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Me decía que tenía muchas cosas que aprender todavía en Babilonia, puesto que mis estudios sobre el hígado de cordero no estaban acabados y no sabía todavía verter el aceite sobre el agua como lo hacían los sacerdotes. Si me conservaba en buenas relaciones con él, Burraburiash, a cambio de mis cuidados y mi amistad, me daría seguramente generosos regalos cuando me fuera. Pero cuanto más reflexionaba, más me obsesionaba Minea, cualquiera que fuese su extravagancia, y pensaba también en Kaptah, que tenía que perecer aquella noche por un estúpido capricho del rey, que, sin consultarme, lo había designado como falso rey a pesar de que fuese mi servidor.

Así endurecía mi corazón diciéndome que Burraburiash había abusado de mí, de manera que estaría justificado devolviéndole la misma moneda, pese a que mi corazón me decía que de esta manera violaría todas las leyes de la amistad. Pero era extranjero y solo, y nada me ligaba a él. Por esto, por la tarde, fui a la ribera del río y alquilé una barca de diez remeros y les dije:

– Esta es la jornada del falso rey y sé que estáis borrachos de cerveza y alegría y que vacilaréis en salir. Pero os daré doble paga porque mi tío ha muerto y debo llevar su cadáver entre los de sus antepasados. El viaje será largo, porque nuestra tumba de familia se encuentra cerca de la frontera de Mitanni.

Los remeros murmuraron, pero yo les procuré dos barriles de cerveza y les dije que podían beber hasta la puesta del sol a condición de que estuviesen a punto de partir a la caída de la noche. Pero ellos protestaron diciendo:

– No remaremos de noche, porque las tinieblas están llenas de temibles diablillos que lanzan gritos espantosos y quizá vuelquen nuestra barca y nos maten.

Pero yo les dije:

– Voy a sacrificar al templo para que no nos ocurra nada malo y el sonido de todo el dinero que os daré al final del viaje os impedirá seguramente oír los aullidos de los demonios.

Fui a la Torre, donde sacrifiqué un cordero, y había poca gente en los patios porque toda la villa estaba agrupada alrededor del palacio. Examiné el hígado del cordero, pero estaba tan distraído que no vi nada de particular, observé solamente que era mayor que de ordinario y olía muy fuerte, de manera que me sentí invadido de malos pensamientos. Recogí la sangre en la bolsa de cuero y me la llevé a palacio. A mi entrada en el harén una golondrina voló sobre mi cabeza, lo cual reanimó mi corazón y me reconfortó, porque era un pájaro de mi país y me daría suerte.

Dije a los eunucos:

– Dejadme solo con esta mujer loca a fin de que pueda exorcizar a los demonios.

Me obedecieron conduciéndome a una pequeña habitación, donde expliqué a Minea lo que debía hacer y le entregué su puñal y la bolsa de sangre. Me prometió seguir mis instrucciones y la dejé, diciendo a los eunucos que nadie debía molestarla, porque le había dado un remedio para expulsar el demonio y éste podría meterse en el cuerpo de toda persona que abriese la puerta sin permiso. Y me creyeron sin discutir.

El sol iba a ocultarse y la luz era roja en todas las habitaciones de palacio. Kaptah comía y bebía servido por Burraburiash, que se reía como un chiquillo. El suelo estaba cubierto de charcos de vino en los que yacían los hombres, nobles y villanos, que dormían la borrachera. Yo le dije a Burraburiash:

– Quiero asegurarme de que la muerte de Kaptah será dulce, porque es mi servidor y soy responsable de él.

Y él me dijo:

– Date prisa, porque vierten ya el veneno en el vino y tu servidor morirá a la puesta del sol, como es costumbre aquí.

Fui a encontrar al médico del rey y me creyó cuando le dije que el rey me había encargado que mezclara yo mismo el veneno.

– Será mejor que me remplaces tú entonces -dijo-, porque mis manos tiemblan y mis ojos están húmedos. Es que he vaciado muchas copas y tu servidor nos ha divertido de una manera prodigiosa.

Vertí en el vino jugo de adormidera, pero no lo suficiente para producir la muerte. Llevé la copa a Kaptah y le dije:

– Kaptah, es posible que no volvamos a vernos nunca más, porque tu dignidad se te ha subido a la cabeza y mañana no me reconocerás ya. Vacía, pues, esta copa a fin de que a mi regreso a Egipto pueda contar que soy amigo del dueño de los cuatro continentes. Al vaciarla debes saber que no pienso más que en tu bien, pase lo que pase, y acuérdate de nuestro escarabajo.

Y Kaptah dijo:

– Las palabras de este egipcio serían un zumbido de moscas en mis oídos si no estuviesen ya llenos del murmullo del vino, de manera que no oigo lo que me dice. Pero no he escupido nunca en una copa de vino, como he tratado hoy de demostrarlo a mis súbditos que me gustan mucho. Vaciaré, pues, esta copa, pese a que mañana los asnos salvajes me pisotearán la cabeza.

Bebió y al mismo tiempo el sol se puso y trajeron las lámparas y todo el mundo se levantó y un gran silencio se extendió por el palacio. Kaptah se quitó la corona real y dijo:

– Esta maldita corona me destroza el cráneo y estoy harto de ella. Mis piernas se entumecen y mis párpados pesan como el plomo; es el momento de dormir. Tiró del pesado mantel y se cubrió con él, derribando las copas y los jarros, de manera que nadaba verdaderamente en vino como había prometido por la mañana. Pero los servidores lo desnudaron y pusieron a Burraburiash las vestiduras manchadas de vino y, devolviéndole la corona y los emblemas de su realeza, lo llevaron al trono.

– Esta jornada ha sido muy cansada -dijo el rey-, pero he observado, no obstante, a algunas personas que no me han demostrado suficiente consideración durante la farsa, esperando probablemente que me ahogaría bebiendo caldo caliente. Echad, pues, a palos a todos estos borrachos y barred la sala, y, en cuanto haya muerto, meted en una jarra al payaso éste, del que ya estoy cansado.

Se volvió a Kaptah de espaldas y el médico lo palpó con sus temblorosas manos de borracho y dijo:

– Este hombre está realmente muerto.

Los servidores trajeron una gran ánfora de arcilla como aquellas en que los babilonios entierran a sus muertos, y metiendo a Kaptah dentro la cerraron. El rey dio orden de llevarlo a los sótanos de palacio entre los precedentes falsos reyes, pero entonces yo dije:

– Este hombre es egipcio y circunciso como yo. Por esto tengo que embalsamarlo y proveerlo de todo lo necesario para el viaje al país del Poniente a fin de que pueda comer y beber y divertirse después de su muerte sin hacer nada. Este trabajo dura treinta o setenta días, según el rango del difunto en vida. Para Kaptah, creo que treinta días serán suficientes, porque no era más que un servidor. Después de este plazo te devolveré el cuerpo a fin de que sea depositado al lado de los anteriores falsos reyes en los sótanos del palacio.

Burraburiash me escuchó con curiosidad y dijo:

– De acuerdo, pese a que crea que tu trabajo es cosa perdida, porque un hombre muerto permanece acostado y su espíritu va errante por todas partes con inquietud y se alimenta de los desperdicios arrojados en las calles, a menos que sus parientes guarden su cuerpo en un jarro de arcilla, a fin de que su espíritu reciba su parte de las comidas. Es la suerte de todos, salvo la mía, porque soy el rey y los dioses me acogerán después de mi muerte, de manera que no tengo que ocuparme de mi comida ni de mi cerveza después de muerto. Pero obra a tu antojo, puesto que es la costumbre de tu país.

Hice llevar la jarra a una litera que había dejado delante del palacio, pero antes de marcharme dije al rey:

– Durante treinta días no me verás, porque mientras dura el embalsamamiento debo permanecer sin mostrarme a nadie a fin de no infectarlo con los miasmas que trasciende el cadáver.

Burraburiash se echó a reír y dijo:

– Sea como tú quieras, y si apareces por aquí mis servidores te echarán a palos a fin de que no introduzcas malos espíritus en mi palacio.

Y en la litera agujereé la arcilla de la jarra que estaba blanda todavía, a fin de que Kaptah pudiese respirar. Después volví a entrar secretamente en el palacio y penetré en el harén, donde los eunucos se sintieron felices al verme, porque temían la llegada del rey.