Despidió a sus oficiales de estado mayor y a sus secretarios con notas y mapas, pidió vino y me ofreció diciéndome:
– Extraños son los designios de Amón, puesto que nos encontramos en las tierras rojas de este asqueroso poblado.
Al oír estas palabras mi corazón vibró en mi pecho y comprendí que había echado de menos a mi amigo. Le narré
mi vida y mis aventuras, cosa que consideré conveniente, y me dijo:
– Si así lo deseas, puedes seguir a las tropas como médico y compartir los honores conmigo porque verdaderamente cuento con administrar a estos cochinos khabiri una corrección que les hará llorar por haber nacido. -Y añadió-: Cuando nos conocimos yo era un ignorante y no me había lavado todavía la suciedad de los pies. Tú eras un hombre de mundo y me diste buenos consejos. Ahora sé algo más y mi mano sostiene un látigo de oro, como puedes verlo. Pero lo he merecido por un miserable trabajo en la guardia del faraón, persiguiendo a los bandidos y criminales que en su locura había liberado de las minas; fue un arduo trabajo aniquilarlos. Pero al enterarme del ataque de los khabiri he pedido al faraón tropas para venir a combatirlos y ningún oficial superior se ha opuesto a ello, porque las gracias llueven más fácilmente alrededor del faraón que en el desierto y los khabiri tienen las lanzas aceradas y sus gritos de guerra son espantosos, como he podido comprobar yo mismo. Pero puedo adquirir experiencia y llevar las tropas a la batalla. Y, sin embargo, la única preocupación del faraón es que erijan un templo a su dios en Jerusalén y que arroje a los khabiri sin efusión de sangre. Horemheb se echó a reír dándose un golpe en el muslo con el látigo. Yo me reí también, pero él pronto dejó de reír, bebió vino y dijo-: Para ser sincero, Sinuhé, he cambiado mucho desde que no nos hemos visto, porque quien viva cerca del faraón tiene que cambiar a la fuerza, quiera o no. Me inquieta, porque piensa mucho y habla de su dios, que es diferente de los demás, de manera que en Tebas, tenía yo también la sensación de que las hormigas circulaban por mi cráneo, y por la noche no podía dormir si no había bebido vino y me había acostado con mujeres para aclararme las ideas. Su dios es extraordinario. No tiene forma, pese a que esté por todas partes; su imagen es redonda y bendice con las manos a todo el que está delante de él, porque no hace diferencia entre un noble y un esclavo. Dime, Sinuhé: ¿verdad que todo esto son palabras de un enfermo? Me digo que quizás un mono enfermo le mordió cuando su infancia. Porque sólo un loco puede pensar que se puede arrojar a los khabiri sin efusión de sangre. En cuanto los hayas oído aullar en el combate verás si tengo razón. Pero el faraón podrá lavarse las manos si tal es su voluntad. Me haré cargo a mi gusto de este pecado delante de su dios y aplastaré a los khabiri con mi ejército de carros.
Volvió a tomar vino y dijo:
– Horus es mi dios y no tengo nada contra Amón, porque en Tebas he aprendido una serie de excelentes blasfemias en las que figura su nombre y son de gran eficacia con los soldados. Pero comprendo que Amón ha llegado a ser demasiado poderoso y por esta razón el nuevo dios lucha contra Amón para fortalecer su poderío real. La reina madre me lo ha dicho y el sacerdote Ai, que lleva ahora el cetro a la derecha del faraón, me lo ha confirmado. Con la ayuda de su Atón esperan derribar a Amón, o en todo caso restringir su poderío, porque no conviene que el cetro de Amón gobierne Egipto por encima del rey. Es alta política y como soldado comprendo muy bien por qué el nuevo dios es necesario. No tendría nada que objetar si el faraón se limitara a erigirle templos y reclutar sacerdotes, pero piensa demasiado en él, habla de él a propósito de cualquier cosa y acaba siempre volviendo a su dios. De esta forma vuelve a todos los que lo rodean más locos que él. Dice que vive de la verdad, pero la verdad es como un cuchillo acerado en manos de un niño, y es todavía más peligrosa en manos de un loco.
Bebió más y prosiguió:
– Doy gracias a mi halcón por haber podido salir de Tebas, porque la ciudad se agita como un nido de serpientes a causa de su dios, y no quiero mezclarme en disputas teológicas. Los sacerdotes de Amón cuentan ya muchas anécdotas escabrosas sobre el nacimiento del faraón y excitan al pueblo contra el nuevo dios. Su matrimonio ha causado también indignación, porque la princesa de Mitanni, que jugaba con sus muñecas, murió súbitamente y el faraón ha escogido como esposa real a la joven Nefertiti, que es hija de Ai. Cierto es que es bella y se viste bien, pero es muy obstinada y digna hija de su padre.
– ¿Cómo ha muerto la princesa de Mitanni? -pregunté, porque había visto a aquella chiquilla de ojos tristes mirar a Tebas con angustia cuando la llevaban al templo por la Avenida de los Carneros vestida y adornada como la imagen de un dios.
– Los médicos dicen que no ha soportado el clima de Egipto -contestó Horemheb, riéndose-. Es una broma, porque todo el mundo sabe que en ninguna parte el clima es tan sano como en Egipto. Pero ya sabes que la mortalidad infantil en el gineceo real es grande, más grande que en el barrio de los pobres de Tebas, aunque parezca increíble. Es más prudente no mencionar nombres, pero yo llevaría mi carro delante de la casa de Al, si me atreviese.
Hablaba descuidadamente, dándose golpes con el látigo en los muslos y bebiendo vino, pero había crecido y se había virilizado; su espíritu conocía las preocupaciones, de manera que no era ya un muchacho jactancioso. Dijo aún:
– Si deseas conocer al dios del faraón acude mañana al templo que le he hecho erigir rápidamente en la colina de esta villa. Le mandaré un informe de la fiesta sin mencionar los muertos ni la sangre vertida, por no atormentarlo en su palacio de oro. -Y añadió-: Pasa la noche en una tienda si encuentras sitio. Mi dignidad exige que duerma aquí en el palacio del príncipe, pese a que impere en él la suciedad. Pero la suciedad forma parte de la guerra, como el hambre y la sed, las heridas y los poblados incendiados, de manera que no me quejo.
Pasé la noche en una tienda donde me trataron muy bien, porque por el camino había trabado amistad con un oficial del avituallamiento. Le encantó saber que seguiría a las tropas como médico, y ¿qué soldado no tendría empeño en estar en buenas relaciones con un médico?
Al alba las trompetas me despertaron y los soldados formaron alineándose, y los oficiales y los jefes pasaban entre las filas gritando y distribuyendo latigazos. Cuando todos estuvieron en orden, Horemheb salió de la sórdida residencia del príncipe, con el látigo de oro en la mano, y un servidor sostenía un parasol sobre su cabeza y espantaba las moscas, mientras Horemheb habló a los soldados en los siguientes términos:
– ¡Soldados de Egipto! Digo soldados de Egipto y con estas palabras os designo tanto a vosotros, negros asquerosos, como a vosotros, sucios lanceros sirios, y a vosotros también, sardos y conductores de carros de guerra que parecéis más soldados y egipcios que este rebaño vociferante qué está mugiendo. He sido paciente con vosotros y os he entrenado a conciencia, pero ahora mi paciencia se ha agotado y renuncio a mandaros a hacer ejercicio, porque si lo hicieseis os embarazaríais con vuestras lanzas, y si disparáis el arco corriendo, vuestras flechas vuelan hacia los cuatro vientos del cielo y os herís los unos a los otros y vuestras flechas se pierden, lo cual es un despilfarro que no podemos permitirnos gracias al faraón, que su cuerpo se conserve eternamente. Por esto hoy os llevaré al combate, porque mis exploradores me han comunicado que los khabiri han acampado detrás de las montañas, pero no sé cuántos son, porque mis exploradores han huido antes de haberlos contado, tan grande era su miedo. Espero, sin embargo, que serán lo suficientemente numerosos para aniquilaros hasta el último de vosotros, a fin de que no tenga que contemplar más vuestros rostros repugnantes y cobardes y que pueda regresar a Egipto a reunir un ejército de verdaderos hombres que amen el botín y el honor. Sea como sea, os ofrezco hoy la última probabilidad. ¡Oficial! Tú, sí, el de la nariz hendida, arréale una patada a este hombre que se rasca el trasero mientras hablo. Sí, os ofrezco hoy la última probabilidad. -Horemheb lanzó sobre sus hombres una mirada furibunda y nadie se atrevió a moverse mientras hablaba-. Os llevaré al combate y que cada uno sepa que me lanzo el primero a la pelea sin entretenerme a mirar quién me sigue. Porque soy hijo de Horus y un halcón vuela delante de mí, y hoy quiero aniquilar a los khabiri aunque tenga que hacerlo solo. Pero os advierto que esta noche mi látigo chorreará sangre, porque pienso azotar a todo el que no me siga o trate de huir, y lo azotaré tanto que deseará no haber nacido, porque os advierto que mi látigo muerde más que las lanzas de los khabiri, que son falsas y se rompen fácilmente. Y los khabiri no tienen nada de espantoso, salvo sus gritos, que son verdaderamente horribles; pero si hay alguno de vosotros que deteste los aullidos no tiene más que taparse los oídos con arcilla. No causará ningún perjuicio, porque los gritos de los khabiri os impedirán oír las órdenes, pero todos debéis seguir a vuestro jefe y todos seguiréis a mi halcón. Puedo deciros todavía que los khabiri se baten en desorden, como un rebaño, pero yo os he enseñado a formar filas y he ejercitado a los arqueros a tirar todos a la vez a la voz de mando o a la señal. Que Seth y todos sus demonios asen a quienquiera que tire demasiado rápidamente o sin apuntar. No os lancéis a la batalla gritando como mujeres, pero tratad de ser hombres que llevan un delantal delante y no faldas. Si derrotáis a los khabiri podréis repartiros sus rebaños y sus mercancías y seréis ricos, porque nos han cogido un gran botín en los poblados incendiados y no quiero quedarme para mí ni un solo buey ni un solo esclavo y todo será para vosotros. Podréis también repartiros sus mujeres, y creo que gozaréis acariciándolas esta noche, porque son bellas y ardientes y aman a los soldados aguerridos.