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En este país los árboles son tan poco numerosos que es un crimen contra los dioses y los hombres cortar uno, pero, por el contrario, si alguien planta alguno se gana el favor de los dioses. En Babilonia la gente es más corpulenta que en los demás sitios y se ríe mucho, a la manera de los obesos. Comen platos grasos y feculentos, y he visto en sus casas un pájaro que llaman gallina que no puede volar, pero habita con los hombres y cada día les pone un huevo, que tiene el tamaño de un huevo de cocodrilo, pero ya sé que nadie me creerá. Sin embargo, me han ofrecido huevos de éstos, que los babilonios consideran como un manjar exquisito. Pero yo no me he atrevido a probarlo porque he pensado que era mejor ser prudente y me he contentado con los platos que ya conocía y sabía cómo estaban preparados.

Los babilonios dicen que su villa es la más grande y más antigua del mundo, pero yo no lo creo, porque ésta es Tebas. Y afirmo de nuevo que no existe en el mundo una ciudad como Tebas, pero Babilonia me sorprendió por su magnificencia y su riqueza, porque las murallas son altas como montañas y el templo que han erigido a su dios sube hasta el cielo. Las casas tienen cuatro o cinco pisos, de manera que viven unos sobre otros, y en ningún sitio, ni aun en Tebas, he visto almacenes tan lujosos y una cantidad tal de mercancías como hay en las casas de comercio del templo.

Su dios es Marduk, y en Ishtar han elevado un pórtico que es más grande que el pilón del templo de Amón, y lo han revestido de ladrillos policromados y brillantes, cuyos dibujos deslumbran la vista bajo el sol. Desde este pórtico, una avenida lleva hasta el templo de Marduk, y la torre tiene varios pisos y el camino sube hasta lo alto y es tan ancho y poco inclinado que pueden pasar por él varios carros de frente a la vez. En lo alto de la torre es donde viven los astrólogos, que saben cuanto hace referencia a los movimientos de los astros y calculan sus órbitas y anuncian los días fastos y nefastos, de manera que cada cual puede amoldar a ellos su vida. Dicen que pueden también predecir el porvenir, pero para esto tienen que saber el día y el momento del nacimiento, de manera que no pude recurrir a su saber, pese a todo mi deseo, puesto que ignoraba el momento preciso de mi nacimiento.

Tenía a mi disposición todo el oro que quisiera retirar de la caja del templo a cambio de mis tablillas, y por esto me alojé cerca de la puerta de Ishtar, en una gran hostería de varios pisos y sobre el techo de la cual crecían árboles frutales y arrayanes, y había también en él arroyos y estanques con peces. Allí es donde se alojaban los grandes si no tenían casa en la villa, así como los enviados de los países extranjeros, y las habitaciones estaban amuebladas con espesas alfombras y los muebles tapizados con pieles de animales y las paredes decoradas con ladrillos brillantes con figuras ligeras. El nombre de esta hostelería era «Pabellón de Ishtar» y pertenecía a la torre del dios, como todo lo notable de Babilonia. Si se cuentan todas las habitaciones y el personal de servicio, creo que se verá que esta sola casa alberga tanta gente como todo un barrio de Tebas. Y, sin embargo, nadie que no lo haya visto con sus ojos lo creerá.

En ninguna parte del mundo se ven tantas gentes diferentes como en Babilonia y en ninguna parte se oyen hablar a la vez tantas lenguas como aquí, porque los babilonios dicen con orgullo que todos los caminos llevan a Babilonia, que es el centro del mundo. En efecto, aseguran que su país no está en el extremo del mundo, como se afirma en Egipto, sino que por el Este, detrás de las montañas, se extienden poderosos reinos cuyas caravanas armadas traen algunas veces a Babilonia extrañas mercancías, telas y preciosos vasos transparentes. Debo decir que en Babilonia he visto gente de piel amarilla y ojos ovalados, pese a que no iban pintados, y se dedicaban al comercio vendiendo telas finas como el lino real, pero más finas todavía, lanzando destellos de todos los colores, como el aceite puro.

Porque los habitantes de Babilonia son ante todo comerciantes y no respetan nada tanto como el comercio, de manera que incluso sus dioses hacen negocios con ellos. Por esto no les gustan las guerras, pero reclutan mercenarios y elevan murallas tan sólo para proteger su comercio, y su deseo es que las rutas estén abiertas a todos los pueblos y a todos los países. Porque el negocio les produce mayor beneficio que la guerra. Sin embargo, están orgullosos de sus soldados, que vigilan los baluartes de la villa y sus templos y desfilan cada día bajo el pórtico de Ishtar, con sus cascos y sus corazas de oro y plata resplandecientes. Las empuñaduras de sus sables y las puntas de sus lanzas están recubiertas de oro y plata como muestra de su riqueza. Y dicen:

– ¿Acaso has visto jamás, ¡oh extranjero!, soldados o carros de guerra parecidos?

El rey de Babilonia era un adolescente imberbe que tenía que ponerse una barba postiza para subir al trono. Su nombre era Burraburiash. Le gustaban los juguetes y las historias maravillosas, y desde Mitanni mi reputación me había precedido hasta Babilonia, de manera que apenas instalado en el «Pabellón de Ishtar», después de haber visitado el templo y hablado con los médicos y sacerdotes de la Torre, recibí un recado diciéndome que el rey me esperaba. Kaptah se inquietó, según su costumbre, y me dijo:

– No vayas; huyamos más bien juntos, porque de un rey no puede esperarse nada bueno.

Pero yo le respondí:

– ¡Idiota! ¿Has olvidado acaso que tenemos nuestro escarabajo? Y él dijo:

– El escarabajo es un escarabajo y no lo he olvidado en absoluto, pero es mejor estar seguro de las cosas y no hay que abusar de la paciencia de nuestro amuleto. Si, de todos modos, estás firmemente decidido a ir a palacio, te acompañaré para que muramos juntos. En efecto, si alguna vez regresamos a Egipto quisiera poder contar que me he postrado ante el rey de Babilonia. Sería tonto no aprovechar esta casualidad que se ofrece ante mí. Sin embargo, si vamos, debemos conservar nuestra dignidad y debes exigir que te manden una litera real, pero no iremos hoy porque es un día nefasto según las creencias del país; los mercaderes han cerrado sus tiendas y la gente reposa en sus casas, porque hoy todo fracasaría, siendo el séptimo día de la semana.

Reflexionando comprendí que Kaptah tenía razón, porque si bien para un egipcio todos los días son iguales, salvo los que son proclamados nefastos según las estrellas, era posible que en este país el séptimo día fuese también nefasto para un egipcio, y era preferible la seguridad a la incertidumbre. Por esto dije al servidor del rey:

– Debes pensar seguramente que soy extranjero y loco, puesto que me invitas a ir a ver al rey en un día como hoy. Pero iré mañana si el rey me envía una litera, porque no soy hombre despreciable, y no quiero presentarme ante él con los pies llenos de estiércol de asno.

Y el servidor dijo:

– Temo, vil egipcio, que tendré que llevarte delante del rey acariciándote las nalgas con mi lanza.

Pero salió y al día siguiente fue la litera real a buscarme al «Pabellón de Ishtar».

Pero era una litera ordinaria como las que llevaban al palacio a los mercaderes deseosos de mostrar joyas o plumas o monos. Por esto Kaptab apostrofó a los portadores en estos términos:

– ¡Por Seth y todos los demonios, que Mardux os azote con su látigo de escorpiones, y marchaos pronto, porque mi dueño no subirá jamás a esta litera!

Los portadores se marcharon decepcionados y el corredor amenazó a Kaptah con su bastón, mientras una multitud de papanatas se aglomeraba delante del pabellón riendo y gritando:

– Tenemos curiosidad de ver a tu dueño, para quien la litera no es bastante buena.

Pero Kaptah alquiló una litera del albergue, que requería cuarenta servidores y que era utilizada por los invitados extranjeros en sus misiones importantes y en la cual se llevaba a los dioses extranjeros a su llegada a la villa. Y la gente no se rió ya cuando bajé de mi habitación con vestiduras sobre las cuales habían bordado en oro y plata los dibujos simbólicos del arte de la medicina, con mi collarete resplandeciente de oro y piedras preciosas y las cadenas de oro balanceándose en mi cuello y los esclavos del albergue llevando detrás de mí cajas de ébano y cedro con marquetería de marfil que contenían mis instrumentos y mis remedios. La gente no se reía ya, sino que se inclinaba profundamente ante mí diciendo: