El rey escupía sosteniéndose la mejilla y volvía a escupir, y su mejilla no le hacía daño ya, y dijo:
– No he oído nunca a nadie hablar como tú, Sinuhé. Si lo que dices es verdad, no vale la pena hacerte reventar el estómago por mis soldados, porque, si no te contraría, ¿de que habría de servirme? En verdad me has procurado un gran alivio y por eso te perdono tu desfachatez y perdono también a tu servidor, pese a que ha visto mi cabeza bajo tu brazo y oído mis gritos. Pero lo perdono porque me ha hecho reír por primera vez desde hace mucho tiempo con su cómico salto.
Y dijo a Kaptah:
– Vuelve a hacerlo.
Pero Kaptah dijo con desprecio:
– Está por debajo de mi dignidad.
Burraburiash sonrió y dijo:
– Lo vamos a ver.
Llamó al león, que se levantó desperezándose hasta hacer gruñir sus articulaciones y miró a su dueño con ojos inteligentes. El rey le mostró a Kaptah y el león se dirigió lentamente hacia él, balanceando la cola, y Kaptah retrocedía delante de él, como fascinado. Entonces, súbitamente, el león lanzó un rugido sordo y Kaptah dio media vuelta y, agarrándose a la cortina, trepó por el montante de la puerta lanzando gritos, mientras el león trataba de alcanzarlo con la pata. El rey se reía a gusto y dijo:
– No he visto nunca nada tan gracioso.
El león se sentó lamiéndose el hocico, mientras Kaptah se agarraba a los montantes de la puerta, angustiado. Pero el rey pidió de comer y beber diciendo:
– Tengo hambre.
Entonces el anciano lloró de júbilo porque el rey estaba curado, y le trajeron numerosos manjares en fuentes de plata grabadas y vino en copas de oro y dijo:
– Regálate conmigo, Sinuhé, aunque sea contrario a la etiqueta, pero hoy olvido mi dignidad porque has tenido mi cabeza bajo tu brazo y me has metido los dedos en la boca.
Así fue como comí y bebí con el rey, y le dije:
– Tus dolores han desaparecido, pero seguramente volverás a tenerlos si no te haces arrancar la muela que los causa. Por eso debes ordenar a tu dentista que te la arranque así haya desaparecido la hinchazón de tu mejilla. El rey se ensombreció y dijo con impaciencia:
– Tus palabras son malvadas y destruyes mi alegría, extranjero estúpido. -Pero al cabo de un instante dijo-: Acaso tengas razón, porque estos dolores vuelven cada otoño y cada primavera, cuando tengo los pies mojados, y son tan violentos que quisiera morirme. Pero si es necesario serás tú quien me operarás, pues no quiero volver a mi dentista, que tanto me ha torturado para nada.
Yo le dije:
– Tus palabras me revelan que durante tu infancia has bebido más vino que leche, y las cosas dulces no te convienen, porque en esta villa las preparan con jarabe de dátiles, que estropea los dientes, mientras en Egipto se utiliza la miel que los pequeños pajarillos recogen para el hombre. Por esto, a partir de ahora, come solamente las cosas dulces que vienen por el puerto y bebe leche cada mañana al despertar.
Y él dijo:
– Eres ciertamente bromista, Sinuhé, porque no he oído nunca decir que los pajarillos recogiesen cosas dulces para los hombres.
Pero yo le respondí:
– Mi suerte es adversa, porque en mi país la gente me tratará de mentiroso cuando les cuente que aquí he visto pájaros que viven con los hombres y les ponen un huevo cada mañana, enriqueciendo así a los propietarios. En estas condiciones es mejor para mí no contar nada, si no, perdería mi reputación y me tratarían de embustero.
Pero él protestó con energía e insistió en que siguiese hablando porque nadie hasta entonces se había expresado como yo en su presencia.
Y entonces le dije, seriamente:
– No quiero arrancarte esta muela, pero tu dentista lo hará, porque es muy hábil y no quisiera provocar su rencor. Pero yo podré estar a tu lado y tenerte la mano durante la operación. Así disminuiré tus dolores con todo mi poder, con los medios que he aprendido en mi patria y en otros paises. Fijemos esta operación para dentro de quince días, porque es conveniente que la fecha sea fijada de antemano a fin de que no cambies de opinión. Tu encía estará entonces curada y hasta entonces te lavarás la boca cada día con un remedio que voy a darte, pese a que tenga un gusto un poco amargo. Adoptó un aire contrariado y dijo:
– ¿Y si me niego? Yo le dije:
– Debes darme tu real palabra de que seguirás mis prescripciones y el dueño de los cuatro continentes no faltará a ella. Si aceptas, te divertiré cambiando el agua en sangre en tu presencia y te enseñaré el procedimiento para que puedas asombrar a tus súbditos. Pero debes prometerme no comunicar el secreto a nadie, porque es un secreto sagrado de los sacerdotes de Amón, y yo lo sé porque soy sacerdote de primer grado, y sólo te lo revelo porque eres rey.
A estas palabras Kaptah comenzó a lamentarse en voz plañidera desde lo alto de la puerta.
– Llevaos esta bestia maldita o bajo y la mato, porque mis manos están entumecidas y me duele el trasero de estar en esta postura tan poco conveniente para mi dignidad. Verdaderamente voy a bajar y retorcer el pescuezo a este animal si no se lo llevan.
Burraburiash comenzó a reírse a gusto al oír estas amenazas y fingió tomarlas en serio y dijo:
– Sería lástima que matases a mi león, porque ha crecido bajo mis ojos y es mi amigo. Por esto voy a llamarlo a fin de que no cometas ningún desafuero en mi palacio.
Llamó al león y Kaptah bajó agarrándose a la cortina y se frotó sus miembros entumecidos lanzando miradas de odio al león, tanto, que el rey se reía golpeándose los muslos.
– Verdaderamente -dijo-, no he visto nunca un hombre tan gracioso. Véndemelo y te haré rico.
Pero yo no quería vender a Kaptah y el rey no insistió y nos separamos como buenos amigos cuando comenzó a cabecear y sus ojos se cerraron, porque el sueño reclamaba sus derechos en vista de que los dolores le habían impedido dormir durante muchas noches. El anciano me acompañó y me dijo:
– He comprobado por tu conducta y tus palabras que no eres un granuja, sino un hábil médico que conoce su oficio. Admiro, sin embargo, la valentía con que has hablado al dueño de los cuatro continentes, porque si uno de sus médicos se hubiese atrevido a hacerlo reposaría ya en una jarra de arcilla al lado de sus antepasados.
– Será conveniente que dispongamos juntos lo que será necesario hacer dentro de quince días, porque será un mal día y convendría sacrificar anticipadamente a todos los dioses propicios -le dije.
Mis palabras le gustaron porque era piadoso y convinimos en encontrarnos en el templo para hacer sacrificios y tener una consulta sobre las muelas del rey. Pero antes de dejarme marchar ofreció una colación a los servidores que me habían traído, y comieron y bebieron cantando mis alabanzas. Al volver al albergue, cantaban a voz en grito y la muchedumbre nos seguía y mi nombre fue célebre desde entonces en toda Babilonia. Pero Kaptah iba montado con aire contrariado en su asno blanco y no me dirigió la palabra porque su dignidad estaba ofendida.
3
Al cabo de dos semanas encontré en la torre de Marduk a los médicos reales y sacrificamos juntos un cordero, del que los médicos examinaron el hígado para leer los presagios, porque en Babilonia los sacerdotes leen en el hígado de las víctimas y hallan en él cosas que la demás gente ignora. Dijeron que el rey se enojaría con nosotros, pero que nadie perdería la vida ni recibiría herida alguna grave. Pero teníamos que tener cuidado con las uñas del rey durante la operación. Los astrólogos leyeron también en el Libro del Cielo para saber si el día elegido era el más apropiado. Nos dijeron que era propicio, pero que hubiéramos podido escoger uno mejor todavía. Además, los sacerdotes vertieron aceite sobre el agua, pero no leyeron nada de particular. A nuestra salida del templo, un águila voló sobre nosotros llevando en sus garras una cabeza humana cogida en las murallas y los sacerdotes vieron, con gran sorpresa por mi parte, un presagio sumamente favorable para nosotros.