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Esta contestación no acabó de convencerme y le pregunté si estaba seguro de encontrar la orilla ahora que la noche había cerrado. Me aseguró que su camarote encerraba una buena cantidad de divinidades que le ayudarían a encontrar la tierra tanto de día como de noche, con la sola condición de que las estrellas brillasen de noche y el sol de día. Pero era seguramente una mentira, porque no sé que existan dioses de esta naturaleza.

Por esto, a fin de burlarme un poco de él, le pregunté por qué yo no estaba enfermo como los demás pasajeros. Me dijo que era muy natural, porque me ganaba la manutención a bordo y no causaba perjuicio a la Compañía. En cuanto a Kaptah, dijo que los esclavos eran un caso particular; unos caían enfermos y otros no. Pero juró por su barba que todos los pasajeros estarían sanos como un macho cabrío en cuanto pusiesen pie a tierra en Simyra, de manera que no tenía que temer por mi reputación de médico. Pero viendo el estado lamentable de los pasajeros me costaba creerlo.

En cuanto a saber por qué yo no me sentía enfermo como los demás, lo ignoro, pero acaso fuese debido a que recién nacido me habían confiado a una cesta de cañas para bajar por el Nilo. No veo otra explicación. Traté de cuidar lo mejor posible a Kaptah, y los pasajeros, pero me lanzaban improperios en cuanto los tocaba, y Kaptah, cuando le ofrecí algo de comida para fortificarlo, volvió la cabeza y soltó unos ruidos extravagantes como un hipopótamo que estuviese aliviando su vientre, a pesar de que no tenía nada que evacuar. Jamás hasta entonces Kaptah había rechazado un plato; por esto empecé a creer realmente que iba a morir, y estaba muy afligido porque me había acostumbrado ya a sus vanas divagaciones.

Vino la noche y acabé durmiéndome, pese a que el chasquido de las velas y el estruendo de las olas contra los flancos del navío eran terribles. Pasaron varios días y no murió ningún pasajero; algunos se restablecieron incluso y volvieron a comer y pasearse por cubierta. Kaptah seguía echado sin probar comida, pero daba signos de vida implorando la ayuda de nuestro escarabajo, lo cual me hizo pensar que, a pesar de todo, pensaba llegar vivo a puerto.

El séptimo día apareció la costa y el capitán me dijo que había navegado a lo lejos de Joppe y de Tiro directamente hacia Simyra gracias al viento favorable. Pero ignoro cómo lo sabía. En todo caso, Simyra apareció al día siguiente y el capitán hizo ofrendas a los dioses del mar y de su camarote. Se arriaron las velas; los remeros metieron sus remos en el agua y el navío hizo su entrada en el puerto.

En cuanto estuvimos en agua mansa, Kaptah se levantó y juró por el escarabajo que nunca más volvería a poner el pie en un navío.

LIBRO QUINTO.LOS KHABIRI

1

Voy a hablar de las villas que en Siria he visitado, pero ante todo hay que hacer constar que en las tierras rojas ocurre lo contrario que en las negras. Así ocurre que no hay río, pero el agua cae del cielo y riega la tierra. Al lado de cada valle se levanta una montaña detrás de la cual hay otro valle, y en cada valle vive un pueblo diferente que tiene un príncipe independiente que paga un tributo al faraón. Hablan lenguas y dialectos diferentes y los habitantes del litoral viven del mar, ya como pescadores, ya como navegantes, pero en el interior la población cultiva los campos y se entrega a una serie de robos que las guarniciones egipcias son impotentes para evitar. Las vestiduras que llevan son abigarradas y hábilmente tejidas en lana, y se cubren el cuerpo de pies a cabeza, probablemente porque su País es más frío que Egipto, pero también porque juzgan impúdico descubrir su cuerpo, salvo para hacer sus necesidades al aire libre, lo cual es un horror para un egipcio. Llevan barba y el cabello largo y toman siempre sus comidas en el interior de las casas; sus dioses, que difieren en cada villa, exigen también sacrificios humanos. Estas palabras bastan para hacer comprender que en los países rojos todo es diferente de los países negros, pero no sabría dar una explicación satisfactoria.

Así todo el mundo comprenderá que los nobles egipcios enviados en aquellas épocas a las villas de Siria para recaudar el tributo del faraón y mandar las guarniciones, considerasen su misión más como un castigo que como un honor y que echasen de menos las riberas del río, salvo algunos que se afeminaban y, seducidos por la novedad, cambiaban de vestiduras y de mentalidad y sacrificaban a los dioses extranjeros. Las costumbres extravagantes de Siria, sus continuas intrigas y sus demoras en el pago del tributo, así como las querellas entre los príncipes, causaban muchas preocupaciones a los funcionarios egipcios. Había, sin embargo, en Simyra un templo de Amón y la colonia egipcia daba festines y vivía sin mezclarse con la población siria, conservando sus propias costumbres y tratando de imaginarse de la mejor manera posible estar en Egipto. Pasé dos años en Siria y aprendí la lengua y la escritura de Babilonia, porque me habían dicho que el hombre que las conocía podía viajar por todo el mundo conocido y hacerse comprender por la gente de cultura. El babilonio se escribe sobre una tablilla de arcilla con un punzón, como todo el mundo sabe, y así es como los reyes se escriben entre ellos. Pero no podría decir por qué, a menos que sea porque el papiro se puede quemar, mientras las tablillas se conservan indefinidamente y pueden probar con cuánta rapidez los reyes y los soberanos olvidan sus alianzas y sus tratados secretos.

Al decir que en Siria todo ocurre de forma distinta que en Egipto, entiendo también que el médico debe ir él mismo en busca del enfermo y que éstos no llaman al médico, sino que toman el que va a su casa, porque imaginan que ha sido llamado por los dioses. Dan el regalo al médico antes y no después de la curación, lo cual es favorable a los médicos, porque un enfermo curado olvida el reconocimiento. Es también costumbre que los nobles y los ricos tengan un médico titular a quien hacen regalos mientras gozan de buena salud, pero una vez enfermos no le dan nada hasta que están curados.

Yo me proponía empezar a practicar tranquilamente mi arte en Simyra, pero Kaptah me dijo: «No.» Su idea era que debía gastar todo mi dinero en comprar ropas suntuosas y retribuir a los heraldos encargados de cantar mis cualidades por los lugares donde se reunía la gente. Estos hombres debían decir también que yo no iba a buscar a los enfermos, sino que éstos debían acudir a mi casa, y Kaptah no me permitía recibir a ningún cliente que no hubiese pagado por lo menos una pieza de oro. Yo le dije que aquello era insensato en una ciudad donde nadie me conocía y cuyas costumbres eran diferentes de las de la tierra sagrada, pero Kaptah se mantuvo firme y tuve que inclinarme, porque cuando se le metía una idea en la cabeza era terco como una mula.