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Cuidaba también a los khabiri cuyas heridas les habían impedido huir, pero no sé por qué obraba así, acaso porque pensaba que Horemheb sacaría mejor precio vendiéndolos como esclavos si los curaba. Pero muchos de ellos rehusaban mis cuidados y otros se arrancaban los apósitos al oír llorar a los niños y gemir a las mujeres violadas por los soldados egipcios. Doblaban la pierna, se cubrían la cabeza y morían de hemorragia.

Viéndolos, no me sentía ya tan orgulloso de nuestra victoria, porque eran infelices habitantes del desierto, y el ganado y el trigo de los valles los atraía porque padecían hambre. Por esto se entregaban al pillaje en Siria y tenían los miembros demacrados y muchos los ojos enfermos. Sin embargo, eran rudos y temibles combatientes, y a su paso subía el humo de los poblados incendiados y el llanto y los gemidos. Pero viendo palidecer sus largas narices mientras para morir se cubrían con sus harapos, sentía piedad por ellos.

Al día siguiente vi a Horemheb, que me felicitó, y yo le aconsejé construir un campo fortificado donde los soldados más gravemente heridos podrían curarse, porque si los transportábamos a Jerusalén morirían por el camino. Horemheb me dio las gracias por mi ayuda y me dijo:

– No te creía tan valiente, y ayer, con mis propios ojos, me di cuenta de que lo eras mientras te lanzabas en medio de la refriega montado en un asno furioso. Sin duda no sabías que en la guerra el trabajo de un médico no comienza hasta después de terminada la batalla. He oído que los soldados te llamaban Hijo de Onagro, y si quieres te llevaré al combate en mi propio carro porque tienes suerte de estar todavía vivo no llevando lanza ni coraza.

– Tus hombres te celebran y prometen seguirte adonde vayas -le dije para halagarlo-. Pero, ¿cómo es posible que no tengas la menor herida cuando pensé que ibas a hallar la muerte al arrojarte el primero en el fragor de la batalla, en medio de las flechas y las lanzas?

– Tengo un conductor hábil -dijo-. Además, mi halcón me protege, porque pronto se tendrá necesidad de mí para altas misiones. Por esto mi conducta de ayer no tiene nada de meritoria ni valerosa, puesto que sé que las flechas, las lanzas y las mazas del enemigo me evitan. Me lanzo el primero porque sé que estoy llamado a verter mucha sangre, pese a que la sangre vertida no me produzca ya júbilo alguno ni me diviertan los aullidos de los soldados aplastados bajo mi carro de guerra. En cuanto mis tropas estén suficientemente entrenadas para no temer la muerte, me haré llevar en litera detrás de ellos como hace todo capitán razonable, porque un verdadero capitán no mancilla sus manos con una tarea horrenda y sangrienta que el más vil esclavo puede ejecutar, sino que trabaja con su cerebro y emplea mucho tiempo dictando a los escribas sus órdenes, que tú, Sinuhé, no comprendes, porque no es tu oficio, como yo no comprendo nada del arte de la Medicina, aunque lo respete, sin embargo. Por esto experimento casi vergüenza por haberme ensuciado las manos y el rostro con la sangre de los ladrones de ganado, pero no podía obrar de otra manera; si no hubiese precedido a mis hombres, les hubiera faltado valor y hubieran caído de rodillas gimiendo, porque en verdad los soldados egipcios que no han visto la guerra desde dos generaciones son todavía más cobardes y lamentables que los khabiri. Por esto los llamo a veces escarabajos y se sienten orgullosos de este nombre.

Yo no podía creer que al arrojarse en la refriega como lo hacía no sintiese miedo a la muerte. Por esto insistí:

– Tienes la piel caliente y la sangre corre por tus venas como en los demás hombres. ¿Gracias a algún poderoso sortilegio evitas las heridas, o de dónde viene que no sientas el miedo?

Y él dijo:

– He oído hablar de sortilegios de esta suerte y sé que muchos soldados llevan al cuello amuletos que deben protegerlos, pero después del combate de hoy se han recogido muchos hombres que los llevan, de manera que no creo ya en esta hechicería, si bien puede ser útil, porque inspira confianza al hombre inculto que no sabe leer ni escribir y lo hace heroico en el combate. En realidad, todo esto es un engaño, Sinuhé. Para mí es diferente porque sé que debo realizar grandes hazañas, pero no sabría decirte cómo lo sé. Un soldado tiene suerte o no la tiene, y yo la he tenido desde que mi halcón me condujo hasta el faraón. Verdad es que mi halcón no se encontraba a gusto en palacio y levantó el vuelo para no volver; pero mientras atravesábamos el desierto de Sinaí para venir a Siria y sufríamos hambre y sobre todo sed, porque yo también sufro con mis soldados para saber mejor lo que sienten Y poderlos mandar mejor, he visto en un valle un matorral ardiendo. Era un fuego vivo que parecía un matorral o un árbol, y no se consumía ni bajaba, sino que ardía día y noche y reinaba un olor que subía a la cabeza y me daba valor. Lo he visto cazando las fieras del desierto lejos de mis tropas, y sólo el conductor de mi carro lo ha visto y lo puede atestiguar. Desde entonces supe que ni la lanza, ni la flecha, ni la maza podrán alcanzarme, mientras mi hora no haya llegado, pero no puedo decir cómo lo sé porque es un misterio.

Lo creí y mi respeto hacia él aumentó, porque no tenía ningún motivo para inventar esta historia para divertirme

y no creo que hubiese sido capaz, porque no creía más que aquello que había visto con sus ojos o tocado con sus manos.

Hizo acampar a sus tropas en el campo de los khabiri, donde comieron y bebieron, y después tiraron al blanco y se ejercitaron con la lanza y tomaban como blanco a los khabiri demasiado heridos para ser vendidos como esclavos o excesivamente rebeldes para someterse como tales. Por esto los hombres no se quejaron de este juego, al contrario, se entregaron a él con verdadero júbilo. Pero al tercer día el olor de los cadáveres extendidos sobre la llanura se hizo terrible y los cuervos, los chacales y las hienas armaban tal escándalo por la noche que nadie podía dormir. La mayoría de las mujeres khabiri se habían estrangulado con sus cabellos, que llevaban largos, y no divertían ya a nadie.

El tercer día Horemheb levantó el campo y mandó una parte de las tropas a Jerusalén para transportar el botín, porque los mercaderes no habían acudido en número suficiente al campo para comprar todos los esclavos, utensilios de cocina y trigo, y el resto se fue a apacentar los rebaños. Se montó un campo para los heridos, que quedaron bajo la custodia de los soldados de una cola de león, pero muchos de ellos murieron. Horemheb salió con los carros a la persecución de los khabiri, porque al interrogar a los prisioneros supo que habían conseguido huir con su dios.

Me llevó con él pese a mi resistencia y yo iba de pie detrás de él agarrado a su cintura y lamentando el día en que nací, porque avanzaba como un alocado y a cada momento pensaba que volcaríamos y me estrellaría la cabeza contra las rocas. Pero él se reía de mí y decía que quería mostrarme la guerra, puesto que había deseado saber si podía enseñarme alguna cosa.

Me hizo saborear la guerra y vi los carros arrojarse contra los khabiri como un huracán mientras cantaban de alegría empujando delante de ellos el ganado robado hacia los escondrijos del desierto. Los caballos aplastaban a los ancianos y los niños en medio del humo de las tiendas incendiadas, y Horemheb enseñaba a los khabiri con sangre y lágrimas que hubieran hecho mejor en permanecer pobres en su desierto y reventar de hambre en sus cavernas que invadir la rica y fértil Siria para untarse de aceite la piel quemada por el sol y engordarse con trigo robado. Así fue como saboreé la guerra, que no era ya en realidad una guerra, sino una persecución y una matanza, hasta el momento en que Horemheb se sintió satisfecho e hizo levantar los mojones sin preocuparse de retrocederlos en el desierto. Y dijo: