– ¿Dónde se ha ido, pues, nuestra monada, nuestra joya, nuestro cabrón que estamos esperando desde el alba?
Una gruesa negra, cuyos pechos caían lacios y negros sobre el vientre, se había desnudado para ser la primera en recibir a Kaptah, y gemía:
– ¡Devuélveme a mi encanto para que lo estreche contra mi pecho! ¡Devuélveme a mi elefante para que pase su trompa alrededor de mi cintura! Pero con aire preocupado, los eunucos me dijeron:
– No te inquietes por estas mujeres, porque estaban encargadas de divertir al falso rey y se han alegrado el hígado con vino esperándolo. Pero tenemos verdaderamente necesidad de un médico, porque la muchacha que trajeron ayer se ha vuelto loca y es más fuerte que nosotros y nos da de puntapiés, de manera que no sabemos qué va a ocurrir, porque ha encontrado un cuchillo y está verdaderamente furiosa.
Me condujeran al patio del harén, que relucía bajo el sol con todo el brillo de sus azulejos de colores. En el centro había un surtidor en el que unos animales marinos esculpidos vertían agua. Allí se había refugiado la muchacha furibunda; los eunucos habían desgarrado sus ropas al tratar de dominarla y estaba muy mojada por haber nadado en el surtidor y el agua caía en torno de ella. Pero, para no caerse, estaba agarrada con una mano al morro de un delfín que arrojaba agua y con la otra esgrimía un cuchillo. El agua se agitaba y los eunucos gritaban, de manera que yo no podía entender las palabras de la muchacha. Era, ciertamente, bella, pese a que sus ropas estuviesen desgarradas y sus cabellos en desorden, pero adopté una actitud tranquila y dije a los eunucos.
– Largaos de aquí a fin de que pueda hablarle y calmarla, y detened los chorros de agua, para poder oír lo que grita.
Cuando el ruido del agua hubo cesado oí que cantaba en una lengua extranjera que no comprendía. Cantaba con la cabeza erguida y los ojos verdes y brillantes como los de un gato, y sus mejillas estaban rojas de excitación, de manera que la apostrofé vivamente:
– Deja de maullar, gata vieja, tira tu cuchillo y ven aquí para que podamos hablar y te cure, porque estás seguramente loca.
La muchacha dejó de cantar y me contestó en lengua babilónica todavía peor que la mía:
– Salta al agua, babuino, y ven aquí a que te hunda el cuchillo en el hígado, porque estoy furiosa.
Yo le grité:
– No quiero hacerte ningún daño. Y ella respondió:
– Muchos hombres me han dicho lo mismo para enmascarar sus malvadas intenciones, pero yo estoy consagrada a un dios para bailar delante de él. Por esto tengo este cuchillo, y antes le haré beber mi sangre que permitir que un hombre me toque, especialmente este diablo tuerto que parece más un cuero hinchado que un ser humano.
– Así que eres tú quién ha golpeado al rey, ¿verdad? -pregunté. Y ella respondió:
– Le he golpeado en un ojo y he abierto las fuentes de la sangre de su nariz con mi babucha, y estoy orgullosa de mi acto, porque ni aun un rey me tocará, puesto que estoy destinada a bailar delante de un dios.
– Baila cuanto quieras, locuela -le dije-. No es cosa mía, pero vas a dejar este cuchillo, con el que podrías hacerte daño, y sería una lástima, porque los eunucos me han dicho que el rey ha pagado por ti una fuerte suma en el mercado de esclavos.
Y ella respondió:
– No soy ninguna esclava; he sido traidoramente raptada, como puedes adivinarlo si tienes ojos en la cara. Pero, ¿no hablas ninguna lengua que esta gente no entienda? He visto a algunos eunucos ocultarse detrás de las columnas para espiar nuestras palabras.
– Soy egipcio -le dije en esta lengua-, y mi nombre es Sinuhé, El que es solitario, el Hijo de Onagro. Soy médico, de manera que no tienes nada que temer de mí.
Entonces se echó al agua y nadó vigorosamente hacia mí con el cuchillo en la mano y se tendió delante de mí, diciendo:
– Sé que los egipcios son débiles y no hacen nunca daño a las mujeres, a menos que ellas lo deseen. Por esto tengo confianza en ti y espero me perdonarás que no deje el cuchillo, porque es probable que esta noche tenga que abrirme las venas para no ser deshonrada delante de mi dios. Pero si eres temeroso de los dioses y quieres mi bien, sálvame y sácame de este país, pese a que no pueda recompensarte como te mereces, porque no debo entregarme a ningún hombre.
– No tengo el menor deseo de tocarte -le dije-. Sobre este punto puedes estar tranquila. Pero tu locura es grande de querer salir del real harén, donde estarías bien alimentada y recibirías cuanto tu corazón anhelase.
– Hablas de comida y ropas porque no entiendes nada de nada -dijo lanzándome una mirada de irritación-. Y cuando afirmas no quererme tocar, me ofendes. Estoy ya acostumbrada a que los hombres me deseen y lo he leído en sus ojos y oído en su respiración durante mis danzas. Lo he visto mejor aún en el mercado de esclavas, cuando los hombres babeaban delante de mi desnudez cuando pedían a los eunucos que comprobasen si era virgen. Pero podremos hablar de todo esto más tarde si quieres, porque, ante todo, tienes que sacarme de aquí y ayudarme a huir de Babilonia.
Su aplomo era tan grande que yo no sabía qué decirle, y por fin respondí, bruscamente:
– No tengo la menor intención de ayudarte a huir, porque esto sería un crimen contra el rey, que es mi amigo. Debo decirte también que el pellejo hinchado que has visto aquí no es más que el falso rey que reina solamente hoy, y mañana el verdadero querrá verte. Es un muchacho joven, de complexión agradable, y te espera mucho placer con él cuando te hayas calmado un poco. No creo que el poderío de tu dios se extienda hasta aquí, de manera que no tienes nada que perder al someterte a la necesidad. Por esto tendrías que renunciar a tus chiquilladas y darme el cuchillo.
Pero ella dijo:
– Mi nombre es Minea. Puesto que quieres ocuparte de mí toma el cuchillo que me ha protegido hasta ahora; te lo doy porque sé que a partir de ahora serás tú quien me protegerá y que no me engañarás, sino que me sacarás de este cochino país.
Me sonrió, tendiéndome el cuchillo, pese a mis denegaciones. -¡No quiero tu cuchillo, locuela!
Minea no quería volver a cogerlo y me miraba sonriendo por entre sus cabellos mojados, de manera que acabé marchándome contrariado, con el cuchillo en la mano. Porque me había dado cuenta de que era mucho más hábil que yo y al darme el cuchillo me había ligado a su suerte, de manera que yo no podía abandonarla.
A mi salida del gineceo, Burraburiash me preguntó con viva curiosidad qué había pasado.
– Tus eunucos han hecho un mal negocio -le dije-, porque Minea, la muchacha que han comprado para ti, está furiosa y no quiere entregarse a un hombre, porque su dios se lo prohíbe. Por esto harías mejor en dejarla en paz hasta que se haya puesto razonable.
Pero Burraburiash se rió alegremente y dijo:
– En verdad que encontraré mucho placer con ella, porque conozco estas muchachas y no se doman más que a bastonazos. Soy todavía joven e imberbe. Por esto me fatigo divirtiéndome con una mujer y hallo mucho mayor placer contemplándolas y escuchándolas mientras mis eunucos las golpean con sus delgados juncos. Esta pequeña recalcitrante me proporcionará tanto mayor placer cuanto que tendré un motivo para hacerla fustigar por mis eunucos, y en verdad te juro que la próxima noche su piel estará tan hinchada que no podrá dormir sobre su espalda y mi placer será tanto más grande.
Se alejó frotándose las manos y riéndose como una mujer. Viéndole alejarse, comprendí que ya no era mi amigo.
6
Después de aquello fui incapaz de reír ni divertirme, pese a que el palacio estuviese lleno de una muchedumbre jocosa que bebía vino y cerveza y se divertía con todas las extravagancias que Kaptah inventaba sin cesar, porque había olvidado su desventura del gineceo y habiéndole puesto un trozo de carne cruda sobre el ojo no tenía daño ya. Pero yo estaba atormentado sin saber por qué.