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– ¡Llevaos pronto a este cochino animal, si no renuncio a todo y me voy! Pero en el mismo instante la luz del sol que se elevaba entró por los ventanales y todo el mundo comenzó a gritar:

– ¡Tiene razón! Llevaos a esta bestia, porque estamos asqueados de este chiquillo imberbe. Pero este hombre es sabio y por esto lo consagramos rey a fin de que nos pueda gobernar.

No daba crédito a mis ojos cuando los vi lanzarse sobre el rey de una manera violenta, pero riéndose, y arrancarle las insignias reales y el traje, de manera que el rey quedó pronto casi desnudo. Le pellizcaban los brazos y le palpaban los muslos y se burlaban de él diciendo:

– Bien se ve que está apenas desmamado y su boca huele todavía a leche materna. Por esto pensamos que es hora de que las mujeres del gineceo puedan divertirse un poco, y este farsante de Kaptah, el egipcio, será seguramente un buen caballero para ellas.

Burraburiash no ofreció la menor resistencia, se reía también, y su león, asustado, se retiró a un rincón con la cola entre las piernas.

Yo ya no sabía si estaba de pie o sobre la cabeza, porque abandonaron al rey para correr hacia Kaptah y poniéndole los hábitos reales le forzaron a tomar los emblemas del poder y lo instalaron en el trono y, postrándose delante de él, besaron el suelo a sus pies. El primero en arrastrarse hacia él fue Burraburiash, desnudo como un gusano, que gritó:

– Es justo. Que sea nuestro rey; no podíamos encontrar uno mejor. Todo el mundo se levantó y aclamó a Kaptah, retorciéndose de risa y apretándose los ijares.

Kaptah, con los ojos asombrados, observaba todo aquello y sus cabellos se erizaban bajo la corona real que habían puesto de través en su cabeza. Pero acabó enfadándose y con una voz fuerte que imponía silencio, gritó:

– Todo esto debe de ser una pesadilla que este maldito mago me hace ver, como ocurre algunas veces. No tengo el menor deseo de ser vuestro rey; preferiría ser el rey de los babuinos o de los cerdos. Pero si verdaderamente queréis que sea vuestro rey no puedo hacer nada, porque sois demasiado numerosos. Por esto os pregunto francamente si soy, en efecto, vuestro rey o no.

Y todos a la vez gritaron:

– Eres nuestro rey y el dueño de los cuatro continentes. ¿No lo sientes y lo comprendes, imbécil?

Después se inclinaron de nuevo y uno de ellos se revistió con una piel de león y se agazapó delante de él y rugió estremeciéndose cómicamente.

Kaptah reflexionó un instante y dijo:

– Si verdaderamente soy rey vale la pena mojar el acontecimiento. Traed pronto vino, esclavos, si es que hay; si no, mi bastón bailará sobre vuestras espaldas y os haré colgar en los muros, puesto que soy rey. Traed mucho vino, pues estos amigos que me han elegido rey quieren beber a mi salud y quieren nadar en vino hasta el cuello.

Estas palabras suscitaron una viva alegría y una multitud animada lo escoltó hasta la gran sala donde estaban servidos manjares y vinos excelentes y variados. Cada cual se sirvió a su antojo y Burraburiash se tapó con un delantal de esclavo y corrió por entre las piernas de la gente, vertiendo las copas y las salsas sobre las ropas de los invitados y todos gritaban contra él y le arrojaban huesos mondos. En todos los patios del palacio se ofrecía comida y bebida al pueblo y se distribuían bueyes enteros y corderos y se podía sacar vino y cerveza de los cuencos de arcilla y llenarse la panza de papilla de trigo con leche y dátiles dulces, de manera que cuando el sol estuvo alto en el cielo, en el palacio reinaba un escándalo, una confusión y un desconcierto tan grande como jamás se hubiera creído posible. En cuanto pude me acerqué a Kaptah y le susurré al oído:

– Kaptah, sígueme, vamos a ocultarnos y huir, porque todo esto no traerá nada bueno.

Pero había bebido vino, tenía la panza repleta, de manera que me contestó:

– Tus palabras son un zumbido de moscas en mis oídos y en mi vida he oído nada más estúpido. ¿Marcharme cuando este pueblo simpático acaba de nombrarme su rey y todo el mundo se inclina delante de mí? Es el escarabajo, lo sé, el que me procura este honor, así como mis cualidades que este pueblo ha sabido apreciar al fin en su justo valor. A mi modo de ver no es conveniente que sigas llamándome Kaptah como a un esclavo y hablándome tan familiarmente, sino que debes inclinarte ante mí como los demás.

– Kaptah, Kaptah, esto no es más que una farsa que pagarás muy caro. Huye mientras es tiempo todavía y te perdonaré tu desfachatez.

Pero él se secó su boca grasienta y me amenazó con un hueso de asno que estaba royendo.

Gritó:

– Llevaos a este inmundo egipcio antes de que me enfade y haga danzar mi bastón sobre sus espaldas.

Entonces el hombre disfrazado de león se arrojó sobre mí rugiendo y me mordió en el muslo, me derribó y me arañó la cara. Yo no estaba tranquilo, pero afortunadamente en aquel momento sonaron las trompetas y se anunció que el rey iba a dictar justicia al pueblo y me olvidaron.

Kaptah quedó un poco desconcertado cuando lo llevaron a la casa de la Justicia y declaró que se entregaba enteramente en manos de los jueces del país. Pero el pueblo protestó con gritos:

– Queremos ver la prudencia del rey para estar seguros de que es realmente nuestro rey y que conoce las leyes.

Así fue como Kaptah fue izado en el trono de la justicia y le pusieron en la mano los emblemas, el látigo y las esposas y se invitó al pueblo a presentarse y exponer sus asuntos al rey. El primero que se arrojó a los pies de Kaptah fue un hombre que había desgarrado sus vestiduras y se había derramado ceniza sobre los cabellos. Se postró llorando y gritando a los pies de Kaptah y dijo:

– Nadie tiene la sabiduría de nuestro rey, dueño de los cuatro continentes. Por esto invoco su justicia y he aquí el asunto que me trae. Tengo una mujer que tomé hace cuatro años y no tenemos hijos, pero ahora está embarazada. Ayer me enteré de que mi mujer me engañaba con un soldad; los he sorprendido en flagrante delito, pero el soldado es alto y fuerte, de manera que no he podido hacerle nada y ahora mi hígado está lleno de pena y de duda porque, ¿cómo saber si el niño que tiene que nacer es hijo mío o del soldado? Por esto pido justicia al rey y quiero saber con certeza de quién es el hijo, para obrar en consecuencia.

Kaptah lanzó unas miradas de angustia a su alrededor, pero acabó por decir con aplomo:

– Coged unos palos y apalead a este hombre para que se acuerde de este día.

Los alguaciles cogieron al hombre y lo apalearon y el hombre gritó y se dirigió al pueblo, gritando:

– ¿Es justo eso?

Y el pueblo murmuraba también y exigió explicaciones. Y entonces Kaptah habló:

– Este hombre ha merecido una paliza en primer lugar porque me molesta por una tontería. Pero, además, a causa de su estupidez, porque, ¿se ha oído jamás hablar de un hombre que dejando su campo inculto venga a quejarse de que otro lo siembre por pura bondad y le ceda la cosecha? Y no es culpa de la mujer que se dirija a otro hombre, sino del marido, puesto que no ha sabido dar a su mujer lo que ésta desea, y también por esto este hombre merece ser apaleado.

Al oír estas palabras el pueblo lanzó grandes gritos de júbilo y elogió altamente la cordura del rey. Y entonces un grave anciano se acercó y dijo:

– Delante de esta columna donde está grabada la ley y delante del rey pido justicia para mi caso, que es el siguiente: Me he hecho construir una casa en la esquina de una calle, pero el contratista me ha engañado, de manera que se ha venido abajo matando a un transeúnte al caer. Ahora los parientes de la víctima me reclaman una indemnización. ¿Qué debo hacer? Después de haber reflexionado, Kaptah dijo:

– Es un asunto complicado que merece reflexión, y a mi juicio concierne más a los dioses que a los hombres. ¿Qué dice la ley a este respecto? Los juristas avanzaron, leyeron la columna de la ley y se explicaron de esta forma: