Siguiendo el consejo dado por el hígado, echamos de la estancia a los guardias armados, y el león no fue admitido tampoco en la sala, porque el rey hubiera podido, en su cólera, lanzarlo sobre nosotros para que nos devorase, como lo había ya hecho según decían los médicos. Pero el rey estaba lleno de valor al entrar, había bebido vino para alegrarse el hígado, como se decía en Babilonia. Pero al ver el sillón del dentista que se había llevado a la estancia, se puso pálido y dijo que tenía importantes asuntos de Estado que resolver, pero que los había olvidado bebiendo vino.
Quiso retirarse, pero mientras los demás médicos se postraban ante él lamiendo el suelo, yo lo cogí por la mano y le dije que todo terminaría pronto si tenía valor. Ordené a los médicos que se lavasen y yo purifiqué al fuego del escarabajo los instrumentos del dentista y unté las encías del rey con un anestésico, pero me dijo que cesase porque sentía la mejilla como madera y no podía mover la lengua. Entonces nos sentamos sobre la silla y sujetamos la cabeza del rey y le metimos una mordaza en la boca para que no la pudiese cerrar. Yo lo sujetaba por las manos y lo animaba y después de haber evocado a todos los dioses de Babilonia, el dentista introdujo las pinzas en la boca y arrancó la muela con tanta habilidad que jamás hasta entonces había visto una extracción tan rápidamente hecha. Pero el rey lanzó unos gritos horribles, y el león comenzó a rugir detrás de la puerta, lanzándose contra ella y arañándola con sus garras.
Fue un momento terrible, porque el rey comenzó a escupir sangre y a gritar y las lágrimas le corrían por los ojos. Cuando hubo terminado de escupir llamó a los guardas para que nos matasen y llamó también al león, derribó el fuego sagrado y golpeó a los médicos, pero yo le cogí el bastón y le dije que se enjuagase la boca. Así lo hizo; los médicos permanecían echados sobre el vientre delante de él, temblorosos, y el dentista creyó llegada su última hora. Pero el rey se calmó y bebió vino torciendo la boca, y me pidió que lo divirtiese como le había prometido.
Pasamos a la gran sala de fiestas, porque aquella donde estábamos no le gustaba ya después de la operación, y la hizo cerrar para siempre y la llamó la cámara maldita. Yo vertí agua en un vaso y la hice probar al rey y a los médicos, y todos dijeron que, en efecto, era agua corriente. Entonces transvasé el agua lentamente y a medida que caía en el otro vaso se iba convirtiendo en sangre, de manera que el rey y los médicos lanzaron gritos de asombro y se asustaron.
Hice traer por Kaptah una caja conteniendo un cocodrilo, porque todos los juguetes fabricados en Babilonia son de arcilla e ingeniosos, pero al recordar el cocodrilo de madera con el que había jugado durante mi infancia, había encargado a un hábil artesano prepararme uno parecido según mis indicaciones. Era de cedro y plata, pintado y adornado de manera que parecía un cocodrilo verdadero. Lo saqué de la caja y, tirando de él, me seguía moviendo las patas y abriendo las fauces como buscando una presa. Se lo regalé al rey, que estuvo encantado, porque en sus ríos no había cocodrilos. Arrastrando el cocodrilo por el suelo olvidó sus dolores recientes y los médicos me miraron sonriendo con alegría.
Entonces el rey dio a los médicos ricos regalos y el dentista fue rico en lo sucesivo y todos se marcharon. Pero me hizo quedar para que le explicase el misterio del agua, y se lo enseñé dándole unos polvos que se mezclan con el agua antes de que el milagro se produzca. El truco es muy sencillo, como saben todos los que lo conocen. Pero todo gran arte es sencillo, y el rey quedó muy sorprendido y me felicitó. No paró hasta que hubo convocado a los grandes de la Corte y al pueblo en el jardín del palacio, y delante de todos cambió en sangre el agua de un estanque; todo el mundo lanzaba gritos de horror y se postró delante del rey, que estaba encantado.
No pensaba ya en su muela y me dijo:
– Sinuhé el egipcio, me has curado de un mal muy penoso y me has divertido el hígado. Puedes pedirme lo que quieras y te lo daré, porque también yo quiero divertirte el hígado.
Y entonces yo le dije:
– ¡Oh, rey Burraburiash, señor de los cuatro continentes! Como médico he tenido tu cabeza bajo mi brazo y he estrechado tus manos mientras aullabas de dolor, y no es justo que yo, un extranjero, guarde un tal recuerdo del rey de Babilonia cuando regrese a mi país para relatar lo que he visto. Por eso deseo que me hagas temblar como hombre mostrándome toda tu fuerza y que, poniéndote la barba en el mentón, ciñas tu cintura y hagas desfilar delante de ti a tus soldados a fin de que vea tu poderío y pueda postrarme humildemente ante tu majestad y besar el suelo que
pisas. Esto es lo que te pido y nada más. Mi petición le fue grata porque dijo:
– Verdaderamente, jamás nadie me ha hablado como tú, Sinuhé. Por esto escucharé tu ruego, bien que sea enojoso para mí, porque tengo que permanecer sentado un día en mi trono dorado y mis ojos se cansan y comienzo a bostezar. Pero así sea, puesto que tú lo deseas.
Mandó un emisario a cada provincia para convocar las tropas y se fijó el día del desfile.
Este tuvo efecto cerca de la puerta de Ishtar y el rey estaba sentado en el trono dorado con el león a sus pies y los nobles le rodeaban con sus armas, de manera que parecía una nube de oro, plata y púrpura. Pero abajo, en una ancha avenida, el ejército desfilaba delante de él, los lanceros y los arqueros en un frente de sesenta hombres, y los carros de guerra formados de seis en fondo y transcurrió todo el día antes de que todos los hombres hubiesen desfilado. Las ruedas de los carros de guerra rugían como estruendo de mar durante la tormenta, de manera que la cabeza me daba vueltas y mis piernas temblaban contemplando aquel espectáculo.
Pero le dije a Kaptah:
– No basta poder decir que los ejércitos de Babilonia son numerosos como las arenas del mar y las estrellas del cielo. Necesitamos saber el número.
Pero Kaptah murmuró:
– Es imposible, porque no existen en el mundo cifras suficientes.
Los conté, sin embargo, y llegué a encontrar que la Infantería era sesenta veces sesenta veces sesenta, y los carros de guerra sesenta veces sesenta, porque sesenta es un número sagrado en Babilonia y los demás números sagrados son cinco, siete y doce, pero no sé por qué, pese a que los sacerdotes me lo hayan explicado, porqué no entendí una palabra de sus explicaciones.
Vi también que las rodelas de los guardas de corps brillaban de oro y plata y sus armas eran doradas y plateadas y sus rostros relucían de aceite y estaban tan gordos que se ahogaban al pasar corriendo delante del rey, como un rebaño de bueyes cebados. Pero su número era pequeño, y las tropas venidas de las provincias eran bronceadas y sucias y apestaban a orines. Muchos no llevaban lanza porque la orden del rey los había sorprendido, y las moscas habían roído sus párpados, de manera que yo me decía que los ejércitos son los mismos en todos los países. Observé también que los carros de guerra eran viejos y destartalados y algunos habían perdido sus ruedas durante el desfile y las hoces fijadas en los ejes estaban cubiertas de moho.
El rey me mandó llamar y me preguntó sonriendo: ¿Has visto mi poderío, Sinuhé?
Yo me postré delante de él y besé el suelo a sus pies, respondiendo: -En verdad que no existe rey más poderoso que tú y con justeza te llaman el dueño de los cuatro continentes. Mis ojos están cansados de girar en mi cabeza y mis miembros están paralizados por el miedo, porque el número de tus soldados es como la arena del mar o las estrellas del cielo. Sonrió con satisfacción y dijo:
– Has conseguido lo que deseabas, Sinuhé, pero hubieras podido creerme con menos gasto, porque mis consejeros están muy enfadados, porque este capricho me costará los impuestos de una provincia durante un año, porque hay que alimentar a los soldados y esta noche cometerán violencias y armarán escándalos en la villa según la costumbre de los soldados, y durante un mes los caminos no serán seguros a causa de ellos, tanto que me parece que no repetiré nunca más este desfile. Mi augusto trasero está dolorido por haber pasado todo el día sentado en mi trono dorado y los ojos me duelen. Bebamos, pues, vino y regocijémonos de esta jornada agotadora, porque tengo muchas cosas que preguntarte.