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La retaguardia se puso en movimiento seguida de las carretas de bueyes y las acémilas. Horemheb se puso a la cabeza con su carro y los oficiales se alejaron en sus literas, quejándose del ardor del sol. Yo me contenté con montar un asno en compañía de mi amigo el oficial de avituallamiento y me llevé mi caja de medicamentos, de la que pensaba tener necesidad.
Las tropas caminaron hasta la noche con un breve descanso para comer y beber. Algunos rezagados, cada vez más numerosos, se quedaban en los bordes del camino, incapaces de levantarse, ni aun cuando los oficiales los azotaban o saltaban con los pies juntos sobre ellos. Los soldados tan pronto cantaban como blasfemaban y cuando las sombras se alargaron, las flechas comenzaron a caer desde las colinas en el borde del camino, de manera que algunas veces en la columna un hombre lanzaba un grito llevándose la mano a su hombro atravesado o se desplomaba sobre el suelo. Pero Horemheb no se entretuvo en limpiar el borde del camino, aceleró la marcha y acabaron llevando el paso de carrera. Los carros ligeros abrieron el camino y pronto vimos en el borde de éste los cuerpos descuartizados de algunos khabiri, acostados sobre sus mantos, con la boca y los ojos llenos de moscas. Algunos soldados salieron de la columna para dar vuelta a los cuerpos y buscar algún recuerdo de guerra, pero no había ya nada que robar.
El oficial de avituallamiento sudaba sobre su asno. Me encargó que transmitiese su último adiós a su mujer y sus hijos porque presentía que aquél sería su último día. Por esto me dio la dirección de su mujer en Tebas, rogándome que velase por que su cuerpo no fuese desvalijado, a menos que los khabiri nos hubiesen aniquilado a todos antes de la noche, tal como era su presentimiento.
Finalmente se abrió ante nosotros una llanura donde los khabiri habían acampado, Horemheb hizo sonar las trompetas y dispuso sus tropas para el ataque, los lanceros en el centro y los arqueros en los dos flancos. En cuanto a los carros, los despidió y salieron a toda velocidad, levantando nubes de polvo. No conservó a su lado más que algunos carros pesados. De los valles lejanos, detrás de las montañas, ascendía el humo de los poblados incendiados. El número de khabiri de la llanura parecía inmenso y sus rugidos y sus gritos llenaban el aire al avanzar a nuestro encuentro; era como el mugido de las olas; los escudos y las puntas de las lanzas relucían terribles bajo la luz del sol poniente. Pero Horemheb gritó:
– Que vuestras rodillas no tiemblen, porque los khabiri armados son poco numerosos y los que veis son sus mujeres, sus hijos y sus ganados, que serán vuestro botín antes de la noche. Y en sus marmitas de tierra os espera una comida caliente. Pegad duro, pues, a fin de que podáis pronto saciaros, porque tengo ya un hambre de cocodrilo.
Pero la horda de khabiri se lanzaba contra nosotros, espantosa, y eran más numerosos que nosotros y bajo la luz del sol sus lanzas parecían de fuego y la guerra no me divertía en absoluto. Las filas de lanceros flaquearon y los hombres miraban hacia atrás, como yo mismo, pero los oficiales blandían los látigos y juraban, y los soldados se decían sin duda que estaban demasiado cansados y las filas se formaban de nuevo y los arqueros comenzaron a palpar nerviosamente la cuerda de su arco esperando la señal.
Llegados a buena distancia, los khabiri lanzaron sus gritos de guerra, y sus aullidos eran tan espantosos que toda mi sangre acudió a mi corazón y mis piernas flaquearon. Se lanzaron contra los nuestros y oí las flechas silbar en mis oídos como zumbidos de moscas, pst… pst… jamás en mi vida había oído un ruido tan emocionante como el silbido de las flechas. Pero me tranquilizaba diciéndome que habían producido poco daño, pues o volaban demasiado alto o caían sobre los escudos. En aquel instante Horemheb gritó: «¡Seguidme, cochinos! Su conductor lanzó los caballos al galope los arqueros dispararon mientras los carros de guerra lo seguían y los lanceros echaron a correr detrás de ellos. Entonces, de todas las gargantas salió un grito más espantoso que el de los khabiri, porque todo el mundo gritaba por su vida y para acallar su miedo, y me di cuenta de que también yo gritaba con todas mis fuerzas, lo cual me calmó inmediatamente.
Los carros de guerra penetraron con gran estruendo en la masa de los khabiri, y en primera fila, por encima de las nubes de polvo y de las lanzas blandidas, se destacaba el casco de Horemheb con sus plumas de avestruz. En la brecha de los carros avanzaron los lanceros detrás de las colas de león y los milanos, y los arqueros se desplegaron en la llanura haciendo disparos contra la multitud densa de los khabiri. A partir de aquel momento no hubo más que una confusión indescriptible, un estruendo, choques de armas, aullidos y gritos de agonía. Las flechas silbaban en mis oídos y mi asno se desbocó lanzándose a lo más recio de la pelea, a pesar de mis patadas y mis gritos. Los khabiri se batían con valentía y sin miedo y los hombres derribados de sus caballos trataban todavía de alcanzar con sus lanzas a los que pasaban a su alcance y más de un egipcio perdió la vida al agacharse para cortar como trofeo la mano de un enemigo derribado. El olor a sangre dominaba el de sudor de los soldados y los cuervos revoloteaban por el cielo en enjambres cada vez más numerosos.
Súbitamente los khabiri lanzaron un grito de furia y emprendieron la huida porque vieron que los carros ligeros, después de haber rodeado la llanura, atacaban el campo persiguiendo a las mujeres y dispersando el ganado robado.
No pudieron soportar este espectáculo y huyeron para tratar de proteger a sus mujeres y su campo, y aquello fue su pérdida. Porque los carros se volvieron contra ellos y los dispersaron, y los lanceros y los arqueros de Horemheb acabaron aquella carnicería. Cuando el sol se puso, la llanura estaba en llamas y por todas partes mugía el ganado disperso.
Pero en el furor de la victoria los soldados continuaban matando y hundiendo sus lanzas en cuanto se movía; así mataban a hombres que habían depuesto las armas, a infelices chiquillos a mazazos y tiraban estúpidamente sobre el ganado enloquecido. Horemheb dio orden de tocar las trompetas y los oficiales recobraron la serenidad y reunieron a los soldados a latigazos. Pero mi asno enloquecido continuaba corriendo por la llanura y sacudiéndome como un saco, de manera que no sabía ya si estaba muerto o vivo. Los soldados se mofaban de mí y me insultaban, y finalmente un hombre dio un golpe con el asta de la lanza en el hocico del asno, que se detuvo irguiendo sus orejas desconcertado, y pude por fin echar pie a tierra. Desde entonces los soldados me llamaron Hijo deOnagro.
Los prisioneros fueron reunidos y encerrados en una empalizada, se recogieron las armas y se mandaron pastores en busca del ganado disperso. Los khabiri eran tan numerosos que una gran parte pudo huir, pero Horemheb, pensó que correrían toda la noche y tardarían en volver. A la luz de las tiendas y de los montones de forraje en llamas, entregaron a Horemheb el cofre del dios, y lo abrió, sacando de él a Sekhmet con su cabeza de leona que erguía orgullosamente sus pechos de madera. Los soldados la salpicaron alegremente con la sangre de sus heridas y arrojaron delante de ella las manos cortadas como trofeo. Estas manos formaron un gran montón y algunos soldados arrojaban tres o cuatro y aun cinco. Horemheb recompensó a los más bravos, distribuyendo cadenas de oro y nombrándolos suboficiales. Estaba cubierto de polvo y ensangrentado y su látigo chorreaba sangre también, pero sonreía a los soldados dándoles nombres afectuosos.
Yo tenía mucho trabajo, porque las lanzas y las mazas de los khabiri habían producido heridas espantosas.
Trabajaba a la luz de los incendios, y a los gritos de dolor de los heridos se mezclaban los lamentos de las mujeres que los soldados se llevaban para echarlas a suerte y divertirse con ellas. Lavaba y suturaba las heridas abiertas, metía en su sitio los intestinos salidos de los vientres desgarrados y cosía los cueros cabelludos caídos sobre los ojos. A los que debían morir les daba cerveza o estupefacientes para que la muerte sobreviniese dulcemente durante la noche.