabras son como un zumbido de moscas en mis oídos, Ramose, -le dije-. No soy ningún imbécil y no tienes que contarme leyendas que he leído hasta la saciedad. Pero ¿dónde está la verdad?
Ramose bebió de nuevo cerveza y contempló el cerebro, que en pequeños fragmentos flotaba sobre el aceite.
– Eres todavía demasiado joven y ardiente para hacer estas preguntas -dijo sonriendo-. Tu corazón está inflamado para que hables así. Mi corazón es viejo y está cicatrizado y no se atormenta ya por estas vanas cuestiones. En cuanto a saber si es útil o no para el hombre que su cuerpo se conserve eternamente, no podría decírtelo, y nadie, ni aun los sacerdotes, lo saben. Pero puesto que así se ha hecho y se hará en todos los tiempos, lo más cuerdo es respetar la costumbre, porque así no se causa ningún perjuicio. Lo que sé es que nadie ha vuelto todavía del país del Poniente para contar lo que en él ocurre. Algunos pretenden que los Ka de sus queridos difuntos vuelven a ellos en sueños para darles consejos, advertencias y enseñanzas, pero los sueños, sueños son y al alba no queda nada de ellos, se han disipado. Es verdad que una vez una mujer se despertó en la Casa de la Muerte y volvió a sus padres y marido y que vivió mucho tiempo todavía antes de volver a morir, pero es probable que no estuviese muerta y que alguien la hubiese hechizado para robar su cuerpo y dirigirla a su antojo como a veces ocurre. Esta mujer contó que había bajado al valle de los muertos, donde todo está oscuro, donde unos seres horribles la persiguieron, entre otros, unos babuinos que querían poseerla y unos monstruos de cabeza de cocodrilo que le mordían los senos y todo esto ha sido consignado por escrito en un documento que se conserva en el templo y que todos los que lo desean pueden leer pagando. Pero, ¿quién puede dar crédito a la narración de una mujer? En todo caso, la muerte surtió para ella el efecto de hacerla devota hasta el fin de sus días; iba cada día al templo, donde disipaba en ofrendas toda la fortuna de su marido, de manera que sus hijos quedaron arruinados y no tuvieron los medios de hacer embalsamar su cuerpo una vez estuvo realmente muerta. A cambio, el templo le dio una tumba e hizo conservar su cuerpo. Enseñan todavía esta tumba en la Villa de los Difuntos, como acaso sepas.
Pero a medida que me hablaba yo me confirmaba en mi resolución de hacer embalsamar los cuerpos de mis padres, porque creo que les debía esto, a pesar de que desde que estaba en la Casa de la Muerte ya no sabía si obtendría con ello algún provecho o no. Su única alegría y la única esperanza de sus últimos días había sido pensar que sus cuerpos se conservarían eternamente y yo tenía empeño en ver realizado su deseo. Por esto, con la ayuda de Ramose, los embalsamé y los envolví en bandeletas de tela, lo cual me obligó a pasar cuarenta días y cuarenta noches en la Casa de la Muerte, de lo contrario no hubiera tenido tiempo de robar lo suficiente para tratarlos dignamente. Pero no tenía tumba alguna que darles y ni siquiera un ataúd de madera. Por esto los cosí a los dos dentro de una piel de buey a fin de que viviesen eternamente juntos.