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Kaptah nos esperaba en la hostería habiendo saboreado abundantemente los vinos del puerto, y me dijo:

– ¡Oh dueño mío! Este país es el reino del Poniente para los servidores, porque nadie los apalea ni se preocupa de saber cuánto oro llevan en su bolsa o qué joyas han comprado. Verdaderamente, ¡oh dueño mío!, esto es un paraíso terrestre para los servidores, porque si un dueño se enfada con un esclavo lo arroja de la casa, lo cual es el peor castigo, y el servidor no tiene más que esconderse y volver al día siguiente y el dueño lo ha olvidado todo. Pero para los marinos y los esclavos del puerto es un país muy duro, porque los intendentes tienen unos juncos muy flexibles y son avaros y los mercaderes engañan a un simyriano tan fácilmente como un simyriano engaña a un egipcio. Tienen, sin embargo, unos peces pequeños conservados en aceite que son agradables de comer, bebiendo. La exquisitez de estos peces hace que se les perdone muchas cosas.

Dijo todo esto a su manera habitual, como si estuviese borracho, pero inmediatamente cerró la puerta y, asegurándose de que nadie nos oía, dijo: -¡Oh dueño mío! En este país ocurren cosas muy extrañas, porque en las tabernas los marineros cuentan que el dios de Creta ha muerto, y los sacerdotes, enloquecidos, buscan a otro. Pero estas palabras son peligrosas y algunos marinos, por haberlas repetido, han sido arrojados a los pulpos desde lo alto de las rocas. En efecto, ha sido predicho que el poderío de Creta se derrumbará el día en que muera su dios.

Entonces una inmensa esperanza inflamó mi corazón y le dije a Kaptah: -La noche del plenilunio Minea debe entrar en la mansión del dios, pero si éste ha muerto realmente, lo cual es muy posible, porque el pueblo es siempre el primero en saber las cosas, pese a que no se le diga nada, Minea podrá volver a salir de esta mansión de la cual no ha salido nunca nadie.

Al día siguiente, gracias a Minea, obtuve un buen sitio en el estrado levemente inclinado y admiré vivamente la ingeniosa disposición de los bancos escalonados, de manera que todo el mundo podía ver el espectáculo. Los toros fueron introducidos uno a uno en la arena y cada bailarín realizó su programa, que era complicado, porque comprendía diferentes pases que debían ser realizados sin faltas y en el orden prescrito, pero lo más difícil era saltar por entre los cuernos para volver a caer sentados en el lomo del animal. Ni aun el más hábil lo conseguía de una manera impecable, porque también dependía mucho del toro, de la manera como corría o se paraba, o doblaba la nuca. Los nobles y los ricos cretenses apostaban por sus protegidos, pero yo no llegaba a comprender aquel apasionamiento y excitación extraordinarios porque para mí todos los toros se parecían y no llegaba a distinguir los diferentes ejercicios.

Minea bailó también delante de los toros y mi inquietud fue grande, hasta el momento en que su maravillosa docilidad y flexibilidad de su cuerpo me hechizaron hasta el punto de hacerme olvidar el peligro que corría y me asocié a los clamores de entusiasmo de la muchedumbre. Allí las muchachas bailaban desnudas delante de los toros, como también los jóvenes, porque la menor vestidura podría entorpecer sus movimientos y poner su vida en peligro. Pero Minea, era, a mi juicio, la más bella de todas cuando bailaba desnuda con el cuerpo reluciente de aceite; sin embargo, debo confesar que muchas de sus camaradas eran tan bellas como ella y obtuvieron un gran éxito. Pero yo no tenía ojos más que para Minea. Después de su larga ausencia estaba mucho menos entrenada que las demás y no ganó una sola corona.

Su viejo protector, que había apostado por ella, estaba desolado, pero pronto olvidó sus pérdidas y fue a los establos a elegir otro toro, como era su derecho, puesto que Minea era su protegida.

Pero cuando volví a ver a Minea después del espectáculo me dijo fríamente:

– Sinuhé, no puedo verte más, porque unos amigos me han invitado a una fiesta y debo prepararme para el dios, porque pasado mañana es ya plenilunio. Por esto no nos veremos probablemente más antes de que parta para la mansión del dios, si sientes el deseo de acompañarme con mis amigos.

– Como quieras -dije-. Hay ciertamente muchas cosas que ver en Creta, y las costumbres del país y los trajes de las mujeres me divierten enormemente. Durante el espectáculo, muchas de tus amigas me han invitado a ir a verlas, y sus rostros y sus pechos son agradables de contemplar, porque son un poco más gordas y frívolas que tú.

Entonces me cogió vivamente la mano y sus ojos brillaron; respirando agitadamente, dijo:

– No te permito que vayas a divertirte con mis amigas cuando yo no estoy contigo. Podrías esperar, por lo menos, a que estuviese fuera, Sinuhé. Aunque esté demasiado delgada para tu gusto, cosa que no sabía, podrías hacerlo por lo menos por amistad a mí.

– Bromeaba -dije yo-, y no quiero causarte molestias, porque, naturalmente, estás muy ocupada antes de entrar en la mansión del dios. Voy a regresar a casa y cuidar de mis enfermos, porque en el puerto hay mucha gente que necesita de mis cuidados.

Me separé de ella, y durante mucho rato el olor de los toros persistió en mi olfato, y desde entonces me obsesiona hasta el punto de que la mera visión de un rebaño de bueyes me da náuseas y no puedo comer y mi corazon, se acongoja. La abandoné, sin embargo, y recibí a los enfermos en mi alojamiento, y los cuidé hasta la caída de la tarde, cuando las luces se encienden en las casas de placer del puerto. A través de los muros oía la música y las risas y todos los ruidos de la despreocupación humana, porque los esclavos y los servidores cretenses seguían en este punto las costumbres de sus dueños y cada cual vivía como si no tuviese que morir jamás y no hubiese en el mundo ni dolor, ni pena, ni contrariedad.

Vino la noche, Kaptah había extendido ya las alfombras para dormir y yo no quería luz. La luna se levantó redonda y brillante, pese a que no fuese llena todavía, y yo la detestaba porque iba a separarme de la única mujer a quien consideraba como mi hermana, y me detestaba a mí mismo, porque era débil y cobarde y no era capaz de obrar. Súbitamente, la puerta se abrió y entró Minea cautelosamente, mirando a su alrededor, y no iba vestida ala cretense, sino que llevaba el sencillo traje con el cual había bailado delante de grandes y pequeños en tantos países, y sus cabellos estaban sujetos por una cinta de oro.

– ¡Minea! -exclamé, sorprendido-. Hete aquí cuando te creía preparándote para tu dios.

– Habla más bajo, no quiero que nos oigan.

Se sentó a mi lado contemplando la luna y, caprichosamente, dijo: -Detesto mi lecho de la casa de los toros y no siento con mis amigos el mismo placer de antes. Pero yo misma ignoro por qué he venido a esta hospedería, cosa que no es nada correcta. Si deseas descansar, me marcharé, pero como no podía dormir he deseado volver a verte y sentir el olor de los medicamentos y tirarle de la oreja a Kaptali por sus estúpidos discursos. Porque los viajes y los pueblos seguramente han perturbado mis ideas, ya que no me siento a gusto en la casa de los toros, no gozo ya de las aclamaciones en la arena y no aspiro ya como antes a entrar en la mansión del dios; las palabras de la gente a mi alrededor son como la charla de los niños irrazonables y su júbilo como la espuma, y no me divierto ya con sus juegos. En el lugar del corazón tengo un gran agujero, mi cabeza está vacía y no tengo una sola idea mía; todo me ofende y jamás mi espíritu estuvo tan melancólico. Por esto te pido que cojas mis manos como en otros tiempos, porque no temo nada, ni siquiera la muerte, cuando mis manos están entre las tuyas, Sinuhé, aun cuando sepa que prefieres las mujeres más gordas y más frívolas que yo.

– Minea, hermana mía, mi infancia y mi juventud fueron límpidas como un arroyo, pero mi virilidad fue un río que se desparrama a lo lejos y cubre muchas tierras, pero sus aguas son bajas y se estancan y corrompen. Pero cuando viniste a mí, Minea, las aguas volvieron a subir v se precipitaron alegremente en un curso profundo y todo en mí se purificó, y el mundo me sonrió de nuevo y todo el mal era para mí como una telaraña que la mano aparta sin pena. por ti quería ser bueno v curar a la gente sin ocuparme de los regalos que me hacían, y los dioses maléficos no tenían ya presa sobre mí. Así era, pero ahora que me abandonas todo se ensombrece a mi alrededor y mi corazón es como un cuervo solitario en el desierto y no quiero ya socorrer a mi prójimo, sino que lo detesto, y detesto también a los dioses y no quiero oír hablar más de ellos. Por esto, Minea, te digo: en el mundo existen muchos países, pero un solo río. Déjame que te lleve conmigo a las tierras negras al borde del río en el que los ánades cantan en los juncales y el sol navega cada día por el cielo en una barca dorada. Parte conmigo, Minea; romperemos juntos una jarra y seremos marido y mujer y no nos separaremos jamás, sino que la vida nos será fácil y a nuestra muerte nuestros cuerpos serán embalsamados para reunirse otra vez en el país del Poniente y vivir en él eternamente.