A su regreso del campo fue generosamente festejada, y le pusieron coronas de flores en la cabeza y en el cuello y los muchachos jóvenes le regalaron una copa soberbia sobre la cual estaba pintada en rojo y negro la imagen del toro. Y todos decían:
– Es el espectáculo más bello que verse puede.
Y los capitanes que habían estado en Creta decían:
– Difícilmente se encontraría en toda Creta una bailarina igual.
Pero ella se me acercó y se apoyó contra mí, cubierta de sudor. Apoyó su cuerpo juvenil, delgado y flexible, en el que cada músculo temblaba de fatiga y de orgullo, y yo le dije:
– No he visto nunca a nadie que se parezca a ti.
Pero mi corazón estaba henchido de melancolía, porque, después de haberla visto bailar delante de los toros, sabía que los toros la separaban de mí como una magia funesta.
Poco después llegó al puerto un navío de Creta que no era ni demasiado grande ni demasiado pequeño, y cuyo capitán no tenía la mirada de malvado y además hablaba el idioma de Minea. Por esto ella me dijo:
– Este navío me llevará con seguridad hacia el dios de mi patria, de manera que podrás abandonarme y alegrarte de haberte desembarazado por fin de mí, que tantas molestias y perturbaciones te he causado.
Pero yo le dije:
– Sabes muy bien, Minea, que te seguiré a Creta.
Ella me miró y sus ojos eran como el mar al claro de luna; se había pintado los labios, y sus cejas eran dos delgadas líneas negras sobre la frente, y dijo:
– No sé, verdaderamente, por qué quieres seguirme, Sinuhé, puesto que sabes muy bien que este navío me llevará directamente a mi país y que no puede ocurrirme ninguna desgracia por el camino.
Y yo le dije:
– Lo sabes tan bien como yo, Minea.
Entonces ella puso sus largos dedos en mis manos y suspirando, dijo: -He pasado por muchas pruebas en tu compañía, Sinuhé, y he visto muchos pueblos, de manera que mi patria se ha esfumado un poco en mi espíritu como un bello sueño y no aspiro ya como antes a volver a ver a mi dios. Por esto he demorado mi marcha, como ya te habrás dado cuenta, pero al bailar delante de los toros he sentido que debería morir si pusieras la mano sobre mí.
Y yo le dije:
– Sí, sí, sí, hemos hablado a menudo de eso ya, y no pondré la mano sobre ti, porque sería vano irritar a tu dios por una bagatela que cualquier mujer puede darme, como dice muy bien Kaptah.
Entonces sus ojos lanzaron llamas como los de un gato montés en la oscuridad y clavó sus uñas en mis manos, gritando:
– Ve corriendo a casa de estas mujeronas, porque tu presencia me repugna. Corre a casa de estas cochinas mujeres del puerto, puesto que sientes deseos pero debes saber bien que después no te conoceré ya, y que acaso te haga sangrar con mi puñal. Puedes perfectamente prescindir de lo que yo prescindo también.
Yo le sonreí y dije:
– Ningún dios me lo ha prohibido. Pero ella respondió:
– Yo soy quien te lo prohíbe, e intenta acercarte a mí después de haberlo hecho.
Yo le dije:
– No tengas miedo, Minea, porque estoy profundamente asqueado de lo que hablas, y no hay nada más fastidioso que divertirse con una mujer, de manera que, después de haberlo probado, no quiero renovar el experimento.
Pero ella se excitó de nuevo y dijo:
– Tus palabras ofenden gravemente mis sentimientos femeninos y estoy segura de que no te cansarías de mí.
Así me era imposible contentarla, a pesar de mi esfuerzo, y aquella noche no acudió a mi lado como de costumbre, sino que se llevó su alfombra a otra habitación y se cubrió la cabeza para dormir.
Entonces la llamé y dije:
– Minea, ¿por qué no calientas mi cuerpo como antes, puesto que eres más joven que yo y la noche es fría y tiemblo bajo mi alfombra?
– No dices la verdad, porque mi cuerpo está ardiendo como si estuviese enferma, y no puedo respirar con este calor asfixiante. Por esto prefiero dormir sola, y si tienes frío pide una estufa o ponte un gato al lado y no me molestes más.
Me acerqué a ella y le toqué el cuerpo y la frente, y estaba verdaderamente febril y temblaba bajo su alfombra, de manera que le dije:
– Quizás estés enferma; déjame que te cuide.
Pero ella rechazó su manta con el pie y dijo con cólera:
– Vete; no dudo de que mi dios curará mi enfermedad. Pero al cabo de un momento dijo:
– Dame de todos modos un remedio, Sinuhé, porque me ahogo y tengo ganas de llorar.
Le di un calmante y acabó durmiéndose, pero yo velé a su lado hasta el alba, cuando los perros comenzaron a ladrar en el crepúsculo lívido.
Y llegó el día de la marcha y le dije a Kaptah:
– Recoge todos nuestros efectos, porque embarcamos hacia la isla de Keftiú, que es la patria de Minea.
Pero Kaptah dijo:
– Me lo figuraba, pero no desgarraré mis vestiduras porque tendría que volverlas a coser, ni tu perfidia merece que derrame ceniza sobre mis cabellos, porque a nuestra salida de Mitanni me has prometido que no volveríamos a tomar nunca jamás otro navío. Esta maldita Minea acabará llevándonos a la muerte, como lo presentí cuando nuestro primer encuentro. Pero mi corazón se ha endurecido y no protesto ni aúllo por no perder la vista de mi único ojo, porque he llorado ya demasiado por culpa tuya por todos los países a los que tu sagrada locura nos ha llevado. Te digo simplemente que sé de antemano que será mi último viaje y renuncio incluso a cubrirte de reproches. He preparado ya todos nuestros efectos y estoy a punto para la marcha, y no tengo otro consuelo que saber que has escrito ya todo esto en mi espalda a fuerza de bastonazos el mismo día en que me compraste en el mercado de esclavos de Tebas.
La docilidad de Kaptah me sorprendió profundamente, pero pronto comprobé que había interrogado a varios marinos y que les había comprado muy caros diversos medicamentos contra el mareo. Antes de nuestra marcha se puso un amuleto en el cuello y ayunó, y se apretó estrechamente el cinturón y bebió una poción calmante, de manera que subió a bordo con los ojos de un pescado cocido y pidió con voz pastosa carne de cerdo grasa que, según las afirmaciones de los marinos, era el mejor remedio contra el mareo. Después se tendió y se durmió con una costilla de cerdo en una mano y el escarabajo en la otra. El jefe de los guardias me deseó buen viaje tomando mi tablilla, y después los remeros sacaron sus remos y el navío ganó alta mar. Así comenzó el viaje a Creta y, delante del puerto, el capitán ofreció un sacrificio al dios del mar y a los dioses secretos de su camarote y, haciendo izar las velas, el barco se inclinó y hendió las aguas, y el estómago se me subió a la boca, porque el mar inmenso estaba muy agitado y no se veía ya la costa.
LIBRO OCTAVO. LA CASA OSCURA
1
Durante muchos días el mar onduló delante de nosotros, inmenso y sin riberas, pero yo no tenía miedo, porque Minea estaba con nosotros, y, al respirar el aire marino, florecía y el resplandor de la luna iluminaba sus ojos cuando, inclinada sobre el mascarón de proa, respiraba a pleno pulmón como si quisiera acelerar la marcha del navío. El cielo era azul sobre nuestras cabezas, el sol brillaba y un viento moderado hinchaba las velas. El capitán me aseguraba que navegábamos en buena dirección y yo di crédito a sus palabras. Una vez acostumbrado a los movimientos del navío no me sentí enfermo, pese a que la congoja ante lo desconocido me estrujase el corazón cuando las últimas aves marinas abandonaron el navío el segundo día y se alejaron hacia la costa. Pero entonces fueron los enganches del dios del mar y las marsopas los que nos escoltaron con sus dorsos brillantes, y Minea los saludaba con sus gritos de júbilo, porque le llevaba el saludo de su dios.
Pronto vimos un barco de guerra cretense cuyos flancos estaban adornados con rodelas de cobre y nos saludó con su pabellón después de haber comprobado que no éramos piratas. Kaptah salió de su camarote, orgulloso de poder pasearse por cubierta, y empezó a contar a los marinos sus viajes. Se jactó de la travesía hecha una vez de Egipto a Simyra, con las velas desgarradas, cuando sólo el capitán y él estuvieron en estado de comer mientras todos los demás gemían y vomitaban. Habló también de los monstruos marinos que guardaban el delta del Nilo y devoran toda barca de pesca suficientemente imprudente para aventurarse en alta mar. Los marinos le respondieron en el mismo tono hablándole de las columnas que sostienen el cielo en el otro extremo del mar y de las sirenas de cola de pescado que acechan a los marineros para hechizarlos y divertirse con ellos; y en cuanto a los monstruos marinos, contaron historias tan terroríficas que Kaptah se refugió cerca de mí, pálido de miedo, agarrándome por la túnica. Minea se animaba cada vez más, y sus cabellos flotaban al viento y sus ojos eran como un claro de luna sobre el mar, y era viva y bella de ver, de manera que mi corazón se fundía pensando que en breve debía perderla. ¿Para qué regresar a Simyra y Egipto sin ella? Cuando me decía que pronto no la vería ya, que no tendría ya su mano entre las mías y que su flanco no me calentaría nunca más, la vida no era más que ceniza en mi boca. Pero el capitán y los marineros la respetaban altamente, porque sabían que bailaba delante de los toros y que había echado a la suerte el derecho de entrar en la mansión del dios durante el plenilunio, pese a que se lo hubiese impedido un naufragio. Cuando traté de interrogarlos sobre su dios, me respondieron evasivamente que no sabían nada. Y algunos añadieron: