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– No comprendemos tu lengua, extranjero.

Pero me enteré de que el dios de Creta reinaba sobre el mar y que las islas tributarias enviaban muchachos y muchachas a bailar delante de los toros.

Vino el día en que Creta emergió de las olas como una nube blanca, y los marineros lanzaron gritos de júbilo y el capitán sacrificó al dios del mar que nos había concedido una travesía feliz. Las montañas de Creta y las riberas abruptas con sus olivos eleváronse ante mis ojos, y yo los miraba como una tierra extraña en la que debía enterrar mi corazón. Pero Minea la consideraba como su patria y lloró de júbilo ante las montañas salvajes y el dulce verdor de los valles cuando los marineros arriaron las velas y sacaron los remos para acostar el navío al muelle, pasando al lado de los demás navíos anclados, la mayoría de los cuales eran barcos de guerra. El puerto de Creta albergaba quizá mil navíos, y Kaptah, al verlos, dijo que jamás hubiera creído que en el mundo hubiese tantas embarcaciones. En el puerto no existían ni torres, ni baluartes, ni fortificaciones, y la villa comenzaba en la misma ribera. Tal era la supremacía de Creta sobre el mar y el poderío de su dios.

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Voy a hablar de Creta y decir lo que he visto con mis propios ojos, pero no diré lo que pienso de Creta y de su dios, y cierro el corazón a lo que mis ojos contarán. Por esto debo decir que no he visto, durante todos mis viajes por el mundo conocido, nada tan bello y tan extraño como Creta. De la misma manera que el mar empujaba hacia las costas su espuma iridiscente y sus burbujas brillan con los cinco colores del arco iris y las conchas marinas dan su resplandor de claridad nacarada, Creta brillaba y lanzaba sus destellos de espuma ante mis ojos. Porque la alegría de vivir y el placer no son en ninguna parte tan directos y caprichosos como en Creta, y nadie consiente obrar de otra forma que siguiendo sus impulsos, de manera que es difícil llegar a algún acuerdo con ellos, porque cada cual cambia de parecer de un momento a otro, según sus caprichos. Por esto dicen siempre lo que puede causar placer, aunque no sea verdad, porque el sonido armonioso de las palabras les gusta y en su país no se conoce la muerte, y creo incluso que en su lengua no hay palabra para designarla, porque la ocultan y, si alguien muere, se le entierra a hurtadillas para no entristecer a los demás. Creo también que queman los cuerpos de los difuntos, pero no estoy seguro, porque durante mi estancia en Creta no he visto un solo difunto ni una tumba, aparte las de los antiguos reyes que fueron construidas en los tiempos antiguos con piedras enormes y de las que la gente se aparta, porque nadie quiere pensar en la muerte, como si esto fuese una manera de escapar de ella.

Su arte es también maravilloso y caprichoso, y cada artista pinta según su inspiración, sin preocuparse de las reglas ni los cánones. Sus jarras y sus copas resplandecen de colores brillantes, y en sus flancos nadan todos los animales extraños y los peces del mar, las flores se abren y las mariposas flotan en el aire, de manera que un hombre acostumbrado a un arte dominado por las tradiciones siente una inquietud que le da la sensación de que está soñando.

Sus edificios no son grandes y formidables como los templos y palacios de los demás países, pero al construirlos se buscan la comodidad y el lujo sin preocuparse del exterior. Les gusta el aire y la limpieza, y sus ventanas son anchas; en las casas hay numerosas salas de baño, en cuyas pilas brota el agua caliente y fría, según se quiera. Incluso en los recintos más privados el agua a chorros limpia las cubetas, de manera que en ninguna parte he encontrado tanto lujo como en Creta. Y no es solamente el caso para los nobles y los ricos, sino para todos los que viven en el puerto, donde residen los extranjeros y los obreros.

Sus mujeres consagran un tiempo infinito a lavarse, depilarse y pintarse el rostro, de manera que no están nunca listas a tiempo, sino que llegan siempre tarde a las invitaciones. No son puntuales ni siquiera en las recepciones del rey y nadie se preocupa de ello. Pero su indumentaria es de lo más sorprendente, porque se visten con trajes muy ceñidos y bordados en oro y plata que les cubren todo el cuerpo, salvo los brazos y el pecho, que quedan desnudos, porque están orgullosas de su bello pecho. Tienen también trajes compuestos de centenares de lentejuelas de oro, pulpos, mariposas y palmeras, y la piel aparece por entre ellas. Los cabellos los llevan artísticamente rizados en altos peinados que exigen días enteros de trabajo y los adornan con pequeños sombreros fijados con agujas de oro que parecen flotar sobre sus cabezas como las mariposas al remontar el vuelo. Su talle es elegante y flexible y sus caderas delgadas como las de los muchachos, de manera que los partos son difíciles y hacen todo lo posible por evitarlos, de modo que no es ninguna vergüenza no tener más que uno o dos hijos y aun ninguno.

Los hombres llevan unas botas decoradas que les llegan hasta las rodillas, pero como contraste el delantalito es sencillo y pequeño y el talle estrecho, porque están orgullosos de la esbeltez de su cintura y de lo cuadrado de sus hombros. Tienen la cabeza pequeña y fina, los miembros y los puños delicados e, imitando a las mujeres, no dejan un solo pelo en todo su cuerpo. Sólo muy pocos hablan alguna lengua extranjera, porque se encuentran bien en su país y no aspiran a abandonarlo por otros que no les ofrecen las mismas comodidades y atractivos. Pese a que obtienen toda su riqueza del puerto y del comercio, he encontrado entre ellos gente que se negaba a bajar hasta el puerto porque olía mal, y que no sabía hacer el cálculo más simple, por lo que fiaba enteramente en sus contables. Por esto los extranjeros listos se enriquecían rápidamente en Creta si se conformaban con vivir en el puerto.

Tienen también instrumentos de música que tocan aun cuando no hay ningún músico en la casa, y pretenden saber anotar la música, de manera que, leyendo estos textos, se puede aprender a tocar una música aunque no se haya oído nunca. Los músicos de Babilonia afirmaban conocer también este arte, pero yo no quiero discutir ni con ellos ni con los cretenses, porque no soy músico y los instrumentos de los diferentes países han desconcertado mi oído. Pero todo esto me ayuda a comprender por qué en todas partes suele decirse: «Mentir como cretense.»

Tampoco tienen templos visibles ni se preocupan de los dioses, contentándose con adorar a los toros. Pero lo hacen con un ardor tan grande que no transcurre un día sin que se les vea en la arena de los toros. No creo, sin embargo, que sea tanto por el respeto debido a los dioses como por el apasionante placer que proporcionan las danzas delante de los toros.