– Jamás hemos oído a un embustero semejante! Su lengua es larga Y rápida como un río.
Así pasaron los días hasta el momento en que Minea comenzó a mirarme de una manera inquieta y a llorar por la noche.
Finalmente, le dije:
– Sé que echas de menos tu dios y tu país y que nos espera un largo viaje. Pero, por razones que no te puedo exponer, debo ir primero al país de Khatti, donde viven los hititas. Después de haber interrogado a los mercaderes, los viajeros y los hoteleros he recogido muchos informes que son a menudo contradictorios, pero creo que desde el país de Khatti podremos embarcar para Creta y, si lo quieres, te llevaré a la costa de Siria de donde parten cada semana los barcos para Creta. Pero me he enterado de que en breve saldrá una embajada para llevar el tributo anual de los mitannianos al rey de los hititas y con ella podremos viajar en seguridad y ver y conocer muchas cosas que ignoramos, y esta. ocasión no se me volverá a presentar hasta dentro de un año. No quiero, sin embargo, imponerte una decisión; tómala tú misma.
En mi corazón yo sabía que mentía, porque mi proyecto de visitar el país de los Khatti no estaba inspirado más que en el deseo de conservarla el mayor tiempo posible a mi lado, antes de verme obligado a entregarla a su dios.
Pero ella me dijo:
– ¿Quién soy yo para perturbar tus proyectos? Te acompañaré con gusto adonde vayas, puesto que me has prometido llevarme a mi país. Sé también que en la costa, en el país de los hititas, las muchachas y los adolescentes sueñan bailar delante de los toros, de manera que no debe de estar alejado de Creta. Y tendré también ocasión de entrenarme un poco, porque desde hace más de un año no he bailado delante de ningún toro y temo que me atraviesen con sus cuernos si tengo que bailar en Creta sin haberme ejercitado.
Yo le dije:
– Nada sé de estos toros, pero debo decirte que según todos los informes los hititas son un pueblo cruel, de manera que durante el viaje nos amenazarán muchos peligros y aun la muerte. Por esto harías mejor en esperarnos en Mitanni y te dejaré suficiente oro para vivir convenientemente.
Pero ella dijo:
– Sinuhé, tus palabras son estúpidas. Adonde vayas te seguiré; y si la muerte nos sorprende, estaré contrariada por ti, no por mí.
Así fue como decidí unirme a la embajada real como médico para llegar con seguridad al país de los Khatti. Pero al oír esto Kaptah comenzó a lanzar maldiciones y a invocar a todos los dioses, diciendo:
– Apenas acabamos de escapar a un peligro de muerte cuando ya ni dueño quiere meterse en otra aventura peligrosa. Todo el mundo sabe que los hititas son como bestias feroces que se alimentan de carne hurnana y sacan los ojos a los extranjeros para hacerles dar vueltas a sus pesadas muelas. Los dioses han castigado a mi dueño con la locura, y tú también, Minea, estás loca, puesto que tomas su partido, y valdría más atar a nuestro dueño con cuerdas y encerrarlo en una habitación y ponerle sanguijuelas en los tobillos para que se calme. ¡Por el escarabajo! He encontrado apenas mi pobre barriga, y ya hay que volver a empezar sin motivo un nuevo viaje penoso… ¡Maldito sea el día en que nací para sufrir los caprichos de un amo insensato!
De nuevo tuve que darle de bastonazos para calmarlo.
– Sea como deseas -dije-. Te mandaré a Simyra con unos mercaderes y pagaré tu viaje. Cuida de mi casa hasta mi regreso, porque en verdad estoy harto de tus continuas lamentaciones.
Pero de nuevo se excitó y dijo:
– ¿Crees acaso posible que deje a mi dueño ir solo al país de los Khatti? Sería como meter a un cordero recién nacido en una perrera y mi corazón no cesaría de reprocharse un crimen parecido. Por esto te ruego que me contestes francamente a una pregunta: ¿Vamos al país de los Khatti por mar?
Le dije que a mi modo de entender no había mar entre Mitanni y el país de los Khatti, pese a que los informes fuesen inciertos, pero que el viaje sería probablemente largo.
Y respondió:
– Que mi escarabajo sea bendito, porque si hubiese habido que ir por mar no hubiera podido acompañarte, ya que lo he jurado a los dioses por razones demasiado largas de explicar y no puedo poner nunca más los pies en un navío. Ni aun por ti, ni por esta arrogante Minea que habla y se comporta como un muchacho, podría romper este juramento hecho a los dioses, cuyos nombres puedo enumerarte si lo deseas.
Y habiendo hablado así, preparó los efectos para el viaje y yo confié en él, porque era más experto que yo.
3
He referido ya lo que se decía de los hititas en el país de Mitanni y en adelante me limitaré a exponer lo que he visto con mis ojos y sé que es exacto. Pero ignoro si se me creerá, tal es el terror que el poderío hitita ha inspirado en todo el mundo y tales son los horrores que se cuentan sobre ellos. Y, sin embargo, tienen cualidades también y puede uno instruirse con ellos, pese a que sean de temer. En su país no reina el desorden, como se ha dicho, sino un orden estricto y una disciplina, de manera que el viaje por sus montañas es seguro para el que ha obtenido un salvoconducto, hasta el punto de que si un viajero desaparece o es desvalijado por el camino, el rey le indemniza el doble de sus pérdidas, y si el viajero perece a manos de los hititas, el rey, de acuerdo con una tabla especial, paga a los parientes una suma correspondiente al valor de lo que ganaba el difunto.
Por esto el viaje en compañía de los enviados del rey de Mitanni fue monótono y sin incidentes, porque los carros de guerra hititas nos escoltaron velando para que tuviésemos vituallas y bebidas en las etapas. Los hititas son gente dura y no temen ni el frío ni el calor, porque habitan las montañas áridas y deben desde la infancia acostumbrarse a las fatigas impuestas por el clima. Por esto son gente sin miedo en el combate y no se perdonan, y desprecian a los pueblos blandos y los someten, pero respetan a los valientes y fuertes buscando su amistad.
Su pueblo está dividido en numerosas tribus y poblados, gobernados soberanamente por príncipes, pero estos príncipes están sometidos a su gran rey, que vive en la villa de Khatushash, en medio de las montañas. Es su sumo sacerdote, su jefe supremo y su gran juez, de manera que acumula toda la soberanía, y no conozco ningún otro rey que posea un poder tan absoluto. En efecto, en los otros países, como en Egipto, los sacerdotes y los jueces determinan los actos del rey más de lo que él cree.
Y voy a referir cómo es su capital en medio de las montañas, pese a que sepa que no se me creerá si se lee mi relato.
Atravesando las regiones fronterizas dominadas por las guarniciones que saquean los países vecinos y cambian a su antojo los jalones para asegurarse un sueldo, nadie podría sospechar la riqueza del país hitita, y menos todavía sus montañas estériles que el sol abrasa en verano, pero que en invierno se cubre con plumas frías, según me han dicho, pero que no he visto. Estas plumas caen del cielo y cubren el suelo, fundiéndose en agua cuando llega el verano.
He visto tantas cosas sorprendentes en el país de los hititas que doy crédito a este relato, por más que no comprenda cómo las plumas pueden convertirse en agua. Pero de lejos he visto las montañas cubiertas de estas plumas blancas.