– Príncipe Aziru, rey de Amurrú y amigo mío: cierto es que esta mujer es dulce a mi corazón y la llamo mi hermana, pero tu amistad me es más preciosa que todo y por esto te la doy en prenda de amistad; no te la vendo, es un regalo, y te ruego que la trates bien y hagas todo lo que reclame el gato montés de tu cuerpo, porque, si no me equivoco, su corazón se ha vuelto hacia ti y estará encantada de cuanto hagas, porque su cuerpo encierra también más de un animal salvaje.
Aziru lanzó un grito de júbilo y dijo:
– Verdaderamente, Sinuhé, pese a que seas egipcio y todo el mal venga de Egipto, seré siempre más tu amigo y tu hermano, y tu nombre será bendecido en todo el país de Amurrú, y cuando acudas a verme estarás sentado a mi derecha con mis nobles y mis demás huéspedes, aun cuando sean reyes; yo te lo juro.
Habiendo dicho estas palabras sonrió mostrando el oro de su boca y miró a Keftiú, que había olvidado sus lágrimas, y se puso serio. Sus ojos brillaron como ascuas y la tomó en sus brazos, haciendo temblar los dos melones, y la echó sobre su litera sin parecer incomodado por su peso. Así fue como se llevó a Keftiú, y no lo vi más durante tres días, ni nadie lo vio por la villa, pues se había encerrado en su hostería. Pero Kaptah y yo estábamos encantados de habernos desembarazado de tan molesta persona. Mi esclavo me reprochó, sin embargo, no haber exigido un regalo, puesto que Aziru me hubiera dado cuanto le hubiese pedido, pero yo le dije:
– Dándole esta esclava me he conquistado la amistad de Aziru. Del mañana nada es seguro. Aunque el país de Amurrú sea pequeño y no produzca más que asnos y corderos, la amistad de un rey es quizá más importante que el oro.
Kaptah movió la cabeza, pero ungió de mirra el escarabajo y le ofreció excrementos frescos para darle las gracias por habernos desembarazado de Keftiú.
Antes de regresar a su país, Aziru fue a verme e, inclinándose hasta el suelo delante de mí, dijo:
– No te ofrezco regalos, Sinuhé, porque me has dado un presente que no puede compensarse con regalos. Esta esclava es todavía más maravillosa de loque yo creía y sus ojos son como pozos sin fondo y jamás me cansaré de ella, pese a que me haya sacado ya toda la simiente como se prensa una oliva para extraer aceite. Para hablarte francamente, mi país no es muy rico y no puedo procurarme oro más que imponiendo un tributo a los mercaderes
que atraviesan mis tierras y guerreando contra mis vecinos, pero entonces los egipcios son como moscardones en torno mío y el daño es a menudo superior al provecho. Por esto no puedo darte oro ni los regalos que merecerías, y estoy enojado contra Egipto, que ha aniquilado la antigua libertad de mi país; de manera que no puedo guerrear a mi antojo ni desvalijar a los mercaderes según la antigua costumbre de mi padre. Pero te prometo que si alguna vez acudes a mí para pedirme cualquier cosa, te la daré si está en mi mano, a condición de que no sea esta esclava ni caballos, porque tengo muy pocos y los necesito para mis carros de guerra. Pero pídeme otra cosa y te la daré si está en mi poder. Y si alguien trata de perjudicarte, mándame un mensaje y mis emisarios lo matarán dondequiera que esté, porque tengo hombres míos, en Simyra, aunque nadie lo sepa, así como en otras villas de Siria, pero espero que guardarás el secreto para ti. Te digo esto para que sepas que haré matar a quien quieras y nadie lo sabrá y tu nombre no estará mezclado en el asunto. Tal es mi amistad por ti.
Con estas palabras me besó, a la siria, y comprendí que me respetaba y admiraba sobremanera, porque se quitó una cadena de oro que llevaba en el cuello y me la tendió, pese a que fuese sin duda un gran sacrificio porque al hacerlo lanzó un profundo suspiro. Por esto a mi vez le di una cadena de oro de mi cuello, que había recibido del más rico mercader de Simyra por haber salvado a su mujer en un parto difícil, con lo cual no perdió nada en el cambio y le fue agradable. Y así fue como nos separamos.
3
Liberado de mi esclava, mi corazón era ligero como un pájaro, mis ojos aspiraban de nuevo a ver y una vaga inquietud invadía mi espíritu, de manera que no me sentía ya a gusto en Simyra. Era la primavera y en el puerto los navíos se preparaban para grandes viajes y los sacerdotes salían de la villa hacia el campo verdeante para desenterrar a su Tammuz, al que habían enterrado en otoño en medio de lamentos, cortándose la cara.
En mi agitación, seguí a los sacerdotes mezclado con la muchedumbre, y la tierra reverdecía, las palomas se arrullaban y las ranas croaban en los estanques. Los sacerdotes apartaron la piedra que obstruía la tumba y sacaron al dios con grandes gritos de alegría diciendo que resucitaba. El pueblo lanzó clamores de entusiasmo y comenzó a romper ramas y beber vino y cerveza en unos tenderetes que los mercaderes habían levantado alrededor de la tumba. Las mujeres arrastraban en una carreta un enorme miembro viril de madera y a la caída de la tarde se quitaron las ropas y corrieron por los prados y, fuese casado o soltero, cualquiera podía elegir una compañera a su gusto, y por todas partes se veían parejas. Todo esto era distinto también de Egipto. Este espectáculo me entristeció y me dije que era viejo desde mi nacimiento, como la tierra negra es más vieja que las demás, mientras aquella gente era joven y servía a sus dioses adecuadamente..
Con la primavera se esparció la noticia de que los khabiri habían abandonado su desierto y asolaban las regiones fronterizas de la Siria de Norte a Sur, incendiando los pueblos y sitiando las ciudades. Pero las tropas del faraón llegaron a Tanis a través del desierto del Sinaí y entablaron la lucha contra los khabiri y encadenaron a sus jefes rechazándolos hacia el desierto. Estos acontecimientos se reproducían todos los años, pero esta vez los habitantes de Simyra estaban inquietos, porque los khabiri habían saqueado la villa de Katna, donde había una guarnición egipcia, matando al rey y pasando a cuchillo a todos los egipcios, comprendiendo mujeres y niños, sin hacer prisioneros para obtener rescate, cosa que no había ocurrido jamás, porque habitualmente los khabiri evitaban las villas donde había guarnición.
La guerra se había declarado, pues, en Siria y yo no había visto nunca una guerra. Por eso me reuní con las tropas del faraón, porque deseaba conocer también la guerra y ver lo que podía enseñarme, y estudiar las heridas producidas por las armas y las mazas. Pero ante todo partí porque las tropas estaban mandadas por Horemheb y en mi soledad deseaba ver el rostro de un amigo y escuchar su voz. Por esto luchaba conmigo mismo y me decía que no tenía más que fingir no conocerme si sentía vergüenza de mis actos. Pero el tiempo había pasado; en dos años habían ocurrido muchas cosas y mi corazón no debía de estar tan endurecido, puesto que el recuerdo de mi infancia no me consternaba tanto como antes. Por eso salí en barco hacia las tierras del Sur y llegué al interior con las tropas de avituallamiento y los bueyes que arrastraban las carretas de trigo y los asnos cargados de jarras de aceite, vino y sacos de cebollas. Así llegué a una pequeña villa situada en el flanco de una colina cuyo nombre era Jerusalén. Había en ella una guarnición egipcia y Horemheb había establecido en ella su cuartel general. Pero los rumores que corrían por Simyra habían exagerado grandemente la fuerza del ejército, porque Horemheb no tenía más que una sección de carros de combate con dos mil arqueros y lanceros, mientras se decía que la horda de khabiri era más numerosa que las arenas del desierto.
Horemheb me recibió en una sórdida cabaña y me dijo:
– Conocí un tiempo a un Sinuhé que era médico y, además, mi amigo. Me miró y el manto sirio que yo llevaba lo desconcertó. Había envejecido también, como él, y el rostro había cambiado. Pero me reconoció y, levantando su látigo trenzado de oro, sonrió y me dijo:
– ¡Por Amón, tú eres Sinuhé y yo te creí muerto!