Выбрать главу

Sin pedirnos permiso, se asoció a nuestra comida y se tragó algunos pájaros cocidos en un recipiente de arcilla, escupiendo los huesos al río. Pero al volver a verlo recordé nuestra situación, que era espantosa, y le dije:

– Mochuelo borracho, hubieras debido ayudarnos con tus consejos y sacarnos de apuros a fin de que dentro de poco no pendamos los tres boca abajo de las murallas, y en lugar de esto te has emborrachado para revolcarte como un cerdo por el fango. Dinos pronto qué podemos hacer, porque seguramente los soldados del rey están ya buscándonos.

Pero Kaptah no se atolondró y dijo:

– Había creído comprender que el rey no te espera antes de treinta días y que te arrojaría a bastonazos si aparecías antes de la expiración de este plazo. Por esto, a mi juicio, no hay prisa, pero si los portadores han denunciado tu huida o si los eunucos han enredado las cosas en el harén, todos nuestros esfuerzos serán inútiles. Pero conservo confianza en el escarabajo, y, a mi juicio, has hecho mal en darme este brebaje de adormidera que me ha puesto la cabeza como si un sastre me hubiese picado con su aguja, porque si no hubieses precipitado de esta forma las cosas, Burraburiash hubiera podido ahogarse con un hueso o caer y romperse la nuca, de manera que yo sería ahora rey de Babilonia y dueño de los cuatro continentes y no tendríamos nada que temer. Tal es mi fe en el escarabajo, que te perdono, sin embargo, porque eres mi dueño y no has podido obrar mejor. Y te perdono también haberme encerrado en una jarra de arcilla donde a poco me ahogo, lo cual es una ofensa a mi dignidad. Pero, a mi juicio, lo más urgente era curarme la cabeza, a fin de poder darte buenos consejos, porque esta mañana hubieras podido sacarlos mejor de una raíz podrida que de mi cabeza. En cambio, en este momento estoy dispuesto a poner a tu disposición todo mi ingenio, porque sé muy bien que sin mí serías como un cordero descarriado que llora a su madre.

Puse fin a sus sempiternas charlas preguntándole qué podíamos hacer para salir de Babilonia. Se rascó la cabeza y dijo:

– En verdad que nuestra barca es demasiado grande para que entre los tres podamos hacerla remontar la corriente y, además, los remos me estropean las manos. Por esto debemos bajar a tierra y robar dos asnos donde cargar nuestros equipajes. Para no llamar la atención nos vestiremos pobremente y regatearemos en las posadas y en los pueblos, y ocultarás que eres médico. Seremos una compañía de cómicos ambulantes que divierte a la gente por las noches en las eras de los pueblos, porque nadie maltrata a los cómicos y los bandoleros los juzgan indignos de ser saqueados. Tú leerás el porvenir en el aceite como has aprendido a hacerlo y yo contaré leyendas graciosas como las conozco hasta el infinito y Minea puede ganar su pan bailando. Pero debemos partir en seguida y si los remeros tratan de mandar a los guardias en nuestra persecución creo que nadie los creerá, porque hablarán de diablos desencadenados en jarras funerarias y de prodigios espantosos, de manera que los soldados y los jueces los mandarán al templo sin tomarse la molestia de escuchar sus extravagancias.

La tarde caía, de manera que había que darse prisa, porque Kaptah tenía seguramente razón al creer que los remeros dominarían su miedo e intentarían recuperar su barca, y eran diez contra nosotros. Por esto nos untamos con el aceite de los remeros y ensuciamos de barro nuestras ropas; después nos repartimos el oro y la plata ocultándolo en nuestros cinturones. En cuanto a mi caja de médico no quería abandonarla y la envolví en una alfombra que Kaptah tuvo que cargar sobre sus hombros pese a sus protestas. Abandonamos la barca en los cañaverales con comida abundante y dos jarras de vino, de manera que Kaptah pensaba que los remeros se contentarían con emborracharse sin preocuparse de perseguirnos. Una vez serenos, si se les ocurría dirigirse a los jueces, serían incapaces de explicar lo ocurrido.

Así salimos hacia las tierras cultivadas y alcanzamos la ruta de las caravanas, que seguimos durante toda la noche, y Kaptah blasfemaba a causa del paquete, que le aplastaba la nuca. Al alba llegamos a un poblado donde los habitantes nos recibieron bien y nos admiraron porque habíamos osado caminar toda la noche sin miedo a los diablos. Nos dieron papillas de leche, nos vendieron dos asnos y celebraron nuestra marcha, porque eran gente simple que no habían visto dinero sellado desde hacía dos meses, pues pagaban sus impuestos en trigo y ganado y vivían en cabañas de arcilla con sus animales.

Así, día tras día, avanzamos por los caminos de Babilonia, cruzándonos con mercaderes y apartándonos delante de las literas de los ricos. El sol tostaba nuestra piel y las ropas se iban haciendo andrajos, y dábamos representaciones en las eras de tierra apretada. Yo vertía el aceite en el agua y pronosticaba buenas cosechas y días felices, hijos varones y matrimonios ventajosos, porque sentía piedad de su miseria y no quería anunciarles desgracias. Me creían y se regocijaban. Pero si les hubiese dicho la verdad, les hubiera pronosticado preceptores crueles, bastonazos y jueces inicuos, el hambre, los años de miseria, fiebres durante la crecida del río, la langosta y los mosquitos, la sequía ardiente y el agua podrida en verano, el trabajo penoso y tras el trabajo la muerte, porque ésta era su vida. Kaptah les contaba leyendas de magos y princesas, y de países extranjeros donde la gente se paseaba con la cabeza bajo el brazo y se transformaba en lobos una vez al año, y la gente lo creía, lo respetaba y nos colmaba de vituallas. Minea bailaba delante de ellos, a fin de conservar su ligereza y su arte para su dios, y la admiraban diciendo:

– No hemos visto nunca nada parecido.

Este viaje me fue muy útil y aprendí a ver que los pobres son más caritativos que los ricos, porque creyéndonos pobres nos daban leche cuajada y pescado seco sin reclamar nada a cambio, por pura bondad. Mi corazón se compadecía de aquellos desgraciados a causa de su simplicidad y no podía evitar cuidar a los enfermos, abrirles sus abscesos y limpiar sus ojos, que hubieran perdido la vista sin mis cuidados. Y no pedía regalos a cambio de ello.

Pero no podría decir por qué obraba así aún a riesgo de hacernos reconocer.

Acaso mi corazón se sintiese enternecido a causa de Minea, a quien veía todos los días y cuya juventud calentaba mi cuerpo todas las noches en las eras que olían a paja y a estiércol. Quizá tratase de esta forma de hacerme propicios a los dioses por mis buenas obras, pero podía ser también que quisiera practicar mi arte para no perder mi habilidad manual y la precisión de mis ojos en el examen de mis enfermos. Porque cuanto más he vivido, más he comprobado que, haga lo que haga el hombre, obra por muchas causas que él ignora sin saber los móviles que lo empujan. Por esto todos los actos de los hombres son como polvo a mi pies, mientras no sé de ellos el objeto y la intención.

Durante el viaje nuestras pruebas fueron numerosas y mis manos se endurecieron y mis pies se curtieron; el sol me secó el rostro y el polvo me cegó, pero a pesar de todo, pensándolo después, este viaje por las rutas polvorientas de Babilonia fue bello, y no puedo olvidarlo, y daría mucho por poder volver a empezar tan joven, tan infatigable y tan curioso, como cuando Minea caminaba a mi lado, con los ojos brillantes como un claro de luna sobre el río. La muerte nos acompañó constantemente como una sombra, y no hubiera sido dulce si hubiésemos caído en manos del rey. Pero en aquellos tiempos lejanos no pensaba ni temía la muerte, pese a que la vida me fuese cara desde que tenía a Minea a mi lado y la veía danzar sobre las eras regadas a fin de evitar el polvo. Ella me hacía olvidar la vergüenza y los crímenes de mi juventud, y cada mañana, al despertarme el balido de los corderos, me sentía el corazón ligero como un pájaro, mientras veía el sol levantarse y navegar como una barca dorada por el firmamento azulado por la noche.

Acabamos llegando a las regiones fronterizas que habían sido saqueadas, pero los pastores, tomándonos por pobres, nos guiaron hacia el país de Mitanni evitando los guardias de los dos reinos. Llegados a una villa entramos en los almacenes para comprar vestidos, y nos lavamos y vestimos según nuestro rango para hospedarnos en una hostería de nobles. Como quedaba poco oro, estuve algún tiempo allí ejerciendo mi arte y tuve muchos clientes y practiqué muchas curaciones, porque los habitantes de Mitanni eran curiosos y aficionados a todo lo nuevo. Minea suscitaba también la curiosidad por su belleza y me ofrecieron a menudo comprármela. Kaptah se consolaba de sus penas y engordaba, y encontró muchas mujeres que fueron amables con él a causa de sus historias. Después de haber bebido en las casas de placer, contaba su jornada como rey de Babilonia y la gente se reía y golpeándose los muslos exclamaba: