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Tales eran mis reflexiones cuando me di cuenta de que un ser viviente rondaba a mi alrededor, pero no pude de momento considerarlo un hombre, tal era su aspecto de fantasma de pesadilla. Un agujero ocupaba el sitio de su nariz; sus orejas estaban cortadas y su demacración era espantosa; mirándolo mejor vi que sus manos eran gruesas y nudosas y su cuerpo vigoroso y cubierto de equimosis producidas por los fardos y las cuerdas.

En cuanto se dio cuenta de que lo había visto me dirigió la palabra y dijo: -¿Qué llevas en tu puño cerrado?

Abrí la mano, le mostré el escarabajo sagrado del faraón que había encontrado en la arena, y me dijo:

– Dámelo para que me traiga suerte, porque tengo necesidad de ella. Pero yo le respondí:

– También yo soy pobre y no poseo más que este escarabajo. Quiero conservarlo como talismán para que me traiga suerte.

Y él dijo:

– Aunque sea pobre y miserable te daré por él una pieza de plata, y no obstante, es mucho para un trozo de piedra pintada. Pero tengo piedad de tu pobreza. Por esto te daré una pieza de plata.

Sacó una moneda de su cinturón, pero yo estaba firmemente decidido a guardar el escarabajo, porque de repente

me imaginé que iba a asegurarme el éxito, y así se lo dije al hombre. Pero éste respondió con cólera:

– Olvidas que hubiera podido asesinarte mientras dormías, porque te he observado largo tiempo y me preguntaba qué tendrías en tu mano crispada. He esperado tu despertar, pero ahora lamento no haberte dado muerte, puesto que eres tan ingrato.

Yo le contesté en estos términos:

– Por tu nariz y tus orejas veo que eres un criminal y que has huido de las minas. Si me hubieses matado durante mi sueño hubieras realizado una buena acción, porque estoy solo y no sé adónde dirigirme. Pero ten cuidado y huye, porque si los guardias te ven aquí te cogerán y colgarán de la pared cabeza abajo o te mandarán de nuevo a las minas de donde te has escapado.

Y él dijo:

– Podría matarte todavía ahora si quisiera, porque en mi miseria soy fuerte. Pero renuncio a hacerlo a cambio de una piedra porque estamos cerca de la Villa de los Difuntos y los guardianes podrían oír tus gritos. Guarda, pues, tu talismán: acaso tengas más necesidad de él que yo. Me pregunto también de dónde vienes, puesto que no sabes que no tengo ya nada que temer de los guardias, que soy libre y ya no esclavo. Podría irme a la villa, pero no quiero, porque los chiquillos tienen miedo de mi rostro.

– ¿Cómo puede ser libre un condenado a perpetuidad en las minas? Tu nariz y tus orejas cortadas te traicionan -le dije irónicamente, porque imaginaba que era jactancia.

– No me ofendo de tus palabras porque soy piadoso y temo a los dioses -dijo-. Por esto no te he matado durante tu sueño. Pero, ¿ignoras verdaderamente que, cuando su coronación, el príncipe heredero ha mandado romper todas las cadenas y liberar a los condenados a las minas y canteras de manera que a partir de entonces sólo trabajan en ellas los hombres libres a cambio de un salario?

Así fue como me enteré de que el nuevo faraón había subido al trono con el nombre de Amenhotep IV y que había liberado a todos los esclavos, de manera que las minas y las canteras de las riberas del mar oriental estaban tan desiertas como las del Sinaí. Porque nadie en Egipto estaba suficientemente loco para ir a trabajar voluntariamente en las minas. La gran esposa real era ahora la princesa de Mitanni, que jugaba con sus muñecas, y el faraón era un jovenzuelo que adoraba a un nuevo dios.

– Su dios es ciertamente un ser extraordinario -dijo el antiguo minero-, puesto que incita al faraón a estos actos insensatos. Porque los bandidos y los asesinos se pasean ahora en libertad por los dos reinos, las minas están desiertas y Egipto no se enriquece ya. Cierto es que soy inocente de todo delito y fui castigado injustamente, pero siempre fue y será así. Por esto es insensato liberar a centenares de miles de criminales a fin de rendir justicia a un inocente. Pero esto es asunto del faraón y no mío.

Mientras hablaba me miraba y me tocaba las manos y las ampollas de mi espalda. El olor de la Casa de la Muerte no le incomodaba y sentía probablemente piedad de mi juventud, porque me dijo:

– El sol te ha abrasado la piel. Tengo aceite. ¿Quieres que te unte? Me frotó la espalda y los brazos, pero al hacerlo iba murmurando y decía: -Por Amón, que no sé verdaderamente por qué te cuido, porque no sacaré de ello ningún provecho y nadie me cuidó cuando estaba apaleado y herido y maldecía a todos los dioses por la injusticia de que era víctima. Yo sabía que todos los esclavos y los condenados protestaban de su inocencia, pero aquel hombre había sido bueno para mí. Por esto quería demostrarle mi agradecimiento y estaba tan abandonado que temía verlo partir y quedarme solo con mi angustia. Por esto le dije:

– Cuéntame la injusticia de que fuiste víctima a fin de que pueda deplorarla contigo.

Y habló así:

– El dolor me fue arrancado del cuerpo a bastonazos durante el primer año en la mina. La cólera fue más resistente, porque fueron necesarios cinco años para librarme de ella y para que mi corazón fuese huérfano de todo sentimiento humano. Pero será mejor que te cuente toda mi historia para distraerte porque, frotando tus llagas, te he hecho seguramente daño. Debes saber, pues, que yo era un hombre libre que cultivaba la tierra y poseía una cabaña y bueyes, y una mujer y tenía cerveza en mi jarra. Pero tenía por vecino a un hombre poderoso llamado Anukis (¡que su cuerpo se pudra!). La vista no podía medir sus tierras y su ganado era numeroso como la arena. Y Mugía tan fuerte como la resaca del mar, pero a pesar de esto deseaba mis bienes. Por esto me buscaba querella, y después de cada crecida el mojón se acercaba a mi cabaña y yo iba perdiendo tierras. Yo no podía hacer nada, Porque los geómetras lo escuchaban y rechazaban mis quejas porque él les hacía buenos regalos. Obstruía así mis canales de irrigación y me impedía regar mis campos, de manera que mis bueyes sufrían sed, mis cereales se agostaban y mi jarra se vaciaba de cerveza. Pero cerraba la oreja a mis súplicas; en invierno vivía en Tebas en una bella mansión y en verano descansaba en sus vastos dominios y sus esclavos me apaleaban y excitaban a los perros si me atrevía a acercarme.

El hombre de la nariz cortada lanzó un profundo suspiro y de nuevo comenzó a untarme la espalda. Después reanudó su relato.

– Pero viviría todavía en mi cabaña si los dioses no me hubiesen dado una hija de una gran belleza. Tenía cinco hijos y tres hijas, porque el pobre se reproduce aprisa, y una vez mis hijos fueron mayores pudieron secundarme y darme grandes alegrías, pese a que un mercader sirio me robó uno. Pero la menor de mis hijas era muy bella, y yo, en mi locura, me alegraba de ella, de manera que no tenía necesidad de hacer grandes trabajos ni de tostarse la piel en los campos ni transportar agua. Hubiera obrado más cuerdamente cortándole el cabello y ennegreciéndole la piel, porque mi vecino Anukis la vio y la deseó, y desde entonces no tuve ya tranquilidad. Me citó en justicia y juró que mis bueyes habían hollado sus tierras, que mis hijos habían obstruido malvadamente sus canales de irrigación y que habían arrojado animales muertos a sus pozos. Juró también que le había pedido trigo prestado durante los años malos y sus esclavos certificaron la exactitud de sus quejas y el juez se negó a escucharme. Pero el vecino me hubiera dejado mis campos si le hubiese dado mi hija. No consentí en ello, porque esperaba que a causa de su belleza encontraría un marido conveniente que me sostendría durante los días de mi vejez y sería generoso conmigo. Finalmente, los esclavos de Anukis cayeron sobre mí y yo no tenía más que un bastón, pero uno de ellos recibió un golpe en la cabeza y murió. Entonces me cortaron la nariz y las orejas y me mandaron a las minas, y mi mujer y mis hijos fueron vendidos para pagar mis deudas, pero la pequeña le tocó a Anukis, quien después de haber abusado de ella, la cedió a sus esclavos. Por esto te digo que se cometió una injusticia conmigo mandándome a las minas. Ahora que al cabo de diez años el faraón me ha devuelto la libertad, he regresado en seguida a mi casa, pero la cabaña había sido derribada y un rebaño desconocido pace por mis tierras y mi hija no ha querido reconocerme y me ha lanzado agua caliente a las piernas. Me he enterado de que Anukis ha muerto y que su gran tumba está en la Villa de los Muertos de Tebas con una gran inscripción sobre la puerta. He venido a Tebas para alegrar mi corazón leyendo lo que dice la inscripción, pero no sé leer y nadie me lo ha leído.