Vacilé y él comprendió los motivos, porque añadió:
– En verdad he robado tanto que durante algún tiempo podré mantenerte, ¡oh dueño mío!, y cuando el dinero llegue a su fin, trabajaré para ti, a condición de que me saques de las garras de este cocodrilo y del imbécil de su hijo.
– He venido a pagarte mi deuda, Kaptah -le dije, dándole oro y plata en cantidad mucho mayor de la que me había prestado-. Pero, si lo deseas, puedo comprarte a tu amo a fin de que puedas ir libremente adonde quieras.
Al sentir en su mano el peso del oro y la plata, Kaptah llegó al colmo de su júbilo y comenzó a bailar pese a que era viejo, olvidando su cojera. Después tuvo vergüenza de su conducta y dijo:
– En realidad he vertido amargas lágrimas después de haberte dado mi peculio, pero no me guardes rencor. Y si me comprabas para liberarme, ¿adónde iría yo, después de haber sido esclavo toda la vida? Sin ti, soy un gato ciego o un cordero abandonado por su madre. Y, además, es inútil malgastar todo este dinero para comprar lo que ya te pertenece.
– Guiñó maliciosamente su ojo único y dijo en tono astuto-: Esperándote, me he ido informando cada día de los barcos que salen. En este instante está aparejando un barco que inspira confianza y saldrá hacia Simyra, y creo que podríamos arriesgarnos, después de haber hecho una ofrenda suficiente a los dioses. La única contrariedad es que no he encontrado todavía un dios suficientemente poderoso para remplazar a Amón, de quien he renegado por haberme traído tantos sinsabores. Me he informado respecto a los diferentes dioses y he probado en seguida el nuevo dios del faraón, cuyo templo acaba de abrirse y al que va mucha gente para ganarse el favor del faraón. Pero se dice que el faraón afirma que su dios sólo vive de la verdad, y por eso temo que sea un dios muy complicado, lo cual no me sería útil.
Recordé el escarabajo que había encontrado y lo mostré a Kaptah diciendo:
– He aquí un dios muy poderoso aunque sea de pequeño tamaño. Consérvalo cuidadosamente, porque creo que nos traerá suerte, puesto que tengo ya oro en mi bolsa. Disfrázate de sirio y huye, si verdaderamente lo deseas, pero no me reproches nada si te cogen. Que este pequeño dios te ayude, porque, verdaderamente, es mejor economizar nuestro dinero para pagar nuestro pasaje hasta Simyra. En Tebas, en efecto, no me atrevo a mirar las gentes cara a cara, y tampoco en todo Egipto. Por esto quiero partir, puesto que tengo que vivir en alguna parte y no regresaré jamás a Tebas.
Pero Kaptah dijo:
– No hay que jurar nada, ¡oh dueño mío!, porque del mañana nadie sabe nada y quien ha bebido agua del Nilo no apagará su sed con otra agua. Pero, por lo demás, tu decisión es cuerda; mas harás mejor en llevarme contigo, porque sin mí eres como un niño que no sabe doblar sus pañales. No sé qué delito has cometido, pese a que tus ojos centellean cuando hablas de él, pero eres todavía joven y olvidarás. Un acto humano es como una piedra arrojada al mar. Cae con gran estrépito y agita el agua, pero al cabo de un instante la superficie está de nuevo lisa y no se ve ya rastro de la piedra. Lo mismo ocurre con la memoria. Con el tiempo, todo se olvida, y podrás regresar y espero que entonces serás suficientemente poderoso y rico para protegerme si por casualidad la lista de esclavos fugados me causare perjuicios.
– Parto mañana para no volver -dije resueltamente.
Pero en aquel momento Kaptah fue llamado por la voz aguda de su dueña. Fui a esperarlo a la esquina de la calle y no tardó en comparecer con un cesto y un fardo, haciendo sonar sus monedas de cobre en la mano.
– La madre de todos los cocodrilos me manda a hacer compras al mercado -dijo, encantado-. Naturalmente, como de costumbre, no me ha dado bastante dinero, pero será, de todos modos, una pequeña contribución a la caja del viaje, porque me parece que Simyra está lejos de aquí.
En la cesta estaba su traje y su peluca. Fuimos hasta la ribera y se cambió de ropa entre los cañaverales; yo le compré un bastón como suelen llevar los servidores de los grandes y los corredores. Después fuimos al muelle de Siria, donde encontramos un gran barco de tres palos con unos obenques de proa a popa gruesos como un hombre, y el pabellón de aparejar flotando en lo alto. El capitán era sirio y estuvo encantado en saber que yo era médico, porque respetaba la medicina egipcia y la mayoría de sus marineros estaban enfermos. El escarabajo nos había traído realmente suerte, porque el capitán nos inscribió en el registro del navío y no nos pidió nada por la travesía, pero teníamos que ganarnos la manutención. Desde aquel instante Kaptah honró al escarabajo como a un dios, lo ungió con aceite precioso y lo envolvió en una tela fina.
El barco se alejó del muelle, los esclavos se inclinaron sobre sus remos y después de un viaje de doce días llegamos a la frontera de los dos reinos. Al cabo de doce días más llegamos a un sitio donde el río se divide en dos para lanzarse al mar y dos días después el mar se abría ante nosotros. Durante el camino habíamos visto templos y palacios, campos y rebaños, pero la riqueza de Egipto no alegraba mi corazón, porque tenía prisa en abandonar el país de la tierra negra. Mas cuando el mar se extendió ante nosotros sin que se viese la ribera opuesta, Kaptah se sintió inquieto y me preguntó si no sería prudente desembarcar y llegar a Simyra por tierra a pesar de que este viaje fuese malo y peligroso a causa de los bandidos. Su inquietud aumentó todavía cuando los marineros y los remeros empezaron, según su costumbre, a gemir y hacerse cortes en la cara con guijarros afilados, pese a la prohibición del capitán, que no quería que la vista de la sangre asustase a sus numerosos pasajeros. El barco se llamaba El Delfín. El capitán hizo flagelar a los marineros y los esclavos, pero esto no disminuyó sus gemidos ni sus gritos, de manera que numerosos pasajeros comenzaron a lamentarse y a sacrificar a sus dioses. Los egipcios invocaron a Amón y los sirios se arrancaban la barba llamando a los Baal de Simyra, de Sidón, de Biblos y de otras villas, según su origen.
Por esto le dije a Kaptah que ofreciese un sacrificio a nuestro dios si tenía miedo, y sacando el escarabajo se postró delante de él y lanzó al agua una moneda de plata para calmar a las divinidades marinas, después de lo cual vertió lágrimas sobre el dios y por la moneda perdida. Los marineros dejaron de gritar e izaron las velas, el barco escoró y comenzó a bailar y los remeros recibieron cerveza y pan.
Pero en cuanto el barco comenzó a cabecear, Kaptah cambió de color, dejó de gritar y se agarró al obenque. Al cabo de un instante me dijo en voz baja con tono plañidero que el estómago le subía hasta las orejas y que iba a morir. No me dirigió ningún reproche por haberlo metido en aquella aventura, sino que me lo perdonó todo, a fin de que los dioses fuesen reconocidos y propicios, porque tenía la débil esperanza de que el agua del mar sería lo suficientemente salada para conservar su cuerpo, de manera que incluso ahogado podría verificar el último viaje al país del Poniente. Pero los marinos, que lo habían oído, se burlaron de él, diciéndole que el mar estaba atestado de monstruos que lo devorarían antes de que hubiese llegado al fondo.
El viento refrescó y el barco cabeceaba furiosamente. El capitán hizo rumbo a alta mar y perdimos de vista la costa. Yo empecé también a inquietarme un poco, porque me preguntaba cómo encontraríamos la costa. Y dejé de mofarme de Kaptah; sentía un vago vértigo y un profundo malestar. Al cabo de un momento Kaptah se desplomó sobre cubierta, su rostro se puso verde, vomitó y no dijo nada más. Entonces tuve miedo, y viendo que numerosos pasajeros vomitaban y se ponían verdes y creían rendir el alma, corrí hacia el capitán y le dije que visiblemente los dioses habían maldecido su navío, porque a pesar de toda mi ciencia médica se había declarado a bordo una terrible epidemia. Por esto le conjuré a que virase en redondo y volviese hacia la costa mientras era posible todavía, de lo contrario, como médico, no respondía de las consecuencias. Añadí que la tempestad que nos azotaba y sacudía el navío hasta hacer crujir las junturas era terrible, si bien no quería intervenir en cuestiones pertenecientes a su oficio. Pero el capitán me calmó y me dijo que navegábamos sencillamente bajo un vientecillo fresco excelente para navegar, propio para acelerar la travesía, de manera que no tenía que provocar a los dioses hablando de tempestades. En cuanto a la enfermedad que se había declarado a bordo provenía únicamente de que, habiendo pagado la comida, se habían hartado con exceso, cosa que causaba un perjuicio considerable a la Compañía siria dueña del navío. Por esto en Simyra seguramente la Compañía debió de ofrecer sacrificios a los dioses indicados para que los pasajeros vomitasen todo lo que habían comido y no agotasen como fieras la provisiones de a bordo.