Pero para saber mejor lo que ocurre hay que leer el libro luminoso del cielo durante las noches. Yo no intenté siquiera aprender los rudimentos de esta escritura porque hubiera necesitado años y décadas, y los astrólogos eran viejos de barba blanca con los ojos gastados de tanto examinar las estrellas y, no obstante, no dejaban nunca de pelearse entre ellos y no eran nunca de la misma opinión sobre la importancia de las posiciones astrales, de manera que juzgué este estudio inútil. Pero por los sacerdotes aprendí que lo que ocurre en la tierra ocurre también en el cielo y que no hay cosa pequeña que no pueda leerse en las estrellas por adelantado, a condición de que se esté al corriente de la escritura astral. Esta doctrina me pareció mucho más digna de fe que muchas otras sobre los hombres y los dioses, y facilita la vida, puesto que enseña a los hombres a comprender que todo ocurre según una ley inflexible y que nadie puede modificar su destino, porque, ¿quién podría modificar la posición de los astros y fijar sus movimientos? Si se reflexiona bien, esta doctrina es la más lógica y natural de todas y corresponde a la creencia del corazón humano, aun cuando los babilonios hablan del hígado cuando los egipcios hablan del corazón, pero esta diferencia no es más que cuestión de palabras.
Estudié también el hígado de los corderos y tomé nota asimismo de los informes que me dieron los sacerdotes de Marduk sobre el vuelo de los pájaros, a fin de poder sacar de ellos las enseñanzas durante mis viajes. Consagré también mucho tiempo a hacerles verter aceite sobre el agua y explicarme las imágenes que se formaban en la superficie, pero este arte me inspiró menos confianza, porque los dibujos eran siempre diferentes y para explicarlos no era necesaria mucha ciencia, sino especialmente mucha ligereza de lengua.
Pero antes de hablar de la fiesta de la primavera en Babilonia y de la jornada del falso rey, tengo que relatar un incidente extraordinario relacionado con mi nacimiento. En efecto, después de haber estudiado el hígado de un cordero y las manchas de aceite sobre el agua, los sacerdotes me dijeron:
– Un espantoso secreto está relacionado con tu nacimiento y no lo podemos explicar, porque resulta que no solamente no eres egipcio como crees, sino que eres extranjero en todo el mundo.
Entonces les referí cómo me habían recogido en la orilla. Los sacerdotes se miraron e inclinándose delante de mí dijeron:
– Así lo creíamos.
Y me contaron que su gran rey Sargón, que había sometido los cuatro continentes y reinado incluso sobre las islas del mar, había bajado también por el río en una cesta de cañas embreadas y que se ignoró todo de su nacimiento hasta el día en que resultó descender del cielo.
Pero mi corazón se acongojó al oír estas palabras y, tratando de reír, les dije:
– ¿No creeréis, sin embargo, que yo, médico, haya nacido de los dioses?
Pero ellos no se rieron y contestaron:
– Lo ignoramos, pero vale más estar seguro y por esto nos inclinamos delante de ti.
Pero yo acabé diciéndoles:
– Cesad en vuestras reverencias y volvamos a nuestros corderos.
De nuevo comenzaron a explicarme el sentido de las circunvoluciones del hígado, pero a hurtadillas me lanzaban miradas respetuosas, y cuchicheaban entre ellos.
5
Quiero contar también la fiesta del falso rey. Cuando los granos hubieron germinado y las noches fueron más cálidas, después de las grandes heladas, los sacerdotes salieron de la villa y desenterraron el dios gritando que había resucitado, después de lo cual Babilonia se convirtió en una plaza de fiesta ruidosa y animada; las calles desbordaban de gente bien vestida y la plebe saqueaba las tiendas y metía más bullicio que los soldados a punto de marcha. Las mujeres y muchas muchachas iban al templo de Ishtar para ganar el dinero de su dote y cualquiera podía divertirse con ellas, porque no era considerado una cosa infamante. El último día de la fiesta era la jornada del falso rey.
Me había ya acostumbrado a muchas cosas de Babilonia, pero a pesar de todo, quedé atónito cuando vi la guardia del rey penetrar, todos borrachos, al alba, en el "Pabellón de Ishtar» y forzando las puertas golpeaban a los huéspedes con el asta de su lanza gritando con toda la fuerza de sus pulmones:
– ¿Dónde se esconde nuestro rey? Devolvednos nuestro rey, porque el día va a amanecer y tiene que administrar la justicia al pueblo.
El escándalo era espantoso, se encendían las lámparas, la servidumbre del albergue corría por los alrededores. Kaptah creyó que había estallado una revuelta y se escondió bajo mi cama, pero yo salí al encuentro de los soldados, desnudo bajo mi manto y les pregunté:
– ¿Qué queréis? Guardaos mucho de ofenderme, porque soy Sinuhé el egipcio, Hijo de Onagro y habéis sin duda oído pronunciar mi nombre. Gritando, respondieron:
– Si eres Sinuhé, es a ti a quien buscamos.
Me arrancaron mi manto y comenzaron a examinarme con sorpresa, porque no habían visto nunca a un hombre circunciso. Y dijeron: -¿Podemos dejarlo en libertad? Es un peligro para nuestras mujeres, que son curiosas de toda novedad.
Y decían también:
– Verdaderamente no habíamos visto nada tan extraño desde el día en que nos llegó de las islas del mar caliente un hombre negro de pelo rizado que se había pasado por el miembro viril un hueso con un cascabel para gustar a las mujeres.
Después de haberse burlado de mí a sus anchas, me soltaron diciéndome: -Cesa ya de hacernos perder tiempo y entréganos a tu esclavo, porque tenemos que llevárnoslo a palacio, porque es la jornada del falso rey y el rey quiere que lo llevemos a palacio.
Al oír estas palabras, Kaptah empezó a temblar con tanta fuerza que sacudió la cama de manera que los soldados lo vieron y se apoderaron de él lanzando gritos de triunfo e inclinándose ante él. Y decían:
– Es para nosotros un día de gran alegría, porque hemos encontrado a nuestro rey, que había huido para esconderse, pero ahora nuestros ojos son felices al verlo y esperamos que sabrá recompensarnos generosamente nuestra fidelidad.
Kaptah los miraba, aturdido, con los ojos desmesuradamente abiertos. Viendo su temor y su sorpresa, los soldados redoblaron sus risas y dijeron: -En verdad es el rey de los cuatro continentes y lo reconocemos por su rostro.
Se inclinaban delante de él mientras otros le arreaban puntapiés en el trasero para acelerar su marcha. Kaptah me dijo:
– En verdad que esta villa está corrompida y ha perdido el juicio y el pueblo está lleno de maldad; parece que nuestro escarabajo sea incapaz de protegerme. No sé si estoy de pie o de cabeza, o quizá duermo en esta cama y estoy soñando, porque todo esto no es más que un sueño. Sea como sea, tengo que seguirlos porque son fuertes, pero tú, oh, dueño mío, salva tu piel y descuelga mi cuerpo cuando lo hayan colgado en las murallas cabeza abajo, consérvalo y no dejes que lo arrojen al río.
Pero los soldados se reían a carcajadas al oírlo y se daban golpes en la espalda diciendo:
– Por Marduk, que no hubiéramos encontrado un mejor rey, porque su lengua no se traba al hablar.
Pero alboreaba ya y le dieron a Kaptah golpes con el asta de la lanza para hacerlo avanzar, y se marcharon con él. Yo me vestí rápidamente y me fui al palacio, donde nadie me impidió entrar, pero los patios y las antecámaras del palacio estaban atestadas de gente agitada. Por esto estaba convencido de que había estallado una revuelta en Babilonia y que la sangre no tardaría en correr por las calles antes de que las tropas regresaran de las provincias.
Una vez llegado a la gran sala del palacio, vi que Burraburiash estaba sentado en su trono de baldaquino sostenido por patas de león y que llevaba el vestido real y sus emblemas. A su alrededor estaban agrupados los sumos sacerdotes de Marduk y sus consejeros y dignatarios. Pero los soldados, sin ocuparse de él, arrastraron a Kaptah delante del trono. Súbitamente reinó el silencio, pero Kaptah comenzó a gemir.