– Si eres cuerdo y previsor -prosiguió-, te quedarás con nosotros y honrarás a nuestros dioses, porque todos los demás pueblos han dominado a su vez el mundo conocido y ahora nos toca a nosotros. Nuestros dioses son muy poderosos y sus nombres son Poder y Miedo, y vamos a elevarles grandes altares con cráneos blanqueados. Si eres lo suficientemente tonto para abandonarnos, no te prohíbo que repitas mis palabras, porque nadie te creerá, ya que todo el mundo sabe que los hititas son unos pobres pastores que no practican más que el pastoreo y viven en las montañas con sus cabras y corderos. Pero me he demorado ya demasiado en tu casa y debo ir a vigilar a mis escribas e imprimir las monedas sobre arcilla tierna para asegurar a todos los pueblos nuestras buenas intenciones, tal como corresponde a las funciones que desempeño. Se marchó y aquella misma noche le dije a Minea:
– Sé ya lo suficiente sobre el país de los Khatti y he encontrado lo que quería. Por eso estoy dispuesto a abandonar contigo este país, si los dioses lo permiten, porque aquí todo apesta a cadáver y un olor de muerte se me agarra a la garganta. Verdaderamente, la muerte planeará sobre mí como una sombra pesada mientras estemos aquí, y no dudo de que el rey me haría empalar si supiese de cuántas cosas me he enterado. Porque cuando quieren matar a alguien, no lo cuelgan de las murallas como en los pueblos civilizados, sino que los empalan. Por esto, mientras esté en el interior de estas fronteras, estaré inquieto. Después de todo lo que he oído decir preferiría haber nacido cuervo.
Gracias a mis enfermos influyentes obtuve un salvoconducto que me autorizaba a tomar un barco para salir del país, pese a que mis clientes lamentasen profundamente mi marcha, insistiendo en que me quedase y asegurándome que en pocos años acumularía una fortuna. Pero nadie se opuso a mi marcha, y yo sonreía y les contaba historias que les gustaban, de manera que nos separamos en buena amistad llevándonos ricos regalos. Así nos alejamos de las horribles murallas de Khatushash, detrás de las cuales se preparaba el mundo futuro, y pasamos montados en unos asnos cerca de los ruidosos molinos movidos por los esclavos ciegos, y vimos en el borde de los caminos los cuerpos empalados de los brujos, porque era condenado como brujo todo aquel que enseñase doctrinas no reconocidas por el Estado, y el Estado no reconocía más que una. Aceleré el paso lo más que pude y el vigésimo día llegamos a puerto.
4
A este puerto abordaban los navíos de Siria y de todas las islas del mar y era parecido a todos los demás puertos, pese a que los hititas lo vigilasen estrechamente a fin de percibir un impuesto sobre los navíos y fiscalizar las tablillas de todos los que abandonaban el país. Pero nadie desembarcaba para ir al interior del país, y los capitanes, los segundos y los marineros no conocían del país de Khatti más que este puerto, y de este puerto, las mismas tabernas, las mismas casas de placer, las mismas barraganas y la misma música siria que en todos los demás países del mundo. Por esto se encontraban en él a sus anchas y les gustaba y para mayor seguridad sacrificaban también a los dioses de los hititas, al Cielo y a la Tierra, sin olvidar, no obstante, sus propios dioses que los capitanes conservaban encerrados en sus camarotes.
Permanecimos algún tiempo en esta villa pese a que fuese turbulenta y estuviera llena de vicios y de crímenes, porque cada vez que veíamos un barco que aparejaba para Creta, Minea decía:
– Es demasiado pequeño y podría naufragar; no quiero que me ocurra otra vez.
Si el navío era demasiado grande, decía:
– Es un navío sirio; no quiero viajar en él. Y de un tercero decía:
– El capitán tiene la mirada de malvado y temo que sea capaz de vender a sus pasajeros como esclavos en el extranjero.
Así, nuestra estancia se prolongaba, y no me sentía contrariado, porque bastante quehacer tenía en recoser heridas y trepanar cráneos fracturados. El jefe de los guardias del puerto recurrió también a mí, porque sufría de la enfermedad de los puertos y no podía tocar a una mujer sin experimentar vivos dolores. Pero yo conocía esta enfermedad desde mi estancia en Simyra y pude curarla gracias a los remedios de los médicos sirios; la gratitud del jefe no tuvo límites, puesto que de nuevo podía divertirse a su antojo con las prostitutas del puerto. Era, en efecto, una de sus prerrogativas, y cada mujer que quería ejercer su profesión en el puerto tenía primero que entregarse gratuitamente a él y a sus secretarios. Por esto estaba desesperado de tener que renunciar a este privilegio.
En cuanto estuvo curado, me dijo:
– ¿Qué regalo puedo hacerte para recompensar tu habilidad, Sinuhé? ¿Debo pesar lo que has curado y darte su peso en oro?
Pero yo respondí:
– No me interesa tu oro. Pero dame el puñal que llevas en la cintura y te lo agradeceré, y así tendré un recuerdo tuyo.
Pero él protestó, diciendo:
– Este puñal es común, ningún lobo corre por su hoja y el puño no está plateado.
Pero hablaba así porque esta arma era de metal hitita y estaba prohibido darlo o venderlo a los extranjeros, de manera que en Khatushash no había podido adquirirlo, no atreviéndome a insistir demasiado por miedo a despertar sospechas. Estos puñales no se veían más que en posesión de los grandes señores de Mitanni y su precio era diez veces el de su peso en oro y catorce en plata; sus poseedores no querían deshacerse de ellos porque había muy pocos en el mundo. Pero para un hitita esta arma no tenía gran valor, puesto que no tenía derecho a venderla.
Pero el jefe de los guardias se dijo que yo abandonaría pronto el país y que podría utilizar su oro con mejor provecho que pagando un médico. Por esto acabó dándome el puñal, que era tan cortante y afilado que cortaba los pelos de la barba mejor que la más afilada navaja de sílex y podía hacer fácilmente una muesca en una hoja de cobre. Este regalo me causó el más vivo placer y decidí dorarlo y platearlo, como hacían los nobles de Mitanni cuando conseguían procurarse uno. El jefe de los guardianes, lejos de guardarme rencor, se hizo amigo mío, porque lo había curado radicalmente. Pero le aconsejé que echase del puerto a la mujer que lo había infectado, y me dijo que la había ya hecho empalar, porque esta enfermedad era, indudablemente, producto de un embrujamiento.
El puerto poseía también una pradera donde se guardaban toros salvajes como en la mayoría de los puertos, y la gente joven ponía a prueba su agilidad y su valor peleándose contra las bestias, clavándoles rehiletes en la nuca y saltando por encima de ellos. Minea estuvo encantada de ver aquellos toros y quiso entrenarse con ellos. Así fue como la vi por primera vez bailar delante de los toros; yo no había visto nunca un espectáculo parecido y mi corazón se estremecía de angustia por ella. Porque un toro salvaje es la más terrible de todas las fieras, peor incluso que un elefante, que se está quieto si no se le molesta, y sus cuernos son largos y afilados y es capaz de atravesar fácilmente a un hombre y lanzarlo al aire para pisotearlo con sus pezuñas.
Pero Minea bailó delante de los toros, ligeramente vestida, esquivando los cuernos cuando la bestia bajaba la cabeza y atacaba mugiendo. Su rostro se excitaba, y se animaba y arrojaba la redecilla de oro de sus cabellos, que flotaban al viento, y su danza era tan rápida que la mirada no podía discernir sus movimientos cuando saltaba por entre los cuernos del toro, y, agarrándose a ellos, ponía un pie en su testuz peludo para saltar en el aire y volver a caer sobre su lomo. Yo admiraba su arte y ella se daba cuenta, porque realizó proezas que hubiera considerado imposibles para un cuerpo humano si me las hubiesen contado. Por esto la miraba, con el cuerpo bañado en sudor, incapaz de permanecer en mi sitio, a pesar de las protestas de los espectadores situados detrás de mi, que me tiraban de los faldones de mi túnica.