Lo miré y pareció crecer ante mis ojos; su mirada tenía una expresión sombría y era parecido a un dios, de manera que mi corazón se estremecía y me incliné ante él, llevándome las manos a la altura de las rodillas. Y entonces me dijo:
– ¿Crees que soy tu dueño?
– Mi corazón me dice que eres mi dueño, pero no sé por qué -dije, con la lengua torpe y sintiendo miedo-. Es probablemente exacto que estás llamado a ser un conductor de muchedumbres como lo afirmas. Partiré, pues, y mis ojos serán tus ojos y mis oídos serán tus oídos, pero no sé si te aprovecharás de todo lo que vea y oiga, porque no soy entendido en las cosas que te interesan y sólo en medicina soy docto. Sin embargo, haré cuanto pueda, y no por oro, sino porque eres mi amigo y porque los dioses lo han decidido manifiestamente así, si es que hay dioses.
Y contestó éclass="underline"
– Creo que no te arrepentirás nunca de ser mi amigo, pero te daré oro porque lo necesitarás, pues conozco bien a los hombres. No tienes que preguntarte por qué los informes que deseo tener me son más preciosos que el oro. Puedo, sin embargo, decirte que los grandes faraones envían hombres hábiles a las Cortes de los otros reinos, pero los enviados de los faraones son imbéciles que no saben contar más que la forma como se plisan las ropas, cómo se llevan las condecoraciones y en qué orden cada cual está sentado a la derecha o a la izquierda del soberano. No te preocupes, pues, de ellos si los encuentras, y que sus discursos sean como un zumbido de moscas para tu oído.
Pero cuando me despedí de él abandonó su dignidad y puso su mano sobre mi mejilla y tocó mi hombro con su rostro, diciendo:
– Mi corazón se acongoja por tu marcha, Sinuhé, porque si eres solitario yo estoy solo también y nadie conoce los secretos de mi corazón. Creo que al decir estas palabras pensaba en la princesa Baketamon, cuya belleza lo había hechizado.
Me entregó mucho oro, más del que yo pensaba, y creo que me entregó todo el oro que había ganado en la campaña de Siria, y ordenó a una escolta que me acompañase hasta la costa para protegerme de los bandidos. Yo deposité el oro en una gran casa de comercio y lo cambié por unas tablillas de arcilla más fáciles de transportar porque los ladrones no podían utilizarlas, y tomé el barco para regresar a Simyra.
Tengo que mencionar también que antes de salir de Jerusalén trepané a un soldado que había recibido un golpe de maza en la cabeza durante una riña delante del templo de Atón, y el cráneo estaba fracturado y el hombre agonizaba y no podía mover los brazos ni piernas. Pero no pude curarlo; su cuerpo se puso ardiente y se contorsionaba y murió al día siguiente.
LIBRO SEXTO.LA JORNADA DEL FALSO REY
1
Al principio de este nuevo libro tengo que elogiar aquel tiempo pasado durante el cual pude viajar sin obstáculos por tantos países y aprender tantas cosas, porque jamás volveré a ver días parecidos. Recorría un mundo que no había visto una guerra desde hacía cuarenta años, y los soldados de los reyes protegían las rutas de las caravanas y los mercaderes y los navíos de los soberanos defendían el río y los mares contra los piratas. Las fronteras estaban abiertas, los mercaderes y los viajeros eran bien recibidos en las villas y la gente no se ofendía una de otra y se saludaban con las manos a la altura de las rodillas, informándose de las costumbres ajenas, de manera que muchas personas cultas hablaban varias lenguas y conocían dos escrituras. Se regaban los campos que producían abundantes cosechas, y en lugar del Nilo terrestre, el Nilo celeste regaba los prados y las tierras rojas. Durante mis viajes los rebaños pacían tranquilamente y los pastores no usaban lanza, sino que tocaban la flauta y cantaban alegremente. Los viñedos eran florecientes y los árboles frutales se inclinaban bajo el peso de su carga, los sacerdotes se untaban de aceite y ungüentos y estaban gordos, y el humo de infinitos sacrificios subía hacia el cielo por los patios de los templos de todo el país. Los dioses eran también generosos y propicios y gozaban con las suntuosas ofrendas. Los ricos se enriquecían todavía más y los poderosos aumentaban su poderío, y los pobres eran más pobres todavía, como los dioses lo han prescrito, de manera que cada cual estaba contento con su suerte y nadie murmuraba. Tal me parece este pasado que no volverá nunca más; el tiempo en que yo estaba en la fuerza de la edad y no cansado por los largos viajes, mis ojos tenían curiosidad de ver cosas nuevas y mi corazón avidez de saber.
Para demostrar lo bien organizadas que estaban las condiciones, diré que la casa de comercio del templo de Babilonia me entregó sin vacilar el oro contra mis tablillas de arcilla escritas por la de Simyra, y en cada gran villa se podía comprar vino de la procedencia más lejana y en las villas sirias gustaba sobre todo el vino de las colinas de Babilonia, mientras los babilonios compraban a precio de oro el vino de Siria.
Después de haber ensalzado aquellos tiempos felices en los que el sol era más brillante y el viento más dulce que en nuestras duras épocas actuales, voy a hablar de mis viajes y de todo lo que he visto con mis ojos y oído con mis orejas. Pero tengo que narrar primero cómo regresé a Simyra.
A mi llegada a casa, Kaptah salió a mi encuentro llorando de gozo y, gritando, se arrojó a mis pies y dijo:
– ¡Bendito es el día que vuelve el dueño a su casa! Has vuelto y, sin embargo, te creía muerto en la guerra, y estaba seguro de que habías sido atravesado por una lanza por haber desoído mis advertencias y querido ver cómo era la guerra. Pero nuestro escarabajo es verdaderamente poderoso y te ha protegido. Mi corazón desborda de júbilo al verte, y la alegría brota de mis ojos en forma de lágrimas, y, sin embargo, creía heredar de ti todo el oro que habías depositado en las casas de comercio de Simyra. Pero no lamento esta riqueza que se me escapa, porque sin ti soy un cabritillo perdido y balo lamentablemente y mis días son lúgubres. Durante tu ausencia no te he robado más que de costumbre, me he cuidado de tu casa y de tu fortuna, y he velado tan bien por tus intereses que eres más rico que antes de tu marcha.
Me lavó los pies, vertió agua sobre mis manos y me cuidó sin dejar de hablar, pero yo le ordené que se callara y le dije:
– Prepáralo todo porque vamos a salir de viaje muy lejos, durante algunos años quizás, y el viaje será penoso, porque visitaremos el país de Mitanni y Babilonia y las islas del mar.
Entonces Kaptah comenzó a llorar y gemir:
– ¿Por qué habré nacido en un mundo como éste? ¿Para qué haber engordado y vivido días felices, puesto que tengo que renunciar a ellos? Si te marchases por un mes o dos, como otras veces, no diría nada y me quedaría en Simyra, pero si tu viaje dura años es posible que no regreses nunca y no vuelva a verte más. Por esto debo seguirte llevándome el escarabajo, porque durante un viaje como éste necesitarás toda la suerte, y sin el escarabajo caerás en los abismos y los bandidos te atravesarán con sus lanzas. Sin mí y mi experiencia eres como un ternero al que un ladrón ata las patas de atrás para llevárselo sobre los hombros, sin mí eres como un hombre con los ojos vendados que anda a tientas al azar, de manera que cualquiera te robaría a su antojo, cosa que no permitiría, puesto que si debes ser robado es mejor que lo seas por mí, porque te robo razonablemente teniendo en cuenta tus recursos y tus intereses. Pero es mucho mejor que nos quedemos en nuestra casa de Simyra.