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Kaptah cerró los ojos y reflexionó un buen rato; después dijo:

– ¡Oh, dueño mío! No quiero beber vino nunca más, porque el vino y el sueño me han arrastrado a aventuras que no podría contarte. Pero puedo, sin embargo, decirte que por la gracia del escarabajo me imaginaba ser rey y rendir justicia y fui incluso al harén real y me divertí con una linda muchacha. Y tuve, además, muchas otras aventuras, pero no tengo ya fuerzas para pensar en ellas, porque me duele la cabeza y serías bien misericordioso si me dieses el remedio que los borrachos de esta maldita Babilonia usan al día siguiente.

Y entonces Kaptah vio a Minea y desapareció dentro de la jarra, diciendo con voz plañidera:

– ¡Oh dueño mío, no estoy bien o sueño, porque creo ver allá a la muchacha que encontré en el real harén! ¡Que el escarabajo me proteja, porque creo perder la razón!

Se tocó su ojo tumefacto y comenzó a llorar tristemente. Pero Minea se acercó a la jarra y agarrando la pelambrera de Kaptah le sacó la cabeza fuera diciendo:

– ¡Mírame! ¿Soy yo la mujer con la cual te has divertido la noche pasada? Kaptah le dirigió una mirada temerosa, cerró los ojos y dijo, gimiendo: -Que los dioses de Egipto tengan piedad de mí y me perdonen haber adorado a los dioses extranjeros, pero eres tú, y debes perdonarme, porque era un sueño.

Minea se quitó la babucha y le dio golpes en la cara diciendo:

– He aquí tu castigo por tu sueño indecente, a fin de que sepas que ahora estás despierto.

Pero Kaptah redoblaba sus gritos diciendo:

– En verdad que no sé ya si duermo o estoy despierto, porque he sufrido el mismo castigo durante mi sueño cuando esta espantosa mujer se ha arrojado sobre mí en el harén.

Lo ayudé a salir de la jarra y le di un remedio amargo para purgarlo y le até una cuerda a la cintura para sumergirlo a pesar de sus gritos y lo dejé agitarse en el agua para disipar su borrachera de vino y adormidera. Cuando lo saqué del agua lo perdoné y le dije:

– Que sea esto una lección por tu desvergüenza conmigo, que soy tu dueño. Pero debes saber que cuanto has soñado es verdad y sin mí reposarías ahora en esta jarra al lado de los demás falsos reyes.

Y le conté lo ocurrido, pero tuve que repetírselo varias veces para que se convenciera. Para terminar, dije:

– Nuestra vida está en peligro y no tengo ganas de reír, porque tan cierto como estamos en esta barca, que colgaremos de las murallas de la villa, con la cabeza abajo, si el rey nos echa la garra, y podrá infligirnos suplicios peores todavía. Por esto toda buena idea es preciosa, puesto que nuestros remeros han desaparecido y eres tú, Kaptah, quien tiene que encontrar un medio de llevarnos sanos y salvos hasta el país de Mitanni.

Kaptah se rascó la cabeza y reflexionó largo rato. Después, dijo:

– Si he comprendido bien tus palabras, todo lo que me ha ocurrido es verdad y no he soñado y el vino no me ha jugado una mala pasada. Por esto esta jornada es feliz, porque puedo beber vino sin preocupaciones para aclararme las ideas cuando creía ya que nunca más podría saborear este néctar.

Y con estas palabras se metió bajo el tenderete, rompió el sello de una de las jarras y bebió largamente alabando a todos los dioses de Egipto y Babilonia cuyos nombres citaba, y alabando también a los dioses desconocidos cuyos nombres ignoraba. A cada nombre de dios, levantaba la jarra, y finalmente se desplomó sobre la alfombra y comenzó a roncar con una voz sorda como un hipopótamo.

Yo estaba tan furioso por su conducta que me disponía a arrojarlo al agua cuando Minea dijo:

– Este Kaptah tiene razón, porque a cada día le basta su pena. ¿Por qué no beber vino para alegrarnos en este rincón al que la corriente nos ha traído, porque la campiña es bella y los cañaverales nos dan sombra y las cigüeñas gritan en los juncales? Veo también los patos volar con el cuello tendido para ir a construir sus nidos; el agua brilla verde y amarilla bajo el sol y mi corazón se siente ligero como un pájaro liberado de su cautiverio.

– Puesto que los dos estáis locos, ¿por qué no lo estaría yo también? Porque, en verdad, me da igual que mi piel se seque mañana en las murallas o dentro de diez años, porque todo está escrito en las estrellas desde antes de nuestro nacimiento, como me lo han enseñado los sacerdotes de la Torre. El sol brilla deliciosamente y el trigo verdea en las riberas. Por esto quiero nadar en el río y coger peces con la mano, como en mi infancia, porque este día es tan bueno como otro.

Y nadamos en el río y el sol secó nuestras ropas y después bebimos y comimos y Minea ofreció una libación a su dios y bailó delante de mí en la barca, de manera que yo me quedé sin aliento. Y por esto le dije:

– Una sola vez en mi vida he llamado a una mujer ‹mi hermana›, pero sus brazos fueron para mí como un horno ardiente y su cuerpo era como un desierto árido. Por esto te suplico, Minea, líbrame del sortilegio en que me tienen sujeto tus miembros y no me mires con estos ojos que son como el claro de luna en el espejo del río, porque de lo contrario te llamaría ‹.mi hermana› y también tú me llevarías por el camino del crimen y de la muerte, como aquella maldita mujer.

Minea me miró con aire sorprendido y dijo:

– Has frecuentado, verdaderamente, extrañas mujeres, Sinuhé, para hablar conmigo de esta forma, pero quizás en tu país las mujeres son así. Pero no tengo la menor intención de seducirte, como pareces temer. En efecto, mi dios me ha prohibido entregarme a ningún hombre, y si lo hago tendría que morir.

Cogió mi cabeza entre sus manos y la puso sobre sus rodillas y, acariciándome el cabello y las mejillas, dijo:

– Eres verdaderamente malvado para hablar de esta forma de las mujeres, porque si bien las hay que envenenan los pozos, otras son como un manantial en el desierto o el rocío sobre un prado seco. Pero pese a que tu cabeza sea espesa y limitada y que tus cabellos sean negros y recios, tengo con gusto tu cabeza sobre mis rodillas, porque en ti, en tus brazos y en tus ojos, se oculta una fuerza que me gusta deliciosamente. Por esto estoy desconsolada por no poder entregarme a ti como lo deseas, y estoy desconsolada no solamente por ti, sino también por mí, si esta confesión impúdica puede alegrarte.

El agua corría verde y amarilla a ambos lados de la barca y yo tenía cogidas las manos de Minea, que eran firmes y bellas. Como un ahogado me agarraba a sus manos y contemplaba sus ojos, que eran como un claro de luna sobre el río, cálidos como una caricia, y le dije:

– ¡Minea, hermana mía! En el mundo hay muchos dioses y cada país posee el suyo, el número de dioses es infinito y yo estoy saciado de todos los dioses que los hombres inventan sólo por temor, según lo que creo. Por esto debes renunciar a tu dios, porque sus exigencias son crueles e inútiles Y sobre todo crueles hoy. Yo te llevaré a un país al que no alcanza el poderío de tu dios; aunque tuviéramos que ir al fin del mundo y comer hierba y pescado seco en el país de los bárbaros y pasar las noches en los cañaverales hasta el fin de nuestros días.

Pero ella apartó la mirada y dijo:

– Adondequiera que vaya, el poder de mi dios me alcanza y deberé morir si me doy a un hombre. Hoy, al mirarte, creo que quizá mi dios es cruel Y exige un vano sacrificio, pero no puedo hacer nada y mañana todo será diferente cuando estés cansado de mí y me olvides, porque los hombres sois así.

En mí todo ardía por ella como si mi cuerpo hubiese sido un montón de cañas abrasadas por el sol y bruscamente encendidas por una tea.

– Tus palabras son vanos pretextos y sólo quieres atormentarme, como es costumbre en las mujeres, para gozar de mis penas.