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– Este hombre es ciertamente igual a los dioses menores en su saber. Sigámosle hasta el palacio.

Así fue como una muchedumbre de curiosos siguió hasta el palacio la litera delante de la cual avanzaba Kaptah montado en un asno blanco y los cascabeles resonaban en sus arneses. No por mí obraba de aquella forma, sino por Horemheb, porque me había dado mucho oro y mis ojos eran sus ojos y mis oídos sus oídos.

Delante del palacio la guardia dispersó a la muchedumbre y levantaron sus escudos, que formaron una doble hilera de oro y plata, y los leones alados guardaban el camino por el que me llevaban al palacio. Fui acogido por un anciano cuya barbilla estaba afeitada a la manera de los sabios. Pendientes de oro resonaban en sus orejas y sus mejillas pendían lacias. Dirigiéndome una mirada hostil, me dijo:

– Mi hígado está enfermo por todo el ruido y escándalo que provoca tu llegada, porque el dueño de los cuatro continentes se pregunta ya cuál es el hombre suficientemente osado para venir cuando le conviene y no cuando conviene al rey y que tanto ruido arma viniendo.

Y yo le dije:

– Anciano, tus palabras son como un zumbido de moscas para mis oídos, pero te pregunto, sin embargo, quién eres para osar hablarme en este tono. Y él dijo:

– Soy el médico particular del dueño de los cuatro continentes; pero tú ¿qué embaucador eres que vienes a sonsacar el oro y la plata a nuestro rey con tus charlatanerías? Debes saber, sin embargo, que si nuestro rey te da, en su bondad, oro o plata timbrado, tendrás que darme la mitad.

Y yo le dije:

– Tu hígado me deja indiferente y harías mejor en hablar de todo esto con mi servidor, porque él es el encargado de alejar a los importunos y los pedigüeños. Quiero, sin embargo, ser amigo tuyo, porque eres viejo y tu inteligencia es muy limitada. Por esto te doy mis brazaletes, para demostrarte que el oro no es más que polvo para mis pies y no he venido aquí a buscar oro, sino saber.

Le tendí unos brazaletes de oro y quedó tan desconcertado que no supo qué decir. Por esto autorizó también a Kaptah a entrar y nos condujo delante del rey. Burraburiash estaba sentado sobre unos blandos almohadones en una vasta sala cuyos muros relucían de azulejos brillantes. Era un niño mimado y a su lado un cachorro de león rugió al vernos entrar. El anciano se arrojó vientre a tierra para lamer el suelo ante su rey, y Kaptah lo imitó, pero al oír los rugidos del león se levantó de un salto como una rana y aulló de miedo, de manera que el rey soltó la carcajada y se echó hacia atrás en sus almohadones ahogándose de risa. Pero Kaptah se enfadó y gritó:

– Llevaos a este animal maldito antes de que muerda, porque en mi vida he visto un monstruo más espantoso y su grito es como el estruendo de los carros de guerra en las plazas de Tebas cuando los soldados borrachos regresan a sus cuarteles después de una fiesta.

Se sentó y levantó los brazos en actitud de defensa y el león se sentó también y bostezó; después cerró las fauces con un ruido parecido al del cofre del templo al cerrarse sobre el diezmo de la viuda.

El rey se reía tanto que las lágrimas corrían por sus mejillas; después se acordó de su dolor y comenzó a gemir llevándose la mano a la mejilla, que estaba fuertemente hinchada hasta el punto de que uno de los ojos estaba casi cerrado. Frunció el ceño y el anciano se apresuró a decir;

– He aquí a este egipcio recalcitrante que no ha venido cuando lo llamabas. Di una palabra y los soldados le reventarán la barriga con sus lanzas.

Pero el rey le largó un puntapié y dijo:

– Basta ya de tonterías; ahora se trata de curarme rápidamente, porque mis dolores son atroces y temo morir. Hace noches que no duermo y no puedo tomar más que caldos tibios.

Entonces el anciano se lamentó y, golpeando el suelo con su frente, dijo: -Oh, dueño de los cuatro continentes, lo hemos hecho todo para curarte y hemos sacrificado mandíbulas y barbillas en el templo para expulsar el diablo que se ha ocultado en el fondo de tu boca; hemos hecho redoblar el tambor y sonar las trompetas y hemos danzado con vestiduras rojas para exorcizar al demonio, y no hemos podido hacer nada más para curarte, porque no nos has permitido tocar tu barbilla sagrada. Y no creo que este cochino extranjero sea más competente que nosotros.

Pero yo dije:

– Soy Sinuhé el egipcio, el que es solitario, el Hijo de Onagro, y no tengo que examinarte para ver que uno de tus molares ha infectado tu boca, porque no te lo has limpiado o hecho arrancar, según los consejos de tus médicos. Esta es una enfermedad de niños y perezosos, y no digna del dueño de los cuatro continentes, delante del cual los pueblos tiemblan y, por lo que veo, el león inclina la cabeza. Pero sé que tu dolor es grande y por esto quiero ayudarte.

El rey conservaba la mano sobre la mejilla y dijo:

– Tus palabras son osadas, y si estuviese en buena salud te haría arrancar la lengua de la boca desvergonzada y reventar el estómago, pero no es ahora el momento; date prisa en curarme y mi recompensa será grande. Pero si me haces daño te haré matar en el acto.

Y yo le dije:

– Que tu voluntad sea hecha. Tengo como protector un dios muy pequeño, pero muy eficaz, que me ha impedido venir ayer a verte porque mi visita hubiera sido ineficaz. Pero ahora veo, sin siquiera examinarte, que tu ineficaz absceso está a punto de ser reventado y lo haré en seguida, pero debes saber que los dioses no pueden evitar el dolor ni aun a un rey. Sin embargo, te aseguro que tu alivio será tan grande después que no te acordarás siquiera del dolor y te prometo que mi mano será tan ligera como sea posible.

El rey vaciló un momento mirándome frunciendo el ceño. Era un muchacho muy bello, seguro de sí mismo y sentí que me agradaba. Sostuve su mirada y con rabia dijo:

– ¡Pronto!

El anciano comenzó a gemir y golpear el suelo con su frente, pero no me inquieté y le di orden de calentar vino, donde eché un anestésico que hice beber al rey, y al cabo de un instante se mostró alegre y dijo:

– Tengo menos dolor; no te acerques a mí con tus pinzas y tus cuchillos. Pero mi voluntad era más fuerte que la suya y le hice abrir la boca manteniendo sólidamente su cabeza bajo mi brazo y pinché el absceso con un cuchillo purificado a la llama del fuego traído por Kaptah. No era, en realidad, el fuego sagrado de Amón, porque Kaptah lo había dejado apagar por descuido durante el viaje por el río, pero había vuelto a encender otro en presencia del escarabajo, y en su locura lo creía tan poderoso como el de Amón.

El rey lanzó un grito en cuanto el cuchillo lo tocó y el león se levantó y agitó la cola con los ojos brillantes. Pero el rey tenía mucho trabajo en escupir el pus que salía del absceso, y su alivio fue rápido y yo le ayudaba apretando ligeramente sobre su mejilla. Escupía y lloraba de gozo y volvía a escupir, y después dijo:

– Sinuhé, el egipcio, eres un hombre bendito, aunque me hayas hecho daño.

Y volvía a escupir. Pero el anciano dijo:

– Yo hubiera trabajado tan bien y aun mejor que él si me hubieses permitido tocar tu mandíbula sagrada. Y tu dentista lo hubiera hecho mejor todavía.

Quedó muy sorprendido cuando contesté en estos términos:

– Este anciano dice verdad, porque lo hubiera hecho tan bien como yo y tu dentista aún mejor. Pero su voluntad no era tan fuerte como la mía y por esto no han podido desembarazarte de tus dolores. Porque un médico debe atreverse a hacerle daño incluso a un rey si es necesario, sin temer por sí mismo. Ellos han tenido miedo y yo no, porque todo me es igual, y si lo deseas puedes ordenar a tus guardias que me revienten el estómago porque te he curado.