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Habiendo hablado de esta forma, Kaptah, se sintió tan conmovido que comenzó a llorar escandalosamente. Minea le frotó la espalda con la mano y tocó sus recias mejillas para consolarlo, y él se calmó, después de lo cual le mandé recoger los fragmentos de la jarra y se marchó.

Aquella noche Minea y yo dormimos juntos como en los antiguos tiempos, y reposó en mis brazos, respirando apoyada en mi cuello, y sus cabellos me acariciaban las mejillas. Pero no abusé de ella, porque un placer que no hubiese sido compartido por ella no lo hubiera sido tampoco para mí. Creo, sin embargo, que mi júbilo fue mayor teniéndola de aquella forma en rnis brazos sin poseerla. No podría afirmarlo con certeza, pero lo que sé es que aquella noche quería ser bueno para todo el mundo y mi corazón no albergaba ni un solo mal pensamiento y cada hombre era mi hermano y cada mujer mi madre, y cada muchacha mi hermana, tanto en las tierras negras como en los países rojos bañados por el mismo claro de luna.

4

Al día siguiente Minea bailó de nuevo delante de los toros y mi corazón temblaba por ella, pero no ocurrió ningún accidente. En cambio, un muchacho resbaló delante del toro y se cayó, y el animal lo atravesó con sus cuernos, y lo pisoteó, de manera que los espectadores se levantaron gritando de terror v entusiasmo. Echaron al toro y se llevaron el cadáver del muchacho, y las mujeres corrieron a verlo y tocaron su cuerpo ensangrentado, respirando excitadas y diciendo: «¡Qué espectáculo!» Y los hombres decían: «Desde hace mucho tiempo no habíamos visto una fiesta tan lograda.›, y no gemían al pagar las apuestas y al pesar el oro y la plata, sino que se fueron a beber y divertirse en sus casas, y las mujeres se separaron de sus maridos y se extraviaron de manera que las luces brillaron hasta tarde en la ciudad por lechos ajenos, pero nadie se ofendió porque ésta era la costumbre.

Pero yo reposé.solo sobre mi alfombra, porque Minea no pudo acudir a mi encuentro, y por la mañana alquilé en el puerto una litera para acompañarla a la mansión del dios. Ella iba en un carro dorado tirado por caballos empenachados y sus amigos la seguían en literas o a pie, cantando y arrojando flores, v deteniéndose en el borde del camino para beber vino. El camino, era largo, pero todo el mundo se había llevado provisiones, y rompían las ramas de los olivos para abanicarse, asustando a los corderos de los pobres campesinos y gastando toda clase de bromas. Pero la mansión del dios se levantaba en un lugar.solitario al pie de la montaña, cerca de la ribera vyal acercarse a ella la gente fue calmándose, hablando en voz baja, y nadie se reía ya.

Pero me es difícil describir la mansión del dios, porque parecía una colina baja y cubierta de césped y de flores y tocaba a la montaña. La entrada estaba formada por unas puertas de bronce altas como montañas y delante de ellas se alzaba un templo donde se procedía a las iniciaciones y donde vivían los guardianes. El cortejo llegó por la tarde y los amigos de Minea bajaron de las literas y acamparon por el césped, comiendo, bebiendo y divirtiéndose, sin observar siquiera el recato debido a la proximidad del templo, porque los cretenses olvidan pronto. A la caída de la tarde encendieron antorchas y jugaron por los matorrales, y se oían los gritos de las mujeres y las risas de los hombres. Pero Minea estaba sola en el templo y nadie podía aproximarse a ella.

Yo la contemplaba sentado en el templo. Iba vestida de oro como un ídolo, con un enorme peinado, v trataba de sonreírme desde lejos, pero sobre su rostro no se leía goce alguno. Al salir la luna, le quitaron la ropa y las joyas y le pusieron una delgada túnica y sus cabellos fueron anudados en una malla de plata. Después los guardas quitaron los cerrojos y abrieron las puertas. Las puertas se separaron con un ruido sordo y fueron necesarios diez hombres para abrirlas y detrás de ellas solo habla oscuridad, y nadie hablaba; todos contenían la respiración. El Minotauro ciñó su espada dorada y se puso la cabeza de toro, de manera que no tenía ya aspecto humano. Le dieron una antorcha encendida a Minea y el Minotauro la precedió en el sombrío palacio y pronto el resplandor de la antorcha desapareció. Entonces las puertas volvieron a cerrarse lentamente, se corrieron los cerrojos y no volví a ver a Minea.

Este espectáculo me inspiró una desesperación tan profunda que mi corazón era como una llaga abierta por la cual se escapaba toda mi sangre, y mis fuerzas se agotaban, de manera que caí de rodillas y oculté mi semblante en la hierba. Porque en aquel instante tenía la certidumbre de que no volverla a ver nunca más a Minea, pese a que que hubiese prometido que regresaría para irse conmigo. Sabía que no volvería y, sin embargo, hasta entonces había esperado y temido, porque me había dicho que el dios de Creta no era parecido a los otros y que soltaría a Minea a causa del amor que la ligaba a mí. Pero no esperaba ya, permanecía postrado, y Kaptah, sentado a mi lado, movía la cabeza y gemía. Los nobles y los grandes cretenses habían encendido antorchas y corrían a mi alrededor ejecutando danzas complicadas y cantando himnos cuyas palabras no entendía. Una vez cerradas las puertas del palacio fueron presa de una frenética excitación y bailaron y saltaron hasta el agotamiento, y sus gritos llegaban a mí como el graznar de los cuervos en las murallas.

Pero al cabo de un momento Kaptah dejó de gemir y dijo:

– Si mi ojo no me engaña, y no creo, porque no he bebido todavía la mitad del vino que soporto sin ver doble, el cornudo ha regresado de la montaña, pero ignoro cómo, porque nadie ha abierto las puertas de bronce.

Decía la verdad, porque el Mínotauro había, en efecto, salido de la mansión del dios y su cabeza dorada brillaba con un resplandor terrible bajo el claro de luna mientras ejecutaba con los demás una danza ritual golpeando alternativamente el suelo con sus talones. Viéndolo, no pude contenerme, me levanté, corrí hacia él y agarrándolo del brazo le dije:

– ¿Dónde está Minea?

El hombre se soltó y movió la cabeza de toro, pero en vista de que yo no me alejaba, descubrió su rostro y dijo, con cólera:

– Es indecente turbar las ceremonias sagradas, pero lo ignoras, probablemente porque eres extranjero y por esto te perdono, a condición de que no vuelcas, a tocarme.

– ¿Donde está Minea? Ante mi insistencia, dijo:

– La he dejado en las tinieblas de la mansión del dios tal como está escrito y he salido a bailar la danza en honor del dios. Pero ¿qué quieres ya de Minea, puesto que has recibido regalos por habérnosla traído?

– ¿Cómo has salido tú, puesto que ella se ha quedado? -le dije, colocándome delante de él.

Pero me rechazó y los bailarines me separaron. Kaptah me cogió por el brazo y me llevó a la fuerza e hizo bien, porque no sé lo que hubiera sido capaz de hacer en aquel momento.

Y me dijo:

– Eres bestia y estúpido por llamar de este modo la atención; mejor harías en bailar y divertirte como los demás, de lo contrario, corres el riesgo de despertar sospechas. Te diré que el Minotauro ha salido por una puertecilla lateral, lo cual no tiene nada de.sorprendente, pues he ido y he visto al guarda cerrarla y guardarse la llave. Pero quisiera verte beber vino, ¡oh dueño mío!, a fin de que te calmes, porque tu rostro se halla contorsionado como el de un poseído y mueves los ojos como un mochuelo.

Me hizo beber vino y dormí sobre el césped al claro de luna, mientras las antorchas se agitaban delante de mis ojos, porque Kaptah había vertido pérfidamente jugo de adormidera en mi vino. Así se vengó del tratamiento que le había infligido en Babilonia para salvarle la vida, pero no me encerró en una jarra, sino que me cubrió e impidió que los bailarines me pisotearan. Y me salvó la vida, porque en mi desesperación hubiera sido capaz de apuñalar al Minotauro. Toda la noche veló a mi lado mientras hubo vino, y después se durmió, echándome al rostro su avinado aliento.