Horemheb miró a sus soldados, que súbitamente comenzaron a gritar y a golpear sus escudos con las lanzas y a tender sus arcos. Horemheb sonrió y, agitando distraídamente su látigo, dijo:
– Veo que os morís de ganas de haceros flagelar, pero antes tenemos que inaugurar un nuevo templo al dios del faraón que se llama Atón. Es, sin embargo, un dios que no tiene nada de guerrero, y no creo que os sea de gran utilidad hoy. Por esto el grueso de la tropa va a partir y la retaguardia se quedará para la fiesta a fin de asegurar la benevolencia del faraón hacia nosotros. Tendréis una larga marcha que hacer, porque pienso lanzaros a la batalla tan cansados como sea posible a fin de que no tengáis fuerzas para huir, y que os batáis valientemente para defender la vida.
Agitó de nuevo el látigo y la tropa lanzó gritos de entusiasmo saliendo de la villa en gran desorden, cada sección siguiendo su insignia, que iba sujeta en lo alto de una pica. Así los soldados siguieron colas de león y los milanos y las cabezas de cocodrilo, y los carros de guerra precedían a las tropas y cubrían su marcha. Pero los jefes superiores y la retaguardia acompañaron a Horemheb al templo que se elevaba sobre una roca en el lindero de la villa. Mientras nos dirigíamos allá oí que los oficiales murmuraban entre ellos, diciendo: «¿No es estúpido que el jefe se arroje el primero al combate? Nosotros no lo haremos, porque de todos los tiempos ha sido siempre costumbre llevar a los jefes y oficiales en literas detrás de las tropas, porque son los únicos que saben escribir, y, de otra manera, ¿cómo anotar los actos de los soldados y castigar a los cobardes?» Horemheb oyó perfectamente estas frases, pero se limitó a agitar su látigo sonriendo.
El templo era pequeño y había sido construido precipitadamente con madera y arcilla y no era como los templos ordinarios, porque carecía de techo y en medio se veía un altar, pero en él no había ningún dios, de manera que los soldados se miraban con sorpresa buscándole. Horemheb les habló así:
– Su dios es redondo y parecido al disco del sol, de manera que mirad hacia el cielo y acaso lo veáis. Os bendice con sus manos, pese a que me doy cuenta de que hoy, después de la marcha, sus dedos os harán el efecto de agujas candentes sobre vuestra espalda.
Pero los soldados murmuraron y dijeron que el dios del faraón estaba demasiado lejos. Deseaban un dios delante del cual pudiesen prosternarse y tocarlo con las manos si se atrevían. Pero se callaron cuando el sacerdote avanzó, y éste era un hombre joven y frágil, cuya cabeza no estaba afeitada y llevaba una túnica blanca. Sus ojos eran brillantes e inspirados, y depositó como ofrenda sobre el altar flores primaverales, aceite y vino, hasta el momento en que los soldados se rieron en voz alta. Cantó también un himno a Atón y se dijo que el faraón lo había compuesto. Era muy largo y monótono, y los soldados escuchaban con la boca abierta sin entender nada. He aquí las palabras:
Tu aparición es bella en el horizonte del cielo
¡oh, vivo Atón, príncipe de vida!
Cuando te levantas en el horizonte oriental del cielo,
llenas los países con tu beldad,
porque eres bello, grande, resplandeciente,
elevado sobre la tierra. Tus rayos envuelven los países
y cuanto has creado.
Los encadenas con tu amor;
aunque estés alejado,
tus rayos caen sobre la tierra;
aunque residas en el cielo,
las huellas de tus pasos son el día.
Después el sacerdote describió las tinieblas nocturnas y los leones que salen de sus antros por la noche y las serpientes que muerden, hasta tal punto que muchos soldados comenzaron a temblar. Describía la claridad del día y afirmaba que al alba los pajarillos agitan las alas para alabar a Atón. Declaraba también que este nuevo dios creaba el infierno en el seno de la mujer. A darle crédito se quedaba persuadido de que este Atón no omitía ningún detalle del universo; porque no hay polluelo que llegue a romper las cáscaras del huevo ni a piar sin ayuda de Atón.
Estás en mi corazón
y nadie te conoce sino tu hijo el faraón. Tú lo inicias para tus designios y lo consagras con tu poderío;
el universo está en tus manos
tal como lo has creado;
los hombres viven de tu luz; cuando te acuestas mueren,
porque eres la vida
y por ti los hombres viven.
Todos los ojos contemplan
tu belleza hasta que te acuestas;
todo trabajo es abandonado
cuando desapareces tras el Occidente.
Desde que has establecido la tierra,
la has preparado para la venida de tu hijo
que ha salido de tus brazos,
para ver el dios en vida de la verdad. El dueño de los dos países,
hijo de Ra, que vive de la verdad,
por el sueño de las dos coronas
has creado el mundo,
y para la gran esposa real,
su amada, Dueña y Señora del Doble País, por Nefertiti,
viva y próspera para siempre.
Los soldados prestaban atención escarbando en la arena con los dedos de los pies, y al final del himno lanzaron vítores en honor del faraón, porque lo único que habían entendido de él era que su objeto era proclamar hijo del dios al faraón y cantar sus alabanzas, lo cual era justo y bueno, puesto que siempre había ocurrido así y así sería para siempre. Horemheb despidió al sacerdote, quien encantado de los aplausos de los soldados, se fue a redactar un informe para el faraón. Pero me parece que el himno y sus ideas no causaron el menor placer a los soldados que escarbaban en la arena y se disponían a partir para el combate y acaso hacia una muerte violenta.