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– Si quieres te lo leeré, porque sé leer -dije.

– Que tu cuerpo se conserve eternamente -dijo-, si me haces este servicio. Porque soy un pobre hombre que cree cuanto está escrito. Por esto quiero saber antes de morir lo que se ha escrito sobre Anukis.

Acabó de untarme el cuerpo y lavó mi pobre delantal en el río. Fuimos juntos a la Villa de los Muertos y los guardias no nos detuvieron. Después de haber caminado por entre las hileras de tumbas, llegó a una gran tumba delante de la cual habían depositado carne y muchos frutos, pasteles y flores. Una jarra de vino sellada estaba al lado de la puerta. El hombre de la nariz cortada se sirvió y me ofreció también comida; después me pidió que le leyese la inscripción.

– «Yo, Anukis, he cultivado el trigo y plantado árboles y mis cosechas eran abundantes, porque temía a los dioses y les ofrecía la quinta parte de mis cosechas. El Nilo me testimoniaba su favor y en mis dominios nadie conoció el hambre; mientras viví mis vecinos no conocieron el hambre tampoco, porque llevaba el agua a sus campos y les daba trigo los años de penuria. Secaba las lágrimas de los huérfanos y no despojaba a las viudas, sino que renunciaba a todos mis créditos sobre ellas, de manera que todos, de un extremo a otro del país, bendecían mi nombre. A quien había perdido un buey, yo, Anukis, le daba uno más bello. Me oponía al cambio fraudulento de los mojones y no impedía que el agua corriese por los campos de mis vecinos, porque fui justo y piadoso cada día de mi vida. He aquí todo lo que he hecho yo, Anukis, a fin de que los dioses me sean propicios y faciliten mi viaje hacia el país de Poniente.»

El hombre de la nariz cortada me había escuchado con atención y al final de la lectura lloraba amargamente. Después me dijo:

– Soy un pobre hombre y creo todo lo que está escrito. Veo, pues, que Anukis era un hombre piadoso y que se le honra después de muerto. Las generaciones futuras leerán la inscripción sobre su puerta y lo honrarán. Pero yo soy un criminal sin nariz ni orejas, de manera que todos ven mi infamia y cuando muera seré arrojado al río y no existiré ya más. ¿No es acaso todo vanidad en este bajo mundo?

Rompió el precinto de la jarra y bebió un buen trago. Un guardián se acercó a él amenazándole con su bastón, pero el hombre le dijo: Anukis me hizo mucho bien durante su vida. Por esto quiero honrar su memoria comiendo y bebiendo delante de su tumba. Pero si pones la mano sobre mí o sobre mi amigo, que es un hombre instruido, puesto que sabe leer las inscripciones, debes saber que somos numerosos en los cañaverales y tenemos cuchillos, de manera que vendremos por la noche a cortarte el cuello. Pero me apenaría, porque soy un hombre piadoso que cree en los dioses y no quiere hacer daño a nadie. Por esto creo mejor que nos dejes en Paz y hagas como si no nos vieses. Será mejor para ti.

Movía los ojos y estaba tan horrible en sus andrajos, de manera que el guardián juzgó prudente retirarse. Comimos y bebimos junto a la tumba de Anukis y el lugar de las ofrendas era fresco y umbrío. Después de haber bebido, el hombre de la nariz cortada habló:

– Ahora comprendo que hubiera tenido que ceder voluntariamente mi hija a Anukis. Acaso me hubiese dejado mis campos e incluso me hubiera hecho regalos, porque mi hija era bella e inocente y ahora no es más que una vieja estera usada por los esclavos. Ahora sé ya que en este mundo no hay otro derecho que el del rico y el fuerte y que el lamento del pobre no llega a los oídos del faraón.

Levantó la jarra riéndose ruidosamente y dijo:

– A tu salud, justo Anukis; que tu cuerpo se conserve eternamente, porque no tengo el menor deseo de seguirte hacia el país del Poniente, donde tú y tus semejantes lleváis una vida alegre con el permiso de los dioses. Pero a mi juicio sería equitativo que continuases tus bondades sobre la tierra y que compartieses conmigo las copas de oro y las joyas que hay en tu tumba. Por esto la noche próxima volveré a saludarte si la luna se oculta detrás de las nubes.

– ¿Qué dices, hombre? -exclamé, asustado, haciendo al mismo tiempo con la mano el signo sagrado de Amón-. No vas a comenzar a robar las tumbas, porque es el más infamante de todos los crímenes a los ojos de los dioses y de los hombres…

Pero bajo el efecto del vino respondió:

– Divagas con elocuencia, pero Anukis es mi deudor y yo no soy tan generoso como él; reclamo mi crédito. Si quieres impedírmelo te romperé la nuca; pero si eres razonable me ayudarás, porque cuatro ojos ven más que dos y juntos podremos llevarnos de la tumba el doble de lo que puede llevar un hombre solo.

– No tengo interés en que me cuelguen de las murallas cabeza abajo -dije con inquietud.

Pero, reflexionando, me dije que mi vergüenza no sería mayor si mis amigos me veían en esta postura, y la muerte en sí misma no me asustaba. Cuando hubimos apurado la jarra la rompimos y lanzamos los trozos a las tumbas vecinas. Los guardias no nos dijeron nada y nos volvieron la espalda, porque nos tenían miedo. Por la noche, los soldados venían a proteger las tumbas de la Villa de los Muertos, pero el nuevo faraón no les había hecho regalos como era la costumbre. Por esto murmuraban y encendían antorchas y penetraban en las tumbas fracturándolas para saquearlas después de haber bebido vino, porque había muchas jarras en los abrigos de las ofrendas. Nadie nos impidió forzar la tumba de Anukis, volcar el ataúd y llevarnos tantas copas de oro como pudimos coger. Al alba numerosos mercaderes sirios esperaban en la ribera, dispuestos a comprar los objetos robados y llevárselos en sus barcas. Les vendimos nuestro botín y nos dieron oro y plata por cerca de doscientos deben, que nos repartimos, según el peso marcado sobre el oro y la plata. Pero el precio que recibimos no era más que una ínfima fracción del valor real de los objetos, y el oro con que nos pagaron no era puro. El hombre de la nariz cortada estaba, sin embargo en el colmo de su júbilo y me dijo:

– Heme, pues, rico, porque, verdaderamente, este oficio es más lucrativo que el de descargador o portador de agua en los campos.

Pero yo le respondí:

– Tanto va el cántaro a la fuente que al final se quiebra.

Y así nos separamos y un mercader me llevó en su barca al otro lado del río y llegué a Tebas. Me compré ropas nuevas y comí y bebí en una taberna, porque mi cuerpo no olía ya a la Casa de la Muerte. Pero durante todo el día se oyó al otro lado del río toques de trompetas y ruido de armas. Los carros de guerra recorrían las avenidas y los guardias de corps del faraón atravesaban con sus lanzas a los soldados que habían saqueado las tumbas y a los mineros liberados, cuyos aullidos llegaban hasta la villa. Aquella noche el muro se cubrió de cuerpos cabeza abajo y el orden reinó en Tebas.

7

Después de una noche transcurrida en una posada me acerqué a mi antigua casa y llamé a Kaptah. Llegó cojeando y con una mejilla tumefacta, pero al verme, lloró de júbilo con su único ojo y se arrojó a mis pies diciendo:

– ¡Oh dueño mío, hete aquí cuando ya te creía muerto! Porque me decía que si vivieses hubieras vuelto a pedirme plata y cobre. Porque cuando se da una vez hay que darlo siempre. Pero no venías y, sin embargo, yo robaba para ti a mi nuevo dueño (¡que su cuerpo se descomponga!) tanto como podía, como puedes verlo por mi mejilla y mi pierna que han recibido de golpes. Su madre, este cocodrilo (¡que se disuelva en polvo!), ha amenazado con venderme y estoy muy asustado. Apresurémonos, pues, a huir los dos de esta casa maldita.